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26 de diciembre de 2012

Lanzarote 2012

Cuando era pequeña, siempre que me preguntaban de dónde era respondía que de Lanzarote. Entonces mi madre me explicaba que no, que de Lanzarote era ella y gran parte de mi familia, pero que yo había nacido en Tenerife. Yo no lo entendía. “Pero, ¿por qué? ¿Por qué no puedo ser yo también de Lanzarote?”
Después de varias décadas, y de pasar los tres meses de cada verano escolar en esta isla y casi todas las navidades hasta mis 29, sé que ya la mitad de mí es conejera. Cada vez que vengo siento esa tranquilidad que solo te invade cuando estás en casa.





24 de noviembre de 2012

La economía del desconocimiento



Les prometieron un futuro decente, pero cuando acabaron de estudiar no hubo nada para ellos. Miles de jóvenes (y no tan jóvenes) se sienten estafados: algunos todavía no han encontrado su primer empleo y otros sobreviven como eternos becarios. Con un panorama así resulta difícil ensalzar las virtudes de la educación.

Sin embargo, los datos dejan margen para la esperanza. Según la última Encuesta de Población Activa (EPA) que realiza el Instituto Nacional de Estadística (INE), estudiar en la Universidad es la mejor opción para esquivar el desempleo. También en Canarias, donde más del 30% de las personas que está trabajando tiene estudios superiores. Pero, ¿quién contrata a estos licenciados? ¿Están siendo artífices de la transformación económica que necesita la comunidad autónoma?

El ISTAC, gracias a los datos que facilita el INE, ha revelado una realidad que explica el modelo socio-económico actual de Canarias y que pone en duda la transferencia de conocimiento de la universidad a la empresa. Sus estudios avalan la sospecha de que el sector privado tiene un papel discreto a la hora de dar trabajo a los universitarios y que son las administraciones públicas las que actúan como grandes agencias de colocación. Según sus cálculos, el sector público absorbe al 40% de los universitarios, mientras que todo el tejido empresarial de las Islas solo recluta al 60%.
Este escenario se vuelve más difícil si se tiene en cuenta que, además, las empresas prefieren a personas menos formadas: se quedan con el 92% de los trabajadores que solo cuentan con estudios de Educación Primaria y con el 86% de los que cursaron la Secundaria.


¿Y el conocimiento?

Antes de la crisis el conocimiento ya era la mejor garantía de progreso. Sin embargo, hubo quien creció sin necesidad de hacer fuertes inversiones en sabiduría. Eran los tiempos del ladrillo y muchas comunidades que apostaron por la construcción salieron ganando, pero se trató de un crecimiento endeble que terminó resquebrajándose. Canarias fue una de esas comunidades.
Mientras todo esto ocurría, las universidades siguieron desempeñando su labor. El problema fue que tuvieron que soportar multitud de críticas. Entre ellas, que se habían alejado de la sociedad. Estas quejas, sean acertadas o no, abrieron otras cuestiones que hoy se siguen debatiendo: ¿de qué realidad se habían distanciado?

Sergio Alonso, director ge- rente de la Fundación Empresa de la Universidad de La Laguna (FEULL), está convencido de que “la Universidad tiene un compromiso con la sociedad y con su bienestar, y esa responsabilidad se traduce en la transferencia de conocimiento”. Lo que no tiene tan claro es si esa misión se está llevando a cabo de la manera correcta. Los centros de educación superior “deben situar en el mercado laboral a personas con formación y capacidad que deben liderar los grupos de trabajo de las empresas y hacerlas competitivas, y por tanto, hacerlas crecer”. En el Archipiélago canario este objetivo no se cumple.

“Si elimináramos los empleos de titulados universitarios en las administraciones públicas, saldría una realidad terrible. Tenemos que conseguir que se contraten más titulados universitarios para que tiren de la empresa canaria y le den a ésta opciones de crecer, no de sobrevivir”. La relación empresa-universidad debe recomponerse si se quiere salir de esta crisis apostando por el conocimiento.


Muy lejos de la media 

Pero el problema de Canarias no es solo que sus titulados no encuentren el camino hacia el sector privado. Aunque la educación superior es la vía más rentable desde el punto de vista de la empleabilidad, la inserción de universitarios en el mercado es demasiado baja. Está en el 30%, casi diez puntos por debajo de la media nacional, que supera el 39%. “La empleabilidad de universitarios es un indicador de desarrollo, innovación y competitividad empresarial en el que tenemos mucho que mejorar. Solo dos comunidades presentan datos peores”, explicó Alonso. Las Islas están a años luz de las regiones con mejores resultados: País Vasco (52,8%), Comunidad de Madrid (48,9%), Principado de Asturias (44,3%) o Navarra (43,4%).


I+D: asignatura pendiente

Tener menos titulados que el resto de España y que la mayoría estén ubicados en el sector público tiene un efecto devastador sobre el progreso. Lo demuestra el último informe Cotec, publicado este año, que analiza la tecnología y la innovación en España a finales de 2010 y establece diferencias por comunidades autónomas.

La competititvidad de una región depende de la inversión en investigación y el desarrollo tecnológico (I+D), de su esfuerzo por conseguir un capital humano capacitado para adquirir conocimientos y de la existencia de un tejido empresarial capaz de aprovechar las fuentes de conocimiento. Canarias suspende en todo.

Su inversión en tecnología e innovación es mínima y la lidera la administración pública porque la participación del empresariado es testimonial. Lo demuestran los datos: en Extremadura, Baleares y Canarias, el peso de la I+D del sector público supone más del 80% del total, mientras que solo en el País Vasco y Navarra este peso es inferior a un tercio del total. La Unión Europea estableció en los Objetivos de Lisboa que el reparto idóneo era de dos tercios ejecutados por el sector privado y un tercio por el sector público. Un paisaje que no tiene nada que ver con el español y mucho menos con el canario. Si se tiene en cuenta el número de patentes tampoco se encuentran mejores resultados.
En términos de solicitudes por número de habitantes, las primeras posiciones están ocupadas por Navarra y Aragón, con 195 y 171 solicitudes por millón de habitantes, seguidas por Madrid con 123 y La Rioja con 102. En el lado opuesto se ubican las regiones menos productivas, es decir, Baleares (19), Canarias (27) y Castilla-La Mancha (29).

¿Y qué hacemos mientras? El Archipiélago, por supuesto, también está a la cabeza en desempleo y en número de personas que ha emigrado. Se han ido buscando el futuro decente que aquí les han negado. El problema es que esta fuga de cerebros masiva hace que la economía del conocimiento esté todavía más lejos de Canarias.

21 de noviembre de 2012

Ídolos mundanos

Cuando se vino de Venezuela era un niño. Probablemente fue la primera gran aventura de su vida, pero fue solo el comienzo de décadas y décadas de aventurero servicio público. Tenía siete años cuando se hizo del Real Madrid y 12 cuando supo que quería ser periodista. El paso del tiempo no lo desvió de ninguno de sus caminos. Hoy tiene más de 50 años, ha recorrido el planeta de conflicto en conflicto y ha dejado escritas incontables páginas. Mientras era testigo de la historia se dio cuenta de que no le gustaban las armas y de que siempre que iba a todos esos países devastados lo hacía con una idea en la mente: retratar la heroicidad y el dolor de las víctimas. Hoy es un corresponsal de guerra consagrado que, después de estar en muchas trincheras, ha decidido quedarse en Madrid, la ciudad de su equipo.

Cada uno tiene sus referentes. Los va añadiendo a una lista imaginaria a medida que pasa el tiempo. El periodismo tiene cosas maravillosas y una de ellas es que a veces puedes conocer a tus ídolos.
Ayer tuve el placer de charlar un rato con Ramón Lobo. Empezó la conversación disculpándose por no haber descolgado el teléfono a la primera y se despidió deseándome suerte en estos tiempos convulsos. Las conversaciones entre periodistas suelen ser monotemáticas y, desde que empezó la crisis, todavía más. Con él, sin embargo, quería hablar de algo más que de la crisis del modelo periodístico.

Mi intención era que me contara si el futuro de los periodistas va a pasar, ineludiblemente, por emprender. No quería la opinión de un gurú cualquiera: quería saber qué pensaba una persona que no ha dejado de arriesgarse durante toda su vida y que hoy tiene que empezar desde cero. La respuesta fue contundente. Hace dos semanas que un expediente de regulación de empleo lo arrancó de El País y ya tiene unos cuantos proyectos en cartera. Quizá esto no me sorprendió demasiado. Lo que más me llamó la atención fue que tardó solo una hora en decirme que sí a la entrevista y poco más en enviarme su teléfono.

Desde que descolgó, su voz sonó cercana y los nervios se esfumaron en cuestión de segundos. Es curioso, pero he tenido el placer de entrevistar a unas cuantas personas a las que admiro profundamente y ninguna me ha defraudado. Eso no ocurre mucho por aquí, donde algunos evitan echarte una mano y otros se dedican a ser maleducados y desagradables. Ramón Lobo se merece este artículo.

En mi hambre mando yo

Hace poco lo recordó José Luis Sampedro, pero lo cierto es que ocurrió hace bastante tiempo. Era la época de la República, en España había mucha hambre y el capataz de un cacique se dedicaba a ir de puerta en puerta comprando votos. Les daba dos duros, que entonces eran una fortuna, y les exigía fidelidad. Todo iba bien hasta que se encontró con un jornalero que cogió los dos duros y se los tiró al suelo. Lo miró y le dijo una frase que ha pasado a la historia: “En mi hambre mando yo”.

Salvador de Madariaga usó esta “anécdota” en el prólogo de uno de sus libros -España (1931)- y Sampedro quiso recordarlo hace algunos años en la entrega de unos premios. Todavía no había empezado la crisis, pero él ya necesitaba más ejemplos de dignidad para seguir adelante. Creía que sin el coraje de aquel pobre hombre el mundo no avanzaría en la dirección correcta. Desde entonces han pasado cerca de ocho años. La situación económica ha ido empeorando y miles de personas han tenido que armarse de coraje para sobrevivir. Los políticos en los que confiaron siguen sin saber cómo salir de esta.

El lunes, 15.000 personas presentaron su currículo para uno de los 150 puestos que ofrece una empresa de maquinaria agrícola en Getafe. No saben en qué consistirá el trabajo, ni cuánto cobrarán, pero eso no ha evitado que se pasen horas haciendo cola para entregar la documentación. Luego solo les quedará confiar en la suerte. La compañía efectuará un sorteo ante notario para elegir a 1.250 candidatos que competirán por los empleos. La formación, una vez más, no importará. Solo el azar decidirá si recuperan la dignidad y cuánto durará el sueño. Nuestros políticos tampoco lo saben. Intentan confiar en la suerte y cuando se se reúnen -véase la Conferencia de Presidentes de ayer- solo intentan llevarse un trozo más grande de la tarta. No han entendido aún que la tarta está podrida y que la recuperación de un país o de una región depende de la dignidad de sus habitantes, de esos que tienen que jugarse a cara o cruz un trabajo. Mientras el debate real no sea ese, no habrá nada que hacer.

