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25 de septiembre de 2014

El escéptico orgulloso


Nació en Kenia, pero su época infantil y africana duró poco: a los ocho años se había mudado a Londres y seguramente ya había descubierto que la historia de Papá Noel tenía muy poca lógica: “¿cuántas chimeneas por minuto tendría que recorrer ese hombre viejo y regordete para terminar en una noche de repartir todos esos regalos?” El biólogo Richard Dawkins, que estos días está en Tenerife participando en el Festival Starmus, es un escéptico convencido que quiere convencer. Sus dogmas son dos: no existe Dios y la mayoría de los mortales arrastra una carencia contra la que hay que luchar: no sabe pensar. Cada vez que atiende a un periodista o que tuitea repite su alegato en favor del escepticismo y del raciocinio. En 2009 dejó patente su modo de entender el mundo con una llamativa publicidad en las guaguas londinenses que decía “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. En tiempos del auge del Tea Party, su mensaje no ha pasado inadvertido: este enamorado de Darwin hace campaña contra el creacionismo y el ateísmo con desbordante entusiasmo.

El zoólogo, uno de los expertos que comparte cartel con el afamado Stephen Hawking, rememoró hace unos días en una entrevista concedida a un suplemento cultural nacional una polémica surgida a cuenta de un tuit. Un seguidor le pidió consejo después de enterarse de que el bebé que esperaba probablemente padecería síndrome de Down. “Aborte e inténtelo otra vez. Sería inmoral traerlo al mundo si tiene elección”, respondió. Las críticas fueron abrumadoras. “Yo dije que personalmente me parecía inmoral tenerlo. No que fuera una regla universal, pero sí lo es para mí y para el 90% de mujeres que lo haría en esa circunstancia. ¿Sabe lo que les sucede? Mueren muy jóvenes, tienen terribles enfermedades, deficiencia mental. Creo que cuando el feto no está suficientemente desarrollado, y no tiene un sistema nervioso, es mejor abortar. Me han bombardeado en Twitter enviándome fotografías de niños con Down y diciéndome: quiere usted matar a mi hijo. Claro que no quiero matar a su hijo, sino detener la posibilidad de que vengan más niños como él al mundo cuando no son más que un renacuajo”. La visita de Dawkins y la dimisión del ministro de Justicia de mi país, Alberto Ruiz-Gallardón, me recordaron ayer algo que el político nunca aprendió: nadie estaba ni está a favor del aborto, pero una inmensa mayoría sabe que es imprescindible que exista ese derecho aunque desearía no ejercerlo nunca. Esa es nuestra victoria.

2 de septiembre de 2014

Los sordos: la ficción como crítica brutal de Guatemala





“Hay quien divide a los escritores en dos: los que tratan de explicar algo y los que tratan de explicarse algo. Yo soy de la segunda clase. No sé más que el lector al que estoy hablando. Escarbo mientras escribo”. De esta manera definía su trabajo el escritor Rodrigo Rey Rosa en una entrevista para El País tras la publicación de Los sordos, su última novela, que fue publicada por Alfaguara en septiembre de 2012. El guatemalteco, definido por Roberto Bolaño como “un maestro consumado, el mejor de mi generación”, comienza esta historia con dos desapariciones: la de un niño sordo en un pueblo del interior y la de Clara, la hija de un banquero rico pero despreciable. A partir de ahí la trama se vuelve cada vez más compleja y rica, no solo por los intereses y las motivaciones que mueven a los implicados en los dos sucesos, sino por la forma en que todos los acontecimientos están adheridos a la propia geografía e historia de Guatemala, un país donde los guardaespaldas son una clase social más y los indígenas cuentan con sus propias leyes.

A medida que la lectura avanza empiezan las preguntas. ¿Hay alguna relación entre las dos desapariciones? ¿Qué papel juegan Javier, el amante de Clara y también abogado de la familia, los guardaespaldas de la familia y los médicos que dirigen un hospital de prácticas sospechosas? ¿Cómo se da cuenta el guardaespaldas de Clara de que ella está en peligro? La novela es un thriller, pero también un esbozo de un país en el que conviven más de 22 etnias diferentes y donde el mundo rural es totalmente independiente del urbano.

Rosa, que nació en Guatemala pero que ha vivido en sitios como Tánger o Manhattan, reconoce que empezó a interesarse más por su país de nacimiento cuando cogió algo de distancia. Ese cosmopolitismo le ha permitido hacer una radiografía que no es objetiva, pero sí está hecha con “subjetividad controlada”. “Si vives siempre en el mismo lugar tiendes a caer en los esquemas heredados. Pero no quiero engañarme, habría que ver cómo se lee eso desde el punto de vista de ellos. Tampoco he hecho nada especial, pero solo el hecho de querer comprender al otro ya es parte de la comprensión”, argumenta.

En realidad lo que ha hecho Rosa es una profunda crítica a la política y la sociedad guatemalteca a través de la ficción, de lo que él califica como un claro caso de “apartheid sin leyes”. Además de mostrar el desbordante nivel de violencia de la Guatemala actual, -”el país con más guardaespaldas per cápita”, dice bromeando-, el escritor denuncia el absoluto fracaso del sistema judicial de un estado donde “la mitad de la población no habla español” y la administración “no garantiza siquiera el derecho a intérprete en un juicio penal. No hay especialistas en 22 dialectos. Es un Estado que no puede administrar su propia justicia. No puede ser que uno no sepa de qué lo están acusando. La marginación de casi la mitad de la población no es funcional en ningún sistema, incluida la democracia”. En definitiva, una denuncia social camuflada de intriga y una reflexión sobre los límites de la justicia en una democracia.

¿Entiendes tu violencia?



Recibió el galardón de Cannes al mejor guion pero no llegó a ser estrenada en su país. Un toque de violencia, la película del director Jia Zhang-ke, cuya censura fue denunciada por muchos de sus compañeros en la versión china de los Oscar y se estrenó este fin de semana en Tenerife Espacio de las Artes, es una dura crítica a la corrupción imperante en un país que no deja de crecer, pero donde una inmensa mayoría de la población vive en la miseria.

El filme, compuesto de varias historias, tiene un objetivo claro: denunciar los efectos de la desigualdad en una de las economías más potentes del mundo. Los cuatro casos que se desarrrollan en las más de dos horas que dura la película están basados en hechos reales, pero no lo parecen. En cada uno de ellos se muestra cómo la opresión que sufren millones de chinos por la corrupción generalizada termina alumbrando situaciones dramáticas. Todas las historias son trágicas cuando comienzan, pero son devastadoras cuando llegan a su fin. Las imágenes muestran un país enorme y sórdido, donde la desbordante suciedad de los pueblos y las ciudades está al mismo nivel que la pudredumbre moral.

La película termina con un espectáculo que tiene lugar sobre un escenario cutre en alguna aldea perdida. La protagonista pregunta: ¿Entiendes tu violencia? No hay respuesta, solo el fundido en negro. La violencia que se proyecta es siempre la de esos pobres desgraciados que, condenados a tener una vida indigna, un día estallan. Sin embargo, la pregunta va más allá, y quizás eso haya sido lo que tanto ha molestado a las autoridades chinas. Se refiere a esa violencia sin armas que puede ejercer un estado. El mensaje de Jia Zhang-ke es un poco redundante, pero no está de más recordarlo en estos tiempos en los que China se vende casi como un sistema modélico y su entrada en la globalización económica se relaciona directamente con el descenso del número de pobres en el mundo. La brecha que deja a su camino es cruel e inhumana, pero también peligrosa.