Páginas

28 de enero de 2013

El amor después del amor

Siempre me encantará. Hoy salió el homenaje a El amor después del amor a la venta en España, aunque en Canarias fue imposible encontrarlo...







9 de enero de 2013

Mi música




En el año 2001 apenas había tiendas de discos en Sevilla. En el centro, colonizado por el Corte Inglés, solo había un espacio -de dos plantas- para Sevilla Rock. No era una cadena, aunque tenía su tienda gemela, Madrid Rock. Cuando llegué a Sevilla vivía muy cerca y pasaba a diario por su puerta. A veces entraba y otras pasaba de largo rumbo a la facultad, pero siempre solía estar llena. No duró demasiado. Imagino que no fue capaz de soportar la fuerte competencia y solo continuó abierta algunos años. No más de cuatro. Entonces, si callejeabas, podías encontrar alguna otra tienda pequeña, regentada por algún romántico empeñado en vender canciones. Pero la música, en general, era patrimonio de El Corte Inglés. No había sitio para historias como la de Alta Fidelidad.

En Tenerife, el panorama era bien distinto. Entonces los discos no se compraban en centros comerciales. En La Laguna había, al menos, tres tiendas especializadas. La crisis de la industria tardó un poco más en aniquilarlas. Hoy solo queda una, detrás de La Catedral, muy pequeñita, y con una variedad musical selecta. Los dos últimos años, siempre que diciembre traspasa su ecuador, alguien se me acerca en medio de la calle para preguntarme por una tienda de música. Yo les explico entusiasmada dónde queda. Algunos llegan convencidos de que allí encontrarán ese regalo que buscan. Entran decididos y preguntan: “Perdone, ¿el disco de los 40?” Él dueño, con media sonrisa, dice: “No, qué va. Ese no lo tenemos”. El sitio es bastante pequeño, las paredes están llenas de cedés, hay una mesa con cajas llenas de vinilos y algunos libros sobre música sin clasificar. Él no tiene de todo, pero sabe de casi todo.

La primera vez que fui a una gran superficie a preguntar por Amaury Pérez, un cantautor cubano, intentaron convencerme de que estaba equivocada, de que en realidad a quien buscaba era a Amaury González.

Estas navidades casi todo se ha repetido. El hombre que necesita una tienda de discos y el dependiente accidental de una sección de música que no sabe quién es Juana Molina ni Pablo Dacal, y que se piensa que si el nombre no aparece en el ordenador es porque no existe. Ha empezado 2013 y las tiendas de discos no han resucitado, Gustavo Cerati sigue sin despertar del coma y Luis Alberto Spinetta no cantará más Muchacha ojos de papel porque se fue para siempre. La repetición que más me ha gustado es que esa tienda sigue abierta y él sigue recomendando música, una vocación en grave peligro de extinción.

2 de enero de 2013

No, no y no

Casi todo lo que voy a contarles hoy lo saqué de un artículo que Leila Guerriero publicó en la revista El Malpensante hace un tiempo. En el año 2004 los periódicos argentinos publicaron la historia de Bernard Heginbotham, un británico de 100 años que un día, harto de ver los dolores que soportaba su mujer, entró en la habitación del geriátrico en el que ella pasaba sus días y le rebanó el cuello. Lo detuvieron y lo juzgaron, pero la Corte de Preston decidió que había sido un verdadero acto de amor, que no tenía culpa. El hombre no quería escuchar más hablar de resignación o de piedad y, tras 67 años amando a su mujer, agarró un cuchillo y le quitó la vida.

Quizá este ejemplo no sea el más apropiado, pero, sorteando en parte el debate ético, a Guerriero le sirvió para pensar en lo que ha significado decir no a lo largo de su vida.

Ella recuerda perfectamente la primera vez que dijo un no rotundo. No soportaba las clases de solfeo a las que, obligada, acudía a diario. Una tarde se plantó y le repitió una y otra vez a su padre que no iría. Él la amenazó con romper todas sus revistas. Lo hizo, y aunque intentó reconstruirlas con cinta adhesiva, no sirvió para nada. Lo perdió todo, pero no sintió pena, solo alivio. “Quizás no sea el caso, pero hay gente que cree que no vale la pena vivir de cualquier forma y a cualquier precio. Hay gente que dice no y acepta las consecuencias de esas opciones, impensables en una sociedad cuyas aguas se dividen con el verso que dice no a las drogas / sí a la vida, convencida de que hay ahí, en serio, una contradicción”.

La cronista sabe hoy que no le gustan los planes a largo plazo, que no se casará jamás, que no quiere tener hijos y que no necesita ninguna respuesta a la pregunta “¿para qué estamos aquí?”.

Yo no recuerdo la primera vez que dije no, pero con el tiempo he aprendido también que la libertad no existe si no hay negación. “Me gusta decir que no porque eso implica una puerta que se cierra, una certeza, un camino que sé que no voy a tomar. Se parece a tener coraje”.

Creo que el deseo más apropiado para este 2013 es que nuestra lista de propósitos se convierta en una lista de negaciones. Decir sí muchas veces significa ser débiles, soportar injusticias, aceptar mediocridades.

Elijamos nuestras negaciones y luchemos por ellas. Nadie lo va a hacer por nosotros.