Una de las primeras frases que leí de Eric Hobsbawm, el historiador que nos dejó el lunes, fue: “Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que íbamos directos al iceberg”. ¿Por qué nadie se bajó? La pronunció en otra época, en su siglo corto (1914-1989), pero puede trasladarse a nuestros días. Es la única certeza.

La historia de mi amigo

Estudió Periodismo a 100 kilómetros de su casa. Tenía 18 años y el mundo todavía era muy grande para él. Cada viernes se acercaba a la estación de Santa Justa, se subía a un tren de cercanías y volvía a su casa. Los lunes le tocaba volver a la realidad y, cargado de táperes, hacía el recorrido al revés, volvía a su piso bien temprano y a las tres y media ya estaba en su primera clase de la semana. Con el tiempo todo eso cambió. Empezó a poner excusas y a quedarse algún fin de semana en Sevilla. Tenía ganas de viajar.

En cuarto de carrera decidió pedir una beca Erasmus. Se enamoró de Roma, pero cuando terminó sus estudios volvió a Cádiz y empezó a trabajar en un periódico local. Le iba bastante bien y llegó a pensar que ese podía ser su futuro. Pero un día se cansó, se despertó y supo que algo fallaba. Hizo la preinscripción en un máster de Comunicación Corporativa y cruzó los dedos. Tuvo suerte. No tenía claro si se estaba equivocando, pero renunció a su trabajo, pidió un préstamo y se mudó a Madrid. Terminó su posgrado con buenas notas, pero no hubo tiempo para hacer prácticas. La crisis ya había llegado a España y no tenía ninguna intención de marcharse.

Para poder sobrevivir empezó a trabajar en una de esas multinacionales en las que una piensa cuando se habla de la ‘marca España’. Lleva allí dos años. Los últimos 14 meses se los ha pasado aceptando contratos de dos semanas. Cada 15 días -de media- tiene la suerte de firmar uno nuevo. Nunca sabe cuándo va a librar. No puede hacer planes. Hace unos días le comunicaron que tenían un nuevo contrato para él: sustituir a una compañera que está de baja. ¿Cuánto tiempo? Ni idea. Para él eso es la estabilidad laboral.

La empresa para la que trabaja a veces es salpicada por escándalos en el Tercer Mundo. La acusan de saltarse los derechos humanos. Quién sabe. Lo que es indiscutible es que esta empresa el año pasado ganó cerca de 2.000 millones de euros.

Cada vez que oigo hablar de todos los jóvenes que ni estudian ni trabajan en este país, y de cuánto nos cuesta, me acuerdo de mi amigo. Mi vida podría parecerse mucho a la suya. La crisis tiene muchas formas de arrebatarte el futuro. Puede expulsarte a otro país, dejarte sin empleo o condenarte a distintas formas de precariedad laboral. Yo, lo menos que puedo hacer, es contar su historia y luchar para que se vean los rostros de esta crisis y no solo los datos.

10 de octubre de 2012

Tiempo de gurús

Los líderes siempre son necesarios, pero en épocas convulsas son simplemente imprescindibles. Es una cuestión de supervivencia nacional. El ministro de Economía, Luis de Guindos, explicaba ayer que hay gobiernos, como el nuestro, que estos días se ven abocados a nadar a contracorriente, a luchar contra las previsiones del Fondo Monetario Internacional para demostrar que no todo está escrito en bronce. Lo decía después de que el organismo que dirige Christine Lagarde vaticinará un 2013 absolutamente dramático.

La mayoría de los españoles no se habrá sorprendido con la noticia. Llevan cinco años levantándose cada mañana con augurios catastróficos. Los periódicos, convertidos en cronistas de una muerte anunciada, no han dejado de dar cuenta de todas las cifras de la tragedia y ellos han tenido que aprender que, de momento, el futuro siempre será malo. Pero ¿cuánto dura ese futuro? 

Hubo un tiempo en el que se puso fecha exacta para el final de la crisis. El único problema fue que la realidad no estuvo de acuerdo con el titular. No nos importó, persistimos en el empeño. Nos afanamos en publicar todos los augurios que hallamos porque creímos que así estábamos desvelando una verdad escondida. Lo que no nos preguntamos, sin embargo, fue qué podíamos hacer para cambiar esa realidad. Seguimos sin hacerlo y sin darnos cuenta de que en algún instante todo cambió: la información se volvió descriptiva y no transformadora. Quizá entonces nosotros perdimos la batalla periodística y los ciudadanos se quedaron sin algunos de sus líderes. Los medios dejaron de engendrar el debate y prefirieron convertirse en gurús. Ganamos algo: se supone que ahora sabemos qué va a ocurrir. El problema es que no tenemos ni idea de cómo evitarlo.

Nos empeñamos tanto en conseguir las respuestas que no nos dimos cuenta de que ni siquiera nos habíamos hecho las preguntas. A De Guindos le ocurre lo mismo. Ya sabe que el FMI se equivoca, que no ha usado bien la calculadora y que la caída del PIB no será tan grande. Prefirió responder antes de leerse el informe. A lo mejor algún día el ministro, y todo su equipo, empiezan a formularse todas esas cuestiones que han pasado desapercibidas. ¿Qué va a hacer este país para no convertirse en la clase baja de Europa? ¿Cómo le va a devolver la dignidad a sus habitantes? Ya está bien, como contaba la viñeta de ayer de El Roto, de crear desiertos con la esperanza de que surjan oasis. Necesitamos líderes, no gurús.

6 de octubre de 2012

Los presupuestos más peligrosos de la historia



“El futuro es imprevisible, pero nosotros lo condicionamos”. Desde que comenzara la crisis -allá por 2008- España no ha dejado de apretarse el cinturón. Las comunidades autónomas han sufrido estos ajustes cada vez que un nuevo presupuesto ha visto la luz. Las cuentas que el Consejo de Ministros acaban de aprobar no han sido una excepción: 2013 será todavía más difícil que el año que todavía no ha acabado. El Estado asegura que se trata de unos presupuestos austeros, propios del período de turbulencias económicas que vive el mundo. Sin embargo, si se tienen en cuenta los efectos devastadores que los números pronostican, los presupuestos no son austeros: son peligrosos, porque anteponen el déficit a todo lo demás.

Canarias es, probablemente, una de las regiones donde estos riesgos planean con más fuerza. Con una tasa de paro que no tardará en llegar al 35%, una histórica desviación per cápita a la baja (menos PIB y salarios más reducidos) y la importante merma de recursos en los Presupuestos Generales del Estado (PGE) en 2013, el Archipiélago está condenado a alejarse de España y del resto de Europa. No lo dice solo el consejero de Economía y Hacienda del Ejecutivo canario, Javier González Ortiz. Las cifras dejan poco espacio para el error. Eso es lo que piensa José Miguel González, economista y miembro de Comisiones Obreras Canarias. La ecuación, por mucho que se repita, da el mismo resultado: el presente será muy, muy duro e hipotecará el futuro. González lo tiene claro: “Ya sabemos lo que no podemos solucionar, pero lo que vamos a provocar es muy peligroso”. “No existe un país, en ninguna parte del mundo ni en ningún momento de la historia, que se haya sometido a una corrección del déficit” tan dura como la que ha propuesto el Gobierno.


Déficit=más deuda

El Gobierno español lo ha reconocido desde el principio: reducir el déficit es la prioridad. Eso tiene consecuencias en los presupuestos. En primer lugar, hay muchas áreas -como la sanidad y la educación, base del modelo de garantías sociales- que se ven afectadas por esta decisión y contribuyen a la pérdida de cohesión. En segundo lugar, genera problemas de liquidez. “Cuando un gobierno o una comunidad autónoma corrige el déficit y a cambio amplía su deuda pública, las políticas económicas generan tensiones de tesorería. Esa idea de que corrigiendo el déficit saldremos antes de la crisis porque podremos acceder mejor a los mercados financieros y solicitar créditos es falso”, sentencia González.


Empleo

El tijeretazo ha sido considerable en todas las partidas, pero a la hora de elegir qué área ha sido más esquilmada siempre sale el empleo. Canarias y el Estado habían firmado un convenio plurianual -una nueva edición del Plan Integral de Empleo para Canarias (PIEC)- dotado con 42 millones de euros. Se trataba de una prolongación más de un acuerdo que se impulsó en la época de José María Aznar y que tenía como objetivo luchar contra el desempleo y compensar los efectos negativos de la insularidad. El Estado ya no tiene esas prioridades: en su política de recortes y de apuesta por corregir el déficit ha decidido reducir su aportación a solo 10 millones.

“El PIEC se ha descapitalizado y su eficacia no es solo que sea baja, es que es nula”, explica González. “El empleo, desde el punto de vista de la formación, de las oportunidades, se capa”. ¿Cómo evita así una región que su paro siga desbordándose? ¿Hay alguna alternativa para que las Islas no alcancen los 400.000 parados?

Es difícil recurrir a la esperanza con un 70% de recursos menos para políticas de empleo. El Archipiélago terminó septiembre con 288.813 personas sin trabajo. “Uno puede llegar a entender que se baje la proyección de un plan de empleo en la comunidad de Navarra o en País Vasco, donde el desempleo no es crucial. En Canarias no se entiende”. Y a estas cifras habría que añadir otras que también son devastadoras: “En 2008 había 72.000 personas sin prestación; este año ya son 112.000 personas. Es decir, 45.000 familias. Es un tema social muy grave”.

González Ortiz tiene la misma sensación. “Tenemos una de las peores asignaciones presupuestarias de todo el país y somos una de las regiones con mayor desempleo. Es incomprensible. Los presupuestos traerán más pobreza y paro. Agravarán los problemas que ya se generaron a raíz de las cuentas de 2012. Es un castigo”.


El agua, a precio de oro

Hay partidas que se reducen. Otras, directamente, desaparecen y disparan el precio de recursos básicos. Es el caso de la asignación prevista para las potabilizadoras. En 2011 Canarias contaba con 9,7 millones de euros y en 2012 con algo más de cuatro. El próximo año los recortes irán mucho más allá: se suprimirán todas las ayudas para la desalación de agua.

“La desaparición de esta subvención solo se explica de dos formas: o hay un profundo desconocimiento de la realidad de Canarias o es un acto de maldad. Nosotros tenemos que producir energía para tener agua”, recuerda Ortiz. Suprimir las ayudas de los Presupuestos Generales del Estado es ahondar en las diferencias que ya existen entre las islas y el territorio continental. El Gobierno de Canarias está convencido de que esta decisión condena a los isleños a una subida de la tarifa del agua doméstica que puede alcanzar el 50%. Es decir, les obliga a comprar agua embotellada.


Adiós a las inversiones ‘keynesianas’

España -y Canarias- han optado siempre por “esa política keynesiana que consiste en contratar a alguien para que abra un hueco y luego contratar a otra persona para que lo tape”. Esas medidas, con sus ventajas y sus inconvenientes, se han terminado. Y eso es un problema: “Gran parte de esas infraestructuras estaban planteadas para mejorar la conectividad. Las políticas que haga Canarias tienen que ir destinadas siempre a corregir esa vulnerabilidad. Necesita potentes aeropuertos y puertos para que el coste de las mercancías baje”, subraya José Miguel González. A pesar de esta certeza, los cabildos y el Gobierno autonómico ya han advertido de que se quedarán muchas obras a la mitad y no se podrán llevar a cabo otras que había previstas. Estas previsiones tienen mucho que ver con que otro de los convenios que el Estado ha decidido obviar es el de carreteras. El Estado ingresará 54,2 millones en 2013 frente a los 207 previstos. Según el Ejecutivo regional, este incumplimiento supondrá que unas 17.000 personas que trabajan en la construcción perderán su empleo.

Todos estos incumplimientos han puesto sobre la mesa un debate que no es nuevo: ¿hasta dónde llega la autonomía de las comunidades cuando existe una dependencia tan grande de los recursos del Estado?


El federalismo fiscal

“Lo que le falta al modelo fiscal es que al entregar una competencia se delegue también la capacidad tributaria para financiarla. Lo que ocurre hoy es que se delegan competencias pero quien financia es el Estado”. Esta relación entraña muchos riesgos: “La velocidad a la que la comunidad ejerce la competencia no es la misma velocidad a la que se compensa esa gestión”. La región, en el mejor de los casos, tiene que hacer frente a intereses por los retrasos. En el peor, a la eliminación financiera de la partida.

En los últimos años, “el presupuesto se ha vuelto cada vez más dependiente de las transferencias corrientes del Estado. Eso significa que se pierde autonomía financiera”. Canarias “está cargando mucho sobre sus recursos propios -IGIC- pero el debate sobre la tarifa territorializada del IRPF se ha quedado durmiendo el sueño de los justos desde hace muchísimo tiempo”. Las comunidades autónomas, al asumir las competencias pero no gestionarlas, no asumen el coste político de los ajustes,de subir impuestos, pero el coste social sí que lo sufre la población”.

¿Hasta cuándo aguanta una sociedad con una tasa de paro del 35% y un escenario social tan complejo? José Miguel González lo tiene claro: “Hasta que se quiera”. El estallido social no ha llegado gracias a la economía sumergida, el ahorro, las prestaciones y el trabajo reglado. Las soluciones escasean, pero no pasan por seguir el ejemplo catalán y reactivar el sentimiento independentista en las Islas: “La idea de que Canarias fuera de España viviría mejor está superada. El Archipiélago tendría que subir la presión fiscal un 400% para tener lo mismo que ahora”. De lo que se trata ahora es de “gestionar la escasez”.

26 de septiembre de 2012

No es una lucha de clases

Decía Alexis de Tocqueville que solo en un gobierno democrático los que votan por un impuesto pueden escapar de la obligación de pagar. Llegó a esa conclusión en pleno siglo XIX, pero su clarividencia sirve para comprender la falsa lucha de clases en la que nos dicen que andamos metidos. En los últimos tiempos, la palabra justicia aparece mucho en las conversaciones. Vivimos una crisis cruel que ha obligado a cambiar los discursos, a rescatar palabras que aún pronunciábamos, pero que creíamos patrimonio de otras épocas. Casi a la vez han aparecido nuevos conceptos. Hoy hablamos del copago -farmacéutico, universitario, legal…- como única receta exportable para mantener los vapuleados estados del bienestar. Los que tienen un poco más deben (re)pagar más para poder mantener los servicios sociales. Suena bien, pero ¿eso no lo habíamos inventado ya? ¿La justicia distributiva no se garantizaba con un sistema de impuestos progresivo?

El uso y abuso del lenguaje hace que las palabras pierdan su significado. Hablar de igualdad no hace que se multiplique la honestidad y extender el copago no implica un contrato social más digno. De hecho, está ocurriendo justo lo contrario. Las nuevas tasas, que vienen siempre con el adjetivo de solidarias, recaen en la exigua clase media. A todos estos ciudadanos se les ha exigido desde 2008 que se comprometan más, que aumenten su aportación para mantener lo poco que queda de aquellos valores socialdemócratas que emergieron tras la Segunda Guerra Mundial. El problema es que no soportarán eternamente esa carga. ¿Por qué pagar dos veces por la sanidad si existen seguros privados? ¿Y si declaro menos? Nos ha tocado vivir en una era en la que necesitamos aunar esfuerzos, pero nuestros políticos prefieren dar sermones perversos. Dicen que quieren justicia, que solo la equidad mantendrá vivo nuestro modelo, pero no es cierto. Lo que sugieren veladamente es que nuestro sistema es extremadamente caro y que unos pocos tienen la responsabilidad de mantenerlo a flote. No dejes que te engañen, en realidad están ensalzando la privatización de lo público. Las clases altas se aprendieron hace mucho el truco de Tocqueville, eluden impuestos, se enriquecen y viven ajenas a estas disputas domésticas. No es una lucha de clases, es la estafa perfecta.

21 de septiembre de 2012

Canarias, en la encrucijada del Sahel



Un millón y medio de personas, 830.000 kilómetros cuadrados y el fundamentalismo islámico campando a sus anchas. Malí ya era un estado fallido antes, pero los acontecimientos de los últimos meses han terminado de convertir el norte del país en un santuario terrorista. Esta zona, controlada por Al Qaeda, amenaza seriamente la seguridad de Europa y, por ende, de Canarias. Carlos Echeverría, un experto en terrorismo yihadista que dirigió el programa Understanding Terrorism para el departamento de Defensa de Estados Unidos (EE.UU.), sabe que si no se controla la inestabilidad del Sahel (zona transición entre el desierto del Sáhara en el norte y la sabana sudanesa en el sur) esta situación puede generar problemas relacionados con inmigración, terrorismo y tráfico de drogas. “Se trata del desafío de seguridad más importante y más difícil de gestionar en África”.

El investigador aplaudió las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, que el martes vinculó los sucesos del norte de África con Canarias. “No ha sido una exageración del ministro: hay que hablar más de estos temas y hacer una labor didáctica para entender lo que ocurre. Situaciones como las de Malí provocan grandes desplazamientos de población. Que Canarias haya superado la crisis de los cayucos no significa que las rutas migratorias no se vuelvan a reactivar”, alerta. Además, desde su punto de vista, las rutas migratorias pueden ser una vía de acceso para el terrorismo y los tráficos ilícitos. Las pateras “son vehículos de acceso al territorio europeo. No es alarmista decir que los terroristas pueden entrar a Europa en patera”. Hasta el momento las fuerzas de seguridad no tienen constancia de que esto haya ocurrido, pero “todas las embarcaciones no son interceptadas”. A ello hay que unir que el descontrol del Sahel ha convertido esta franja en un territorio especialmente apto para el tráfico de drogas. Este negocio, junto con el secuestro de cooperantes occidentales, financia la causa terrorista.


Las Islas, ¿un portaviones?

Potencias europeas y africanas buscan estos días posibles soluciones a la situación de Malí. Las opciones que se plantea la comunidad internacional son intervenir -si hay consenso y una resolución de Naciones Unidas- o apoyar militarmente a las fuerzas del sur del país para que emprendan la recuperación del norte. La segunda alternativa parece la más factible: los gobiernos occidentales no tienen dinero para afrontar una misión de combate y en Malí no quieren oír hablar de injerencia extranjera. De cualquier forma, mientras se toma una decisión “hay que prestar ayuda al estado maliense”. En ambos escenarios, el papel de Canarias será relevante: “El Archipiélago tiene un gran valor logístico y sus puertos y aeropuertos podrán ser usados para dar apoyo a las fuerzas de Malí”, precisa Echeverría, haciendo alusión a las bases de Gran Canaria.


La otra ‘primavera árabe’ 

Echeverría, que también es director y analista del área de Terrorismo Yihadista Salafista, considera que las revoluciones árabes deben analizarse desde la perspectiva de la seguridad nacional de España, prestando especial atención a sus escenarios y norteafricanos y sahelianos. “En los próximos meses y años el escenario será de inestabilidad”, pronostica. Los islamistas, en general, han sido “los principales beneficiarios del proceso de cambio abierto y los radicales tienen hoy más visibilidad”. Ben Alí, Mubarak, Gadafi y Traoré “eran aliados de Occidente y bestias negras para Al Qaeda y sus sucursales”. Su caída, por paradójico que pueda parecer, no deja de ser “un enorme logro para los yihadistas”.


Frente Polisario

“¿Volver a la coger las armas? En términos militares es altamente inviable que esto ocurra”. Marruecos tiene el apoyo de EE.UU. y de otras potencias que ven con buenos ojos la solución de la autonomía, en lugar de la autodeterminación, para el Sáhara Occidental. La tesis alauí que vincula a miembros del Polisario y a terroristas puede volver al debate público como consecuencia del crecimiento del terrorismo en Malí. “Esta relación no tiene por qué surgir, pero por ello no hay que dejar de tener en cuenta la inestabilidad creciente de la zona”. Una situación que no se debe exclusivamente al poder que está ganando Al Qaeda en la zona, sino a otros factores de riesgo: el clima y el hambre.

7 de septiembre de 2012

La dictablanda del lector


Decía Manuel Jabois en una entrevista que el primer deber del columnista es pasar de los lectores. “Creo que de los lectores hay que pasar y dedicarse uno a estar satisfecho consigo mismo y su trabajo (…). Cuando firmas una columna lo normal es que algunos lectores te quieran separar las patitas para mirarte el sexo y ver de dónde vienes. Hay quien está acostumbrado a leer para que se les dé la razón y eso no está mal, porque cada uno lee el periódico como le conviene”.
Es difícil decir esto en los tiempos que corren. El lector, transformado en cliente, siempre ha tenido la razón. Antes uno escribía sin tener una idea precisa de hasta dónde llegaba su público. Podía publicar en un periódico de ámbito local con la esperanza de que unos cuantos lectores se detuvieran en su espacio y se percataran de las motivaciones que estaban depositadas en ese pequeño texto. Las redes sociales han transformado este proceso: no es que hayan acercado al periodista hasta ese público difuso, es que han favorecido el linchamiento online.
Es curioso que de manera paralela estemos siendo testigos y partícipes de la próspera vida de Twitter, una red social que, grosso modo, funciona como un catálogo de recomendaciones. Seguimos a aquellas personas que tienen algo que ofrecernos, que son capaces de filtrarnos la información. ¿Por qué? Decía el filósofo Zygmunt Bauman que la experiencia le había demostrado que el exceso de información es peor que la escasez. Y lo asegura alguien que vivió la censura de un régimen comunista. Por eso necesitamos depositar nuestra confianza en aquellos que tienen el conocimiento y la perspectiva necesarios para seleccionar por nosotros, para hacer la indispensable criba para la que no tenemos tiempo. El problema de todo esto es también su virtud: nos permite elegir a los narradores de nuestra realidad. Vivimos en el mundo que creemos que existe, pero, ¿es de verdad?
Manuel Jabois contaba, en la misma conversación, que un día se encontró con un amigo que había sido padre. A muchos de sus amigos les había ocurrido lo mismo por aquella época y no recordaba si había tenido una niña o un niño. Y le daba mucha vergüenza preguntar. Cuando su colega se apartó del carrito un momento aprovechó para asomarse un poco al pañal y ver qué había. “Imagínate la zozobra del padre cuando me descubrió con la mano allí. Pues eso mismo me ocurre a mí cuando me quieren ver el carné que por supuesto no tengo”. Los lectores deberían pensar que, muchas veces, son ellos los que necesitan, a toda costa, identificar a los de su bando. No les gusta que haya gente que no se sube a un barco. Simplemente porque no saben qué hacer con los inclasificables. Y, sin embargo, ellos son los que más tienen que ofrecer.

26 de junio de 2012

Esta deuda no es mía


Es curioso el efecto que tiene el tiempo sobre las palabras. En realidad Jorge Manrique nunca dijo que cualquier tiempo pasado fue mejor. En las Coplas por la muerte de su padre escribió que, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor. A Antonio Muñoz Molina, que podría recitar muchos de los versos del poeta de memoria y que no venera el pasado porque sí, le molesta que la gente haya olvidado parte de la letra. Hace años se le ocurrió una variante: cualquier tiempo pasado fue anterior. Y lo argumentaba así: En Nueva York, a principios del siglo XX, cuando en teoría el aire debía de estar envidiablemente limpio por la ausencia de CO2 de los automóviles, había varias decenas de miles de caballos. Las consecuencias ambientales eran pavorosas, teniendo en cuenta que un caballo produce al día una media de 25 kilos de excremento, entre sólido y líquido, y que muchos de ellos morían en las calles y tardaban en ser retirados de ellas. El remedio a esa desgracia fue el transporte público electrificado y la irrupción del automóvil, que creó sus propios problemas, claro que sí. Pero son problemas que se resuelven con más avance tecnológico, no con menos. Igual me pasa con la lectura, por ejemplo. Ahora no se lee mucho, o no tanto como quisiéramos. ¿Se leía más en España hace un siglo, cuando había un 50% de analfabetos? ¿O en la época de Franco? Hay muchas cosas que necesitan remedio, claro que sí, y casi siempre con mucha urgencia, pero no creo que ningún remedio venga de la recuperación de nada del pasado, sino de una evaluación racional de lo que sucede ahora mismo, y de la puesta en práctica de soluciones que tengan en cuenta los avances de la ciencia y una idea de sostenibilidad y bienestar generales, ideas que no son para nada del pasado.

No hay muchas personas que piensen como Muñoz Molina. Parece que siempre ha existido una tendencia a engrandecer el pasado, a echar la vista atrás en busca de vidas mejores. En los tiempos que nos ha tocado vivir, a nuestra memoria no le queda otro remedio que viajar hasta otras crisis económicas. Estamos convencidos de que en el crash de 1929 se rectificó a tiempo, se entendió que la austeridad era un error, se optó por el "new deal" de Franklin Delano Roosevelt y se abandonó la miseria. Esta correlación de hechos es envidiable, pero también es una simplificación. Hubo momentos para la glorificación de la austeridad y se comprobó que todo lo que dijo John Maynard Keynes no era viable. Sin embargo, eso no quiere decir que no podamos recoger sus enseñanzas. Una de ellas la encontramos en 1919. Cuando despues de la Primera Guerra Mundial se rubricó elTratado de Versalles para asegurar la paz mundial, Keynes -que iba como representante de Gran Bretaña- estuvo en desacuerdo con sus contenidos y dimitió. En esa época escribió uno de sus libros más conocidos, Consecuencias económicas para la paz. Había algo que el economista no podía firmar porque, a la larga, tendría efectos nefastos sobre el continente. Alemania nunca podría cumplir con la política de reparaciones impuesta por los ganadores. "La política de reducir a Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y de privar a toda una nación de felicidad, sería odiosa y detestable aunque fuera posible, aunque nos enriqueciera a nosotros, aunque no centrara la decadencia sobre toda la vida civilizada de Europa". Alemania salió de este primer gran conflicto como la nación humillada, no como la nación castigada. Seguramente más de uno se acordó de Keynes cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.



Esa necesidad que tenemos de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor hace que estemos convencidos de que las desgracias que nos ocurren son una excepción en la historia. Es un convencimiento propio de los países desarrollados. Hace dos años, los economistas Reinhart y Rogoff publicaron sus consideraciones sobre la crisis actual bajo el título de Esta vez es distinto. Lo cierto es que hasta 2008 creíamos que las crisis financieras eran cosas que les ocurrían a otros. ¿Cómo nos iba a pasar a nosotros, que tanto deberíamos haber aprendido de la historia? Esta sensación de superioridad siempre se repite. En los años 30 también se pensaba que nunca habría otra guerra mundial después de la catástrofe que tuvo lugar entre 1914 y 1919. Pero sí que vino otro conflicto, mucho peor que el anterior, y sí que llegó la crisis hasta el Occidente del progreso. Vimos cómo los países de América Latina protagonizaban suspensiones de pagos en los años 80 y cómo los tigres asiáticos caían uno detrás de otro en los 90 tras la devaluación de la divisa tailandesa. Pero lo observamos desde la distancia, sin saber exactamente qué significaba una crisis en el mundo del capitalismo sin regulación.

Hoy, inmersos en una crisis muy dura -no sabemos si más o menos que las anteriores o las próximas-, sabemos que esta vez es distinto. En esta ocasión es diferente porque somos nosostros los que la padecemos y porque estamos, inevitablemente, en un momento nuevo: lo dice el calendario. Es la única certeza que tenemos. Pero eso no hace que dejemos de hacernos más y más preguntas. Entre ellas, si es legítimo, y también legal, que los gobiernos europeos tomen medidas que atentan contra los derechos humanos de sus ciudadanos. Además de las respuestas que surgen del sentido común, el derecho internacional también ha dejado escrito algo al respecto. Reinhart y Rogoff lo comentaron en su libro. Se trata del concepto de deuda odiosa o deuda ilegítima. No están inventando nada nuevo porque tampoco las crisis son nuevas. Se trata de un concepto antiguo que se volvió actual cuando Europa y el Fondo Monetario Internacional decidieron rescatar a Grecia.

Los ciudadanos helenos han tenido que aceptar sacrificios indecentes desde entonces para pagar su gigantesca deuda pública. Para entender la magnitud de estos sacrificios, y el peligro que pueden entrañar, hay que saber que el esfuerzo que se le estaba pidiendo a Grecia para saldar su deuda era superior al que se le exigió a Alemania en el Tratado de Versalles. Joaquín Estefanía lo explica con claridad en su libro Economía del miedo: "En el seno de la sociedad griega, y por extensión en otros colectivos de otras partes del mundo, se reivindicó la legitimidad de no pagar bajo el argumento de que buena parte de lo que el país heleno debía era deuda odiosa: si un prestamista da dinero a un gobierno que a todas luces es cleptómano y corrupto, los siguientes ejecutivos no tendrían la obligación de saldarla".

El concepto de deuda odiosa o ilegítima se le atribuye a un jurista y profesor de Derecho Financiero, Alexander Sack, que publicó en 1921 el tratado 'Los efectos de las transformaciones de los estados sobre sus deudas públicas y otras obligaciones financieras'. Para él, una deuda era ilegítima si cumplía tres requisitos: a) se ha comprometido sin el conocimiento de los ciudadanos; b)se ha gastado en actividades que no redundan en beneficio del pueblo; y c)los prestamistas son conscientes de esta doble situación anterior.

Para elaborar este trabajo, Sack se basó en acontecimientos históricos. Por ejemplo, cuando Estados Unidos anexionó Cuba. En 1898 Estados Unidos ganó la Guerra hispano-estadounidense en la que Cuba -colonia española- estaba en juego. Cuba, Puerto Rico y Filipinas quedaron bajo protectorado de Estados Unidos. Cuando terminó la contienda, España reclamó el pago de la deuda, pero en una reunión en París Estados Unidos sostuvo que la deuda era odiosa, pues había sido impuesta sin el consentimiento del pueblo y sirvió para reprimir el movimiento de liberación de Cuba. España acabó aceptando el argumento. Muchos otros países lo hicieron después.

Es muy posible que haya parte de la deuda de los países rescatados que el derecho internacional consideraría odiosa. España ha aumentado su deuda considerablemente para arreglar los desmanes de la banca. Ha recortado los servicios públicos de sus ciudadanos para financiar un sistema bancario privado y decadente. Es el mundo al revés. Los adalides del capitalismo, que tanta desregulación demandaron, están recibiendo ayudas gubernamentales.

Declarar parte de la deuda ilegítima no solucionaría nuestros problemas porque, no hay que olvidarlo, esta crisis no es solo económica: es la crisis de un modelo de convivencia. Pero analizar qué deuda es ilegítima ayudaría a devolver la dignidad a muchos ciudadanos. Cuando cayó el muro de Berlín pensamos que un modelo había ganado. Era verdad, pero también lo es que construimos mal el sistema que elegimos. El pensamiento de Antonio Muñoz Molina vuelve a ser revelador: "¿Qué rescataría del pasado para el futuro? Tan solo una cosa: el estudio riguroso de lo que sucedió, de modo que se puedan extraer lecciones prácticas para el manejo de los problemas del presente y del porvenir".




24 de junio de 2012

Nuevas formas de matar



Creíamos que lo sabíamos todo sobre la violencia. Llegamos después de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, de los campos de concentración y exterminio en suelo europeo y de las primeras guerras televisadas. La capacidad de destrucción había alcanzado un nivel tan alto que estábamos convencidos de que la guerra estaba condenada a extinguirse porque solo los países menos desarrollados, los que tenían armas menos sofisticadas, podían permitírsela. En el resto de los países el perfeccionamiento de los medios bélicos era tal que la guerra se había quedado anticuada por el miedo a un suicidio colectivo: en un enfrentamiento entre grandes potencias la victoria de una implicaba la destrucción general. El futuro parecía estupendo: los tiempos de la obsolescencia programada habían demostrado que nuestras bombillas tenían fecha de caducidad, pero también la guerra.

La historia podría haber estado de nuestra parte, pero no fue así. Tenemos que reconocer que nos equivocamos en muchas de nuestras esperanzas: nos convencimos de que éramos una generación pacifista en un mundo abocado al pacifismo. Lo primero puede que sea cierto, pero hoy sabemos que el mundo que superó los experimentos totalitaristas del siglo XX no es un lugar más pacífico.

Es verdad que la Europa más desarrollada aprendió la lección de la Segunda Guerra Mundial. Al principio, la paz era extraña: un clima de incertidumbre, rivalidad y confrontación silenciosa que, con acierto, se llamó Guerra Fría. La caída del Muro de Berlín acabó con este desafío e inaguró un mundo unipolar. Desapareció el enfrentamiento entre dos modelos de entender el mundo, pero no se acabó con la violencia.

Aunque no lo parezca, la década que estamos viviendo es un buen momento para analizar las nuevas formas de violencia. Mucho se ha hablado estos años de la crisis económica que nos ha tocado vivir, de los economistas casandra que intentaron advertirnos y de las tremebundas predicciones que los organismos internacionales, en forma de infografía, han hecho circular por todo el planeta. En la era de los futurólogos y los agoreros, yo prefiero que los expertos nos desvelen lo que ya ha sucedido, todo eso que ha pasado inadvertido. Es lo que hizo, por ejemplo, Joseph Stiglitz después -es justo decirlo- de ser uno de los economistas que predijo la crisis. Hace unos años, Naciones Unidas encargó un informe a un grupo de intelectuales sobre los efectos de la crisis económica. El Nobel en Economía, que lideró el estudio, incluyó alguna referencia a las nuevas formas de violencia. "La crisis económica está haciendo más daño a los valores de la democracia que los totalitarismos del último siglo".

Hoy que vivimos en una permanente revolución tecnológica, que todos los inventos han sido puestos primero al servicio de la guerra, la violencia está lejos de desaparecer. Muchos europeos viven hoy en un estado de excepción, con sus libertades y derechos limitados. Sus gobiernos les piden cada día nuevos sacrificios. Les hablan como si algún fenómeno natural estuviera destrozando su ciudad, su país y su continente, y nadie pudiera hacer nada contra las fuerzas de la naturaleza. Les ruegan que aguanten, que a pesar del temporal intenten reconstruir sus casas, que en ellas vivirán algún día sus hijos. Sería una bonita comparación si no fuera porque, por mucho que intenten confundirnos con el lenguaje, esta crisis no se parece en nada a un fenómeno meteorológico.

En 1967 se publicó la primera edición del ensayo de Hannah Arendt Sobre la violencia. Más de cuarenta años después sus palabras siguen siendo tan certeras como entonces. Quizás leerlas ahora nos ayude a percatarnos de lo peligrosa que puede ser la violencia que ahora ejercen los estados sobre sus ciudadanos: "La violencia brota a menudo de la rabia, pero la rabia no es una reacción automática ante la miseria y el sufrimiento. Nadie reacciona con rabia ante una enfermedad incurable, ante un terremoto o, por lo que nos concierne, ante condiciones sociales que parecen incambiables. La rabia solo brota allí donde existen razones para sospechar que podrían modificarse esas condiciones y no se modifican. Solo reaccionamos con rabia cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia y esta reacción no refleja necesariamente una ofensa personal, tal como se advierte en toda la historia de las revoluciones, a las que invariablemente se vieron arrastrados miembros de las clases altas que encabezaron las rebeliones de los vejados y oprimidos. Recurrir a la violencia cuando uno se enfrenta con hechos o condiciones vergonzosos resulta enormemente tentador por la inmediación y celeridad inherentes a aquélla".

Creíamos que lo sabíamos todo sobre la violencia y resultó que no era cierto. No seremos la generación que vivió en un mundo pacífico, pero todavía podemos ser la generación que dijo no al terrorismo de los mercados, que se plantó ante la violencia de sus gobiernos y que reaccionó antes de que todo se derrumbara. Afortunadamente la historia también cuenta con victorias pacíficas. Quizás así la próxima generación tenga más suerte que nosotros.

9 de junio de 2012

Alemania también fue rescatada


Cuando cayó el muro de Berlín y ya se perfilaba la reunificación alemana, Helmut Kohl sabía que solo podía fiarse de cuatro hombres de Estado en todo el mundo: George Bush padre, Mijail Gorbachov, Jacques Delors y Felipe González. El canciller lo reconoció ante Jochen Thies, un periodista y escritor alemán que siguió de cerca el surgimiento de la Unión Europea: fue redactor jefe de la revista de relaciones internacionales Europa-Archive/Internationale Politik y director de Internacional de la DeutschlandRadio de Berlín. El periodista pensó que, de alguna manera, la declaración de Kohl decía mucho sobre el nexo que se había forjado entre España y Alemania a lo largo del siglo XX. La relación se podía sintetizar teniendo en cuenta cómo se comportaron los dos países en los conflictos de la época. En la Guerra Civil española la izquierda alemana se posicionó con el bando republicano y los nacionalsocialistas con Franco. En la Segunda Guerra Mundial España se mantuvo casi neutral -el caudillo envió voluntarios a la campaña de Hitler contra Rusia- y sus habitantes no sufrieron las consecuencias de una sangrienta guerra sin fronteras.



No obstante, partir de 1940 la dictadura dejó a España estancada y alejada de las libertades que por aquel entonces comenzaban a llegar a muchos países. Ahora, con la perspectiva que otorga el tiempo, Thies considera que se puede decir, sin miedo a caer en errores, que los alemanes contribuyeron al proceso democratizador español. ¿Cómo lo hicieron? A través del turismo. "No hay otro país europeo del que el alemán medio tenga una idea tan concreta como la que tiene de España". Lo cuenta en un apasionante artículo que ha publicado recientemente. A partir de los años 60 esa población que vivía a orillas del Rin empezó a viajar hasta la Península Ibérica y España se convirtió en el destino de masas alemán. Hoy el español es el idioma de moda, los alemanes viajan a España con la misma frecuencia que a Francia y es "un país de culto en mayor medida que Francia o Italia". Es más, España -y Canarias en particular- es el lugar de retiro de muchísimos alemanes.

En la amistad actual tiene mucho que ver la guerra. En las relaciones hispano-germanas no existen factores de enfrentamiento político de peso y ambas naciones mantienen una posición discreta en el terreno militar. Uno de los asuntos que suscita interés en Alemania es el papel que España puede desempeñar en las revoluciones que están llevando la democracia a los países del norte de África. Algunos expertos creen que esta realidad será determinante en la evolución de las relaciones, sobre todo porque no se sabe qué ocurrirá con Marruecos. Hoy es un país estable si se compara con los de su entorno, pero los indicadores socioeconómicos auguran complicaciones: tiene un elevado número de jóvenes formados con escasas oportunidades en el mercado laboral. España mantiene unas relaciones privilegiadas con Marruecos. No es casualidad que todos los presidentes españoles, con independencia de su ideología, decidan viajar a Marruecos nada más llegar a la Moncloa.

A pesar de este feeling histórico, la nación más poblada de Europa se ha convertido hoy un problema para España y la Unión Europea. Hasta 1989 los conflictos nacían en la Alemania dividida, pero se solucionaban con más Europa. Más de 20 años después la manera de solucionar las dificultades es muy distinta. Los estados de la Unión miran hacia Ángela Merkel esperando que sea ella quien decida por dónde debe caminar Europa. Le exigen mucho porque la historia está de parte de los alemanes: fueron capaces de recuperarse de la barbarie hitleriana, de alumbrar una generación de jóvenes que analizó en profundidad el nacionalsocialismo y de superar con éxito la reunificación. Hoy es el país de la energía verde, del apagón nuclear y del retorno a las raíces románticas. Sería injusto decir que Alemania no ha aprendido de la historia. Sin embargo, no parece estar preparada para asumir el liderazgo que el resto de Europa necesita.



La culpa no es solo de Alemania. Las relaciones con sus vecinos galos están en retroceso: cada vez menos franceses estudian en Alemania, no aprovechan las líneas aéreas de bajo coste para visitar Berlín y los líderes de ambas naciones, salvo excepciones, no dominan el idioma del otro. Los lazos que la unen a Gran Bretaña también son frágiles: no existen demasiados proyectos compartidos. "Lo que más irrita a Reino Unido -según Thies- es que depués de 1989 los alemanes no se han propuesto asumir el papel de potencia central europea que Londres por un lado esperaba y por otro temía".

Lo que no entienden los ciudadanos de los países intervenidos -o a punto de ser rescatados, como es el caso de los españoles- es que los alemanes se hayan olvidado un pequeño detalle: su país no se habría recuperado tan rápido de la guerra si Estados Unidos no hubiera puesto en marcha el Plan Marshall. Reconstruyó Europa, contuvo el avance del comunismo y participó activamente en la reunificación. Nuestra generación no vivió esa guerra ni todo lo que vino después. Tiene que revisar los libros de historia para entender lo importante que fue Alemania para el proyecto europeo y viceversa. Como dijo Helmut Kohl hace un año, solo quienes han conocido la guerra saben el auténtico valor de estos últimos 65 años de paz y libertad que ha proporcionado Europa.

Kohl hizo estas declaraciones hace apenas unos meses, cuando algunos ministros del gobierno de Ángela Merkel insinuaron que Grecia debía dejar el euro. Era el momento de decidir si se autorizaba el segundo tramo de la ayuda y el periódico Bild Zeitung publicaba en portada 'Stop a los rescates'. ¿Qué sería de Alemania hoy si no hubiera sido rescatada por líderes que defendieron la idea de una Europa unida? Puede que las comunidades europeas empezaran con la economía, con el intercambio de acero y carbón que se inició entre Francia y Alemania, pero la economía era el pretexto para garantizar la paz y un modelo común de convivencia. Hoy la Unión Europea aprueba rescates que no traen la paz, sino todo lo contrario.

27 de mayo de 2012

Canarias no es Gibraltar



La bandera de las siete estrellas siempre ondea, pero también se cuelan la de la República, la del orgullo gay o la de la Unión Soviética. Lejos han quedado aquellos días en los que una sociedad salía a la calle por una única causa. Hoy se programan manifestaciones a las que puede acudir todo aquel que encuentre un motivo por el que gritar. Se puede estar en conta del Puerto de Granadilla, de las prospecciones petrolíferas, de los recortes en educación y sanidad, de la reforma universitaria de Bolonia, del rescate de Bankia, del colonialismo español y hasta de la gestión europea de la crisis. Uno se puede adherir a todas las causas que desee. No importa si son incompatibles entre sí o no. Lo único que importa es llevar un eslogan ingenioso.

Antes el independentismo se colaba en otras manifestaciones, pero últimamente sus líderes creen que la realidad está de su parte. La crisis está haciendo estragos en los países del sur de Europa, rebajando el nivel de la calidad de vida y recortando el Estado del Bienestar. Los independentistas creen que éste es su momento: quieren canalizar la frustración que está surgiendo por la nefasta gestión europea de la crisis. Están en su derecho. Muchos otros partidos políticos a lo largo y ancho del continente han utilizado la eurofobia para ganar adeptos. Los independentistas canarios piensan que el Archipiélago debería convertirse en un territorio autónomo, con capacidad para gestionar sus recursos y velar por el futuro de sus ciudadanos. Los nacionalistas no van tan lejos, pero casi.

Hay varias formas de ser independiente, pero históricamente en Canarias se ha recurrido al discurso del colonialismo español para reclamar autonomía. Se insiste en que el Archipiélago, que geográficamente pertenece al territorio africano, debería ejercer el derecho a la autodeterminación. Este derecho, que quedó recogido en la Declaración sobre la independencia de los países y pueblos coloniales de Naciones Unidas, se redactó quince años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial. Hoy resulta complicado imaginar a los líderes europeos sentados en una mesa repartiéndose el mundo. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió. Los dirigentes se citaron en la Conferencia de Berlín para dividirse, a escuadra y cartabón, el mapamundi. La colonización ya había empezado antes, lo único que querían era decidir hasta dónde podían llegar unos y otros con sus empresas expansionistas. Es decir, ponerse de acuerdo para ampliar sus imperios sin necesidad de llevar a cabo más guerras de las necesarias. No se imaginaban que llegaría el día en el que todos esos ciudadanos se levantarían y lucharían por sus derechos. Cuando finalizó la Primera Guerra Mundial, W. Wilson ya se había dado cuenta de lo peligrosa que era esta situación y pidió a los europeos que terminaran con el sometimiento de África y Asia para poder vivir en paz. Nadie hizo caso y la paz apenas duró.

No era extraño que Wilson estuviera preocupado: a principios del siglo XX, el 90% de África y el 95% de Oceanía estaban bajo el dominio de las potencias europeas. Esta situación no empezó a cambiar hasta que, en la segunda mitad del siglo pasado, los ciudadanos de todos esos territorios decidieron sacrificarse por su independencia. Hay una frase que resume bien este proceso. Se la dijo Sekou Turé, que luego sería presidente de Guinea Conakry, a Charles de Gaulle en 1958: "Guinea prefiere la libertad en la pobreza a la opulencia en la esclavitud". Estaba en lo cierto. El 98% de los ciudadanos votó sí a la independencia y los franceses se fueron. Eso sí, retiraron todas las ayudas y Guinea Conakry cayó en una espiral de pobreza y corrupción de la que no ha salido.

En la misma época en la que Guinea Conakry accedió a la independencia lo hicieron otros muchos pueblos. Fue durante esos años cuando Antonio Cubillo puso en marcha el MPAIAC y comenzó a poner bombas para exigir la independencia de Canarias. El Che le dijo que optara por la "propaganda armada" y la guerra de las pulgas, y eso fue lo que hizo. En cualquier caso, lo que siempre reclamó Antonio Cubillo fue la descolonización de Canarias. Todavía hoy sigue convencido de que las Islas viven bajo el yugo de la metrópoli y, por eso, en 2010 solicitó nuevamente a Naciones Unidas que Canarias fuera incluida en el Comité de Descolonización.

Su petición no prosperó. El Derecho Internacional no está de parte del líder independentista. Canarias nunca podrá acceder a la independencia con la declaración de Naciones Unidas en la mano porque no cumple ninguno de los requisitos. No puede acceder a la autonomía por ninguna de las dos vías que contempla NNUU: ni alegando el derecho a la autodeterminación (no existe un pueblo diferente y subordinado al que vive en la metrópoli) ni aludiendo a la vulneración de la integridad territorial (éste sí es el caso de Gibraltar, que es una colonia británica en suelo español).

El territorio fue usurpado bajo el derecho de conquista en el siglo XV. La lógica de la época era esa: las relaciones entre pueblos estaban dominadas por la fuerza y unos conquistaban a otros. Pero no puede hablarse de colonia como lo entiende Naciones Unidas porque nunca existió un pueblo canario dominado por el gobierno central. Canarias entró a formar parte del Estado español igual que cualquier otra región. Eso sí, con las dificultades y las ventajas derivadas de la geografía. En esta realidad está el origen de las exenciones fiscales de Canarias, que nacieron con la incorporación de las Islas a la Corona de Castilla (todavía no existía España). Este principio quedó plasmado en el Régimen de Puertos Francos (1952), en la Ley del Régimen Económico y Fiscal (REF) aprobada en el franquismo y en la Constitución de 1978, que, en su artículo 138, también se hizo eco de este hecho diferencial y de la necesidad de buscar la equidad. Y desde que España entró en las Comunidades Europeas, Canarias ha tenido un tratamiento diferenciado por ser un territorio ultraperiférico.

Las opciones canarias para reclamar la independencia por la vía de la descolonización tampoco mejoran si tenemos en cuenta la definición de colonia recogida en el Diccionario de la Real Academia Española, que señala que una colonia es un territorio dominado y administrado por una potencia extranjera. Canarias es hoy una comunidad autónoma con plena representación en el Parlamento español, igual que lo es Andalucía, Cataluña o Galicia.

¿Por qué el caso de Gibraltar es diferente al canario?

Gibraltar pertenece al Reino Unido desde 1713 cuando, al término de la Guerra de Secesión española, se firmó el Tratado de Utrecht. Sin entrar en todos los conflictos jurídicos que se han derivado del tratado, según la legislación internacional (que ya sabemos que no siempre se cumple) se trata de un territorio que en tiempos precoloniales perteneció a España y que debe acceder al proceso descolonizador porque vulnera la integridad territorial del Estado español. Pero todas las descolonizaciones no son iguales. Naciones Unidas jamás ha reconocido el derecho a la autodeterminación en Gibraltar porque, igual que en Canarias, no existe un pueblo titular de ese derecho. Lo que sí ha hecho la Asamblea General es emitir varias resoluciones en las que pide que se ponga en marcha la descolonización de Gibraltar por la vía de la reintegración territorial. En otras palabras, ha instado a Reino Unido a devolver el Peñón a España.


Pero como tantas otras resoluciones de la Asamblea General de NNUU, las que tienen que ver con Gibraltar tampoco parece que vayan a servir para mucho. No se trata solo de que Gran Bretaña no quiera desprenderse del Peñón por cuestiones estratégicas, sino de algo más complicado: los gibraltareños no quieren ser españoles. A finales de los años 60, el gobierno británico, que estaba insatisfecho con el curso de los acontecimientos, decidió convocar un referéndum para que los gibraltareños decidieran si querían vivir bajo soberanía española o mantenerse vinculados a Reino Unido. El resultado fue abrumador: 12.138 votos a favor de que la situación siguiera como los tres siglos anteriores frente a 44 en contra, además de 55 votos nulos. Naciones Unidas tardó apenas tres meses en reaccionar y adoptó la Resolución 2353 (XXII), en la que condenaba el referéndum declarándolo contrario a las resoluciones adoptadas por la Asamblea General sobre la descolonización de Gibraltar. Las razones eran claras: Gran Bretaña no podía convocar un referéndum porque no existía el derecho a la autodeterminación.

Para completar las discrepancias entre las dos partes falta observar lo que ocurre con el mar. Hoy, el derecho internacional dice que las aguas territoriales están bajo la soberanía de los estados costeros. Esta afirmación tiene difícil aplicación en el caso de Gibraltar, ya que ese tratado no era el que regía las relaciones entre países cuando España cedió el territorio, por lo que resulta complejo hacer una interpretación unívoca de lo dispuesto en el tratado. Decidir quién tiene la soberanía de las aguas adyacentes al Peñón, teniendo en cuenta lo que se entendía por puerto de Gibraltar cuando se firmó el acuerdo, es una ardua tarea. Una vez más, las interpretaciones han alumbrado dos posiciones enfrentadas. Reino Unido reclama para sí las aguas adyacentes al Peñón en virtud del Derecho Internacional del Mar, que concede a los estados ribereños derechos soberanos sobre las aguas que bañan sus costas. España, por su parte, teniendo como base el propio tratado y lo que en aquella época se consideraba puerto de Gibraltar, niega tajantemente estos derechos a Inglaterra.

Exigencias aparte, lo único cierto es que hoy la soberanía de Gibraltar está en manos británicas. Puede sorprender que siempre surjan los mismos problemas entre dos naciones -España e Inglaterra- que comparten un mismo proyecto: llevan años dentro de la Unión Europea pensando en un futuro común. Gibraltar es una colonia dentro de una Europa que aspira a ser un territorio único, sin fronteras, con ciudadanos con idénticos derechos y oportunidades. La eterna colonia europea resume muy bien el estado actual de las relaciones entre los países europeos. Nadie quiere perder soberanía, aunque la realidad supere las aspiraciones gubernamentales.

Lo que sí tienen en común Canarias y el Peñón es otro asunto. El Estrecho de Gibraltar es un pasillo con un intenso tráfico de petroleros sobre el que no se tiene control. También lo es Canarias. En ambos casos España corre riesgos medioambientales y de seguridad todos los días. Eso, sin embargo, todavía no ha encontrado un lugar destacado en las manifestaciones. Probablemente sea porque nadie se ha inventado un eslogan interesante.

20 de mayo de 2012

Cuando creíamos en Europa



Hace cinco años todavía creíamos en Europa. Creíamos tanto que el Consejo Europeo, que por ese entonces presidía Nicolas Sarkozy, encargó a brillantes expertos un diagnóstico de las enfermedades que la Unión Europea padecería en las dos décadas siguientes. Entre los consultados estaban Felipe González, Mario Monti y Jorma Ollila. El análisis se llamó Proyecto Europa 2030 y empezaba así: "Lo que vemos no es tranquilizador para la Unión y sus ciudadanos...". Los ciudadanos tampoco estaban tranquilos. El Eurobarómetro de 2009 reflejaba la misma incertidumbre: la mayoría de los europeos creía que la vida en 2030 sería mucho más difícil. También que la situación económica y el paro serían las cuestiones más importantes para su país. La crisis apenas había empezado cuando el grupo se reunió por primera vez en 2007. Todo estaba por suceder. Pero cuando se presentó el informe, en mayo de 2010, Lehman Brothers ya había quebrado.

Los 20 años anteriores habían sido perturbadores, una especie de huida hacia adelante. El mundo se había vuelto multipolar, el liberalismo económico se había pervertido y la UE se había consagrado como un gigante económico gracias, en gran parte, a su capital humano. Todos nos habíamos vuelto más cosmopolitas: las fronteras se habían abierto al mismo tiempo que el dinero, a un interés muy bajo, había llegado a nuestros bolsillos en forma de créditos.

Los 20 años que están por venir serán, probablemente, más perturbadores aún. El mundo seguirá cambiando, pero no sabemos dónde estará Europa. Centrada en la crisis, se ha olvidado de todos los retos que ya tenía antes de la Gran Recesión. En 2010 todavía era el mercado más grande del mundo, representaba un cuarto del comercio mundial y aportaba dos tercios de la ayuda mundial para el desarrollo, pero así y todo, hoy Europa se está hundiendo. Y la repetida metáfora del Titánic -cuando la nave se hunda no importará quién iba en primera- no ha servido para nada. Tampoco las similitudes con la Gran Depresión. El enfrentamiento entre economistas de hoy es equiparable al que protagonizaron Keynes y Milton Friedman. No hemos aprendido nada.

Mientras tanto, otras regiones están tomando la delantera: están invirtiendo más en investigación, desarrollo e innovación. En 2030, si la realidad no cambia las previsiones, Asia estará a la vanguardia de las novedades tecnológicas y científicas, que transformarán la calidad de vida de todos sus habitantes. Europa, para competir, debería aumentar el acceso a la educación. Se calcula que ese año un millón de estudiantes chinos e indios estudiará en el extranjero. Este avance traerá consigo un aumento en la demanda energética mundial. Se estima que las necesidades energéticas del mundo serán un 50% más elevadas que hoy y los combustibles fósiles representarán un 80% de la oferta. La UE, con una peligrosa dependencia energética del exterior, tendrá problemas.

Pero no será el único problema: los europeos se están haciendo mayores. Cada vez están más viejos y más desmemoriados. Están cansados y apenas conocen cuatro datos que explican el nacimiento de la UE. Dentro de 40 años habrá cuatro trabajadores por cada tres jubilados. Para revertir este desequilibrio, que es una amenaza real para el sistema de pensiones, habrá que elevar los índices de participación en el mercado laboral, aplicar políticas de inmigración y fomentar la natalidad. Y se hará mejor en un territorio tan extenso como la UE, con una capacidad de negociación potente (tiene detrás un mercado de 500 millones de personas), una experiencia democrática mayor y sin muros que restrinjan el conocimiento. Sin embargo, para conseguir que los europeos vuelvan a confiar en Europa hará falta más que apelar a la historia. Los ciudadanos solo harán un esfuerzo similar al que se hizo tras la Segunda Guerra Mundial si hay políticos dispuestos a sacrificarse por algo en lo que creen. Hoy los políticos ya no hablan de Europa, de sus principios fundamentales o de sus aspiraciones. Solo hablan de la austeridad. Y es curioso: reclaman austeridad desde cualquier púlpito, pero está claro que no se han parado a leer la definición que dan instituciones como la Real Academia de la Lengua Española del concepto de austero. La primera acepción es "severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral". La segunda "sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes". Las políticas que están adoptando los países de la UE -un ejemplo muy claro es España- no se atienen a reglas morales ni pueden calificarse como sobrias (templadas, moderadas). Lo único que hacen es estrangular a los más débiles. Así, ¿quién va a creer en Europa?

16 de mayo de 2012

Mi tarde con Antonio Cubillo


Hablé varias veces por teléfono con él antes de ir a su casa. Siempre me dio la impresión de que era un hombre huraño, desconfiado y suspicaz. Quería saber con exactitud el motivo de mi entrevista. Reconozco que estaba nerviosa aquella tarde de julio, pero era un hombre al que tenía que conocer si quería reconstruir parte de la historia reciente de Canarias. Sobre todo si quería conocer cómo este personaje había conseguido que Canarias condicionara la política española. Pero casi tres horas de charla no dan para mucho si una tiene delante a este hombre. Nunca termina de contarte todo lo que vivió.

A pesar de todas los actos reprobables que haya podido cometer, cada vez que Antonio Cubillo me viene a la cabeza pienso en algo que me dijo aquella tarde. Entre los atentados del MPAIAC, las críticas a la OTAN, la tragedia de Los Rodeos, su relación con la Pasionaria, el enfado con Carrillo (que lo llamó pequeño burgués), su encuentro con el Che y las huelgas obreras, Cubillo me habló mucho de la guerra que libraron los argelinos para independizarse de Francia. Yo ya sabía que en esa guerra se había derramado mucha sangre. Lo que me llamó la atención no fue eso. Me contó cómo las personas mayores salieron a luchar sabiendo que iban hacia una muerte segura. Lo hicieron porque era la única manera de que en la retaguardia quedaran los que tenían posibilidades de ganar esa cruenta batalla, izar la bandera de una Argelia libre y, claro, vivir más años. Ese fue el pacto que los argelinos hicieron.


El domingo pasado me acerqué hasta el TEA para ver el documental que el sobrino de Cubillo, con financiación del Gobierno de Canarias, ha hecho sobre el atentado que sufrió el líder independentista. Cubillo aparece en pantalla lo justo. Se entrevista con el hombre al que el Estado encargó su asesinato y hace alguna reflexión más. El trabajo, bien documentado y elaborado, no justifica la actividad terrorista de su protagonista, pero ayuda a comprender y difundir parte de la historia de España y Canarias. Se echa de menos que se recojan testimonios de familiares de la única víctima del MPAIAC o que se aporten visiones más críticas sobre qué papel tuvo el movimiento en el accidente de Los Rodeos. Hay quien dice que este documental busca que nos reconciliemos con Cubillo. Puede que en parte ocurra, pero si quisiéramos reconciliarnos con él sería más fácil centrarnos en su faceta como líder del movimiento obrero en Canarias y valorar su defensa de los derechos de los trabajadores (caldo de cultivo independentista). Zebensui López Trujillo presentó una tesina interesante sobre este tema: Imaginar la nación canaria. El papel de Antonio Cubillo en el resurgimiento de los movimientos obrero y nacionalista en Canarias (1956-1978).




El caso es que con todo este revival de Cubillo me he acordado también de los augurios que me hizo antes de despedirnos. Antonio Cubillo no creía que el independentismo estuviera en un buen momento y no intentó adornarlo. Pero, aún así, me dijo algo en lo que yo no confié demasiado: el resurgimiento del sentimiento independentista en la sociedad canaria. Estoy convencida de que en momentos de crisis los extremismos encuentran demasiado espacio para moverse. Y estoy convencida porque la historia lo ha demostrado. Sin embargo, la posibilidad de que un independentismo renovado y adaptado a nuestros tiempos se tornara en reivindicación popular me parecía remota. Casi un año después sigo pensando lo mismo, y no creo que sea solo consecuencia de mis propias convicciones ideológicas.

Lo que me dijo poco antes de apagar la grabadora fue: "Cuando empiece la miseria aquí, porque esto va a explotar, vendrán todos a pedir la independencia. Solo con la explotación de las aguas en las 350 millas viviríamos estupendamente bien. Controlaríamos los barcos que pasen por aquí y tendríamos los módulos de cobre y manganeso que están en el fondo del mar. Explotaríamos el petróleo y el gas. Ahora se lo están pensando, pero tiene que haber más miseria: mientras no haya hambre, la gente no se mueve. Cuando empiecen a ver las cosas en peligro les parecerá una buena solución".

Yo no sé si se ondeará la bandera de las siete estrellas verdes. Lo que sí sé es que a mayor inseguridad y miedo, más posibilidad de sentimientos xenófobos. Al final la gente piensa que tiene que elegir entre supervivencia y solidaridad, nunca que la solidaridad puede ser la fórmula para sobrevivivir.

10 de mayo de 2012

Las canciones de la crisis



Es curioso. Hay canciones que siempre terminan en el mismo lugar: en ese cine -hoy cerrado- al que tanto fuiste. Las escuchas y las ves. Alguien decidió que fueran la banda sonora de alguna película, y tú incorporaste música e imágenes a tu vida. Otras canciones también llevan fotogramas adheridos, pero esos sí son de tu propia vida. En un momento determinado tuviste la necesidad de escuchar, sin tregua, aquel disco que tenía la extraña capacidad de serenarte y animarte. Años más tarde, lo escuchas y las sensaciones son muy parecidas a las de entonces. Por eso hay canciones que dejamos de escuchar y otras que nunca pierden su capacidad terapéutica.

La historia, igual que las personas, también tiene su música. ¿Te has preguntado cuál será la música de la crisis de nuestra generación? ¿Quién ha querido dejar constancia de esta década perdida? ¿Qué evocan? ¿Miedo, desazón, enfado...? ¿Qué canciones podemos recuperar para la Gran Recesión? ¿Qué canciones nos han contado ya las mismas miserias?

Aquí tienes algunas canciones, pero me gustaría que, si te animas, me ayudes a completar la lista.


1) Elvis Costello: "Debes saber que en “National ransom” hay una verdadera tristeza y, si se me permite decirlo, resignación sombría e incluso angustia"




2) Ismael Serrano: "Mis canciones responden a un momento de crisis"





3)Bruce Springsteen: "¿Dónde están los ojos con la voluntad de ver? / ¿dónde están los corazones que practican la misericordia? / ¿dónde está el trabajo que hace mis manos y que da libertad a mi alma? / ¿dónde está la promesa de un mar resplandeciente, de costa a costa?"




4)Luis Eduardo Aute: "No habrá ni ganadores ni perdedores, sólo habrá que sobrevivir, arrimar el hombro, tener en cuenta al vecino y dejar de mirarse el ombligo"




5)Pink Floyd: "El dinero es un crimen. Repártelo con justicia pero no toques mi parte del pastel
El dinero, según dicen, es la raíz de todos los males hoy en día. Pero si pides un ascenso no te sorprendas
si no quieren soltar nada".




6) The Beatles: "Déjame que te explique cómo va a funcionar esto: será uno para ti, y diecinueve para mí, porque yo soy el recaudador de impuestos, y si un cinco por ciento te parece poco...da gracias de que no me quede con todo".




7)Patti Smith: "Cada noche antes de ir a la cama, quisiera encontrar un boleto, ganar la lotería
cada noche antes de descansar mi cabeza, ver los billetes de dólar rodando por mi cama, oh cariño, eso significaría tanto para mí, sé que nuestros problemas desaparecerían..."



26 de abril de 2012

Del distrito único universitario al fin de la clase media



Me fui a Sevilla a estudiar Periodismo hace once años. Entonces no lo sabía, pero tuve mucha suerte. Después de mirar la oferta de muchas universidades pude elegir dónde quería estudiar. No siempre fue así. Uno estudiaba donde nacía, y no era una cuestión estrictamente económica. Te correspondía una universidad igual que te tocaba un colegio en función de dónde vivieras. En Tenerife solo había una universidad, pero en Madrid o en Barcelona la oferta era más amplia. El acceso venía determinado por el lugar donde se hubiera estudiado el COU, ya que cada universidad tenía adjudicados una serie de distritos escolares. En 1986 todo eso cambió: se aprobó un decreto que permitía que cada alumno pudiera elegir dónde se matriculaba: en Madrid, se escogía entre la Complutense, la Politécnica o la de Alcalá de Henares; en Barcelona, entre la Politécnica y la Autónoma. Entonces era una fórmula para luchar contra la masificación de las aulas en las principales comunidades españolas. También el inicio de un profundo cambio que democratizó la enseñanza superior. Se le llamó distrito universitario único.

La Universidad española, inmersa en este proceso de cambio, se marcó poco después otro reto: conseguir que los estudiantes pudieran estudiar en cualquier universidad española sin necesidad de engañar al sistema empadronándose en la ciudad donde se quería estudiar. Entonces había tantas "selectividades" como comunidades autónomas con universidad: se tenía que homogeneizar el acceso a la universidad pública española. El presidente español, Mariano Rajoy, sabe mucho de esto. Era ministro de Educación en 1999, cuando se emprendió una reforma que culminaría en 2001. A partir de esta transformación cada universidad tuvo la obligación de reservar un porcentaje de plazas para alumnos que vinieran de otras comunidades. Se empezó con un 5% y Cataluña se enfrentó en los tribunales al gobierno, al que acusó de no respetar sus competencias autonómicas. En aquella época esas plazas no se cubrían: ¿quién podía estudiar fuera? Estaba por llegar el debate sobre las becas, pero esa es otra historia.

Hoy la Prueba de Acceso a la Universidad es la misma en toda España y los estudiantes pueden matricularse en la universidad que quieran en las mismas condiciones. Si la renta no lo impide, tienen más oportunidades de desarrollar su vocación. Lo único que marca la diferencia es la nota. Se llama distrito abierto.

El camino todavía no ha terminado. El siguiente paso es conseguir una especie de "distrito europeo". De eso también trata el plan Bolonia, de favorecer la movilidad y de crear un sistema tan diverso y rico como es el estadounidense, pero esa también es otra historia.

Las universidades canarias tendrán aspectos que mejorar. Lo dicen los ránkings. Eso me preocupa, pero me preocupa más saber si serán capaces de cambiar la mentalidad. También si lo harán nuestros políticos. Llevamos una semana hablando del pleito insular y del distrito único, pero no nos hemos preguntado lo más importante: hoy que te puedes matricular en practicamente cualquier universidad sin moverte de tu casa, que la realidad canaria y española tiene poco que ver con la realidad de hace 20 años, ¿tiene sentido el distrito único en Canarias? Cuando en España se habló de distrito único por primera vez se quería democratizar el sistema y mejorarlo. Aquí sólo se habla de agilizar los trámites y de armonizar el acceso. Es importante, pero ¿lo es tanto como para aparecer en portada de todos los periódicos? ¿En serio?

Lo paradójico es que, mientras este absurdo debate sigue, el Gobierno de España ha implantado una subida de tasas universitaria criminal. A lo largo de todas estas décadas no solo ha cambiado la fórmula de acceso a la universidad española. Ha cambiado la propia universidad. Hoy, a pesar de todos los peros, es más grande, mejor y tiene más alumnos. ¿Por qué? Porque el mapamundi universitario español ha cambiado al mismo ritmo que ha crecido la clase media española. Y eso es lo que está en juego hoy. Cuando los gobiernos autonómicos apenas tienen margen de maniobra y los cabildos hacen malabares con sus presupuestos, nosotros miramos para otro lado. A mí me preocupa mucho más otra cuestión: cuántos canarios podrán permitirse estudiar en la universidad. Estamos hablando de un territorio fragmentado y de la comunidad con más índice de paro y con un crecimiento descomunal de las familias que tienen a todos sus miembros desempleados. A ello hay que sumarle que el ministro de Educación, José Ignacio Wert, ha hablado ya de ligar las becas más al rendimiento (y no solo a la renta). ¿Los cabildos seguirán compensando a las familias? ¿Cuántas becas dará el gobierno autonómico? ¿Cuántos chicos no irán a la universidad? ¿Vivimos en una democracia real cuando el acceso a la educación está restringido? Señores, aquí está el verdadero debate.

28 de marzo de 2012

Mi derecho a tener derechos


Tony Judt se pasó treinta años escuchando a sus alumnos decir lo mismo. "Para ustedes fue fácil: su generación tenía ideales, podía cambiar las cosas. Nosotros (los hijos de los 80, los noventa, del 2000) no tenemos nada". ¿Por qué?

Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, Europa era un territorio devastado por la violencia. El alto el fuego no trajo la tranquilidad: nadie se llegaba a sentir del todo seguro. En menos de 50 años el continente había vivido dos sangrientos conflictos, uno detrás de otro, que no dejaban mucho espacio para la esperanza. Fue en ese contexto cuando empezaron a surgir los sistemas de protección social que hoy conocemos. Tributación a cambio de seguridad. Y funcionó. Es cierto que el mundo cayó en una larga guerra fría donde las dos superpotencias batallaban de otra forma, y también que la carrera nuclear fue la mejor técnica de disuasión posible, pero nadie duda hoy de que el papel de los estados del bienestar fue fundamental en la construcción de la paz. Eso no acabó con la disidencia. Hubo jóvenes que se dieron cuenta de que todo no estaba hecho, de que el comunismo y el capitalismo oprimían a ese Tercer Mundo que se alineó en Bandung, y de que la equidad, para muchos, aún quedaba muy lejos. Los negros, los estudiantes, las mujeres y, más tarde, los homosexuales, se habían quedado en la cuneta: había que defender la igualdad de oportunidades. El problema fue que, en el camino, esta batalla por la igualdad se transformó en una lucha por el individualismo, por la identidad. Y ya se sabe lo que ocurre con las identidades: en exceso, pervierten la búsqueda de objetivos comunes.

Así y todo, durante las décadas que siguieron al fin de la guerra, había ideales claros que uno podía seguir con entusiasmo y devoción. Los estados del bienestar, mejor o peor, seguían dando cobijo. Esas generaciones no tenían miedo. Al menos no el miedo que hoy sentimos, esa inseguridad, esa certeza de que viviremos peor que nuestros padres y de que nadie nos ofrecerá una alternativa real a la que aferrarnos. Esa sensación de que vamos a tener que salvarnos solitos, sin ayuda de nadie. Y de que lo único que conseguiremos será sobrevivir a duras penas.

Cuando miles de jóvenes ocupamos la plaza de Sol -apodada esos días la Plaza de las Soluciones- el mundo sonrió. Luego llegaron las preguntas. Nos decían que no bastaba con indignarse, que había que proponer algo. Es curioso: de repente teníamos la obligación de abandonar las asambleas, decidirnos por un líder y diseñar un catálogo de medidas para cambiar el mundo. ¿Cómo se le podía pedir a miles de personas, con distintas aspiraciones y tristezas, que articularan un ideario político? ¿No estaba el Estado para eso? ¿No le encomendaron nuestros abuelos al Estado la misión de protegernos porque pensaban que era quien mejor podía hacerlo? Eso era lo que pensábamos hasta entonces, pero resulta que no, que el Estado nos dijo que era incapaz de seguir haciendo lo que nos había prometido medio siglo atrás. Ellos ya no mandaban. El poder lo tenían los mercados.

Seguramente fue entonces cuando me di cuenta, realmente, de que sí que estábamos solos. Éramos muchos, y era muy emocionante. Recuerdo la noche que Sol se quedó en silencio, cómo ensayamos antes, cómo Madrid pareció enmudecer en señal de protesta. No me olvido de las miles de pancartas ingeniosas que decoraban la república de Sol, ni de los chicos repartiendo fruta o bocadillos, las asambleas, los comités o los cánticos. De la policía siempre vigilante, de los helicópteros, de las conversaciones utópicas y de esa sensación de estar viviendo algo importante. Por lo menos, algo que a mí me importaba mucho. Tampoco me olvido de los oportunistas, que pensaron que aquello era un mercadillo y venían a robar firmas para evitar el derribo de un edificio o prohibir las corridas de toros. Todos los que tenían algo que les indignaba vinieron. ¿Acaso no tenían derecho? ¿No estaban allí los indignados?

Allí estábamos y todos queríamos lo mismo: cambiar el mundo, nuestro mundo, pero estaba claro que no sabíamos cómo hacerlo. Es que, por lo visto, había que cambiarlo todo, pero había tantos mundos... ¿Por dónde empezar? En algo estábamos de acuerdo: lo que queríamos era que nuestro estado del bienestar volviera, que los mercados terminaran con el secuestro y que todo volviera a la "normalidad". Pero lo que pasó fue que los gobiernos, mi gobierno (salió elegido de las urnas, ¿no?), sufrían el síndrome de Estocolmo. El Estado había decidido romper el contrato que teníamos y no estaba dispuesto a negociar otro. A lo único que estaba dispuesto era a imponer lo que los secuestradores querían.

Como nadie quería negociar nada, muchos españoles decidieron que había que convocar una huelga general. Una huelga que apoyaré por dignidad, por solidaridad y, también, porque me siento frustrada. Porque creo que debo luchar por tener derecho a tener derechos, como diría Hannah Arendt. Exijo renegociar ese contrato. Quiero repensar la globalización. Necesito creer que voy a estar orgullosa de vivir (sea con más o con menos dinero que hoy). Siento que es un momento trágico y que, si no peleamos por esos ideales, nos vamos a quedar a la intemperie de la humanidad.

20 de marzo de 2012

Los suicidas de este mundo

Quiero contarles la historia de Las Heras. Las Heras es un pueblo argentino situado al norte de Santa Cruz, una provincia que estuvo bajo el mandato de Néstor Kirchner entre 1991 y 2003. Nació en 1911, cuando las obras del ferrocarril patagónico alcanzaron este territorio alejado de la civilización. No se construyeron más vías porque estalló la Primera Guerra Mundial, pero Las Heras ya tenía una parada en el mapa de ferrocarril. Todo volvió a cambiar a partir de los años 60, cuando se descubrió que bajo sus tierras se escondía mucho petróleo. YPF comenzó la explotación, pero al iniciarse la década de los 90 el gobierno argentino se alió con Repsol y optó por la privatización: hubo despidos y crisis, pero esa es otra historia. Lo que quiero contarles es lo que Leila Guerriero se encargó de publicar, en forma de crónica, para que el mundo conociera la tristeza de Las Heras. Empecé a pensar en ese libro cuando el Partido Popular decidió autorizar las prospecciones petrolíferas en aguas cercanas a las islas. O quizás fue mucho antes, porque el relato de Leila no va solo de muertes y petróleo.

Entre 1997 y 1999 una oleada de suicidios sacudió esta pequeña localidad petrolera. Doce jóvenes se quitaron la vida en dos años. Ni siquiera eran los primeros. La periodista Leila Guerriero viajó hasta este desolado paraje y visitó cada rincón del pueblo buscando una explicación (Los suicidas del fin del mundo, Tusquets). Su periplo quedó recogido en 230 páginas, pero no logró resolver el enigma: todavía hoy los suicidios siguen produciéndose en este lugar asediado por el paro y la falta de futuro para los jóvenes. Pero en Buenos Aires, y en el resto del mundo, los diarios siguen sin decir nada de los muertos del Sur. Nadie sabe qué ocurre allí; tampoco que en otros tiempos fue el lugar perfecto para empezar de nuevo. Ofrecía empleo y futuro a foráneos. ¿Les suena?

Las Heras vivió su boom del petróleo al mismo tiempo que las Islas experimentaron su boom del turismo. Pero Canarias siempre ha sido un punto geoestratégico. Su ubicación en el mapa hizo de este Archipiélago un enclave codiciado por grandes potencias a lo largo de los siglos. Fue escala en las rutas comerciales y una plataforma tricontinental desde la que mirar hacia África y Latinoamérica. En las últimas décadas, esta tierra de tradición emigrante creció, le sacó partido a su actual industria motor -el turismo- y se aprovechó de los beneficios de pertenecer a la Unión Europea. Hasta hace bien poco, así era Canarias. Sin embargo, era una realidad endeble: el crecimiento se había sostenido sobre una única industria, el turismo, despreciando todo lo que la sociedad del conocimiento podía ofrecer. Sin el cemento y el ladrillo no habríamos crecido, pero solo con cemento y ladrillo no podíamos crecer eternamente.

Hoy a los canarios les quita el sueño otro debate: decir sí o no al hipotético y futuro boom del petróleo offshore. Es un debate que se parece mucho al que renace cada vez que en este país se habla de energía nuclear, pero esa también es otra historia. No es una obligación estar a favor de que Repsol perfore nuestras entrañas ni estar en contra, lo único que sí debería ser un imperativo es que sepamos definirnos con argumentos, con información. Y, también, que dejemos que algunos se sitúen en medio, apoyándose en un relativismo que a veces es bueno, y otras, no tanto. Yo espero que, entre tanta consigna interesada y tanta desinformación, haya alguien que se dé cuenta de que no podemos volver a olvidarnos del boom que nunca llega: el de la economía del conocimiento. Se trata de que nuestros jóvenes se están marchando, de que esta huida masiva tendrá un impacto catastrófico sobre nuestra demografía, de que eso incidirá en las jubilaciones, las pensiones y los servicios sociales; se trata de que también tenemos que concentrarnos en lo que de verdad importa. Porque, con petróleo o sin él, estas islas lo tienen muy crudo. Ya es hora de que alguien piense en alternativas, de que alguien busque una respuesta a la inevitable pregunta que Canarias está obligada a hacerse: ¿Cómo evitamos el suicidio?