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6 de marzo de 2018

Mi 8 de marzo

Reino Unido y Francia no permitieron el derecho al voto a las mujeres hasta 1928 y 1944, respectivamente. El 19 de noviembre de 1933 se celebraron en España los primeros comicios en los que las mujeres pudieron participar –un privilegio que la dictadura enterró- y hasta 1981 tuvieron que pedir permiso a sus maridos para poder trabajar, cobrar su salario, ejercer el comercio, abrir cuentas corrientes en bancos o sacarse el pasaporte o el carné de conducir.  
Quizás para las más jóvenes esa fecha parece muy lejana –es del siglo pasado-, pero para mí, que nací solo dos años después de que todas estas medidas estuvieran vigentes en mi país, también es algo de otra época que nada tiene que ver conmigo. 
Lo pienso estos días y lo pensé cuando hace unos meses vi Sufragistas, la película de Sarah Gavron que cuenta la lucha de un grupo de mujeres para que dejáramos de ser excluidas de la vida pública. El movimiento sufragista surgió en Inglaterra poco antes de que estallara la Primera Guerra Mundial y estuvo liderado por decenas de mujeres de clases bajas que se arriesgaron a perder lo poco que tenían: su trabajo, sus hijos. 
Nunca he creído que haya tenido menos oportunidades de realizarme profesionalmente por el hecho de ser mujer, pero con el tiempo he ido descubriendo que esas oportunidades tenían, por norma, un coste más elevado para nosotras. Tenemos la suerte de vivir en un país como España, donde sigue existiendo el machismo –la prueba más brutal son las decenas y decenas de mujeres asesinadas a manos de parejas, exparejas o simplemente varones-, pero que no tiene nada que ver con la realidad de miles de mujeres que residen en las monarquías del Golfo ni tampoco con lo que era este país para nuestras madres o abuelas.  
Que hayamos recorrido esa distancia no implica que no quede camino por andar. Las mujeres siguen teniendo responsabilidades familiares –impuestas y autoimpuestas- que lastran su vida profesional. Es una realidad que constantemente demuestran los datos: las mujeres cobran menos, piden más excedencias para el cuidado de los hijos o de familiares, tienen más contratos parciales y ocupan menos puestos de responsabilidad. 
Yo no me considero una víctima, me siento privilegiada por haber tenido una vida llena de oportunidades gracias a que nací en un determinado país, en una familia de clase media, pero sí puedo recordar, sin esforzarme demasiado, muchas situaciones en las que algún compañero me ha tratado con condescendencia o se ha sorprendido porque me interesen determinados temas; también cuando he tenido que aguantar la gracieta de algún entrevistado o hasta comentarios sobre cómo voy vestida. 
También sé que a veces no he sido lo suficientemente constante, tenaz, valiente o lista. Las limitaciones nos las ponen los demás y nos las ponemos nosotras (otra cosa es la proporción). Ocurre en todas las profesiones. También, por supuesto, en el periodismo. ¿Sobre qué escriben generalmente las mujeres? ¿Se les deja opinar tanto como a las hombres? ¿Se les presupone que tienen que hablar de determinados temas? Esta semana se ha publicado el primer estudio sobre la presencia de mujeres columnistas: el 78% de los 1.500 periodistas de opinión identificados son hombres, y el 40% de las piezas firmadas por mujeres tratan sobre sociedad y el 39% sobre estilo de vida. Apenas he tenido jefas en los diez años que llevo trabajando porque ha habido pocas jefas en medios de comunicación y, sin embargo, he conocido a unas cuantas mujeres muy capaces, que pocas veces se dan cuenta de que lo son. ¿También somos menos ambiciosas y menos capaces las mujeres?
No me siento víctima ni pienso que ser mujer explique todo lo que he hecho con mi vida, pero si tengo una hija no quiero solo que disponga de las mismas oportunidades que sus compañeros, quiero que no tenga que renunciar el doble. Porque se lo impongan los demás o porque se lo imponga ella a sí misma.

4 de febrero de 2018

Contar para sobrevivir


Ella leía sin parar; él no podía dejar de contar historias; los dos bebían más de la cuenta. Mary Karr (Grove, Rexas, 1955) publicó, cuando tenía más de 40 años, las memorias de su infancia. Lo había intentado durante más de 15 años sin éxito: no le fue fácil enfrentarse a aquellos tiempos en los que ella y su hermana convivían con sus padres alcohólicos en una región cuya única riqueza era el petróleo. Cuando lo consiguió y El Club de los Mentirosos vio la luz, allá por 1995, el éxito fue arrollador: el número de lectores e incondicionales no dejó de crecer (El año pasado, las editoriales Periférica y Errate Nature publicaron su traducción en España y se convirtió en uno de los libros de 2017). Aquella chica, ya una mujer, había conseguido transformar los primeros años de su vida en una historia conmovedora -sin un exceso de dramatismo, todo lo contrario- y, al hacerlo, les había dicho a millones de personas que se puede salir relativamente ileso de un drama familiar, incluso del suyo. 

La historia de Karr es inusual. Su padre, que luchó en la Segunda Guerra Mundial, es operario de la industria petrolera y sindicalista activo. Para él, hacer piquetes es tan importante, o más, que cumplir con su trabajo diario. Él y su mujer, la madre de Mary y Lecia, la mayor de las dos hermanas, no dejan pasar un día sin acabar alguna botella. Además, la madre de las niñas sufre problemas mentales que las convierten a ellas dos en las únicas adultas en un mundo de locos. A pesar de la dureza de algunas de las escenas, el libro no deja de arrancarte sonrisas. Igual que las pequeñas siguen adorando a sus padres, el lector pasa con facilidad de la consternación a la carcajada, y también les coge cariño. Karr encontró en el humor una forma de exorcizar sus horrores. 

El éxito de esta epopeya familiar fue tal que cuando el libro se situó entre los más leídos en Estados Unidos, Mary Karr llegó a recibir hasta 400 cartas semanales de personas que querían compartir con ella sus vivencias.  Esas confesiones sobrevenidas hicieron que decidiera llevar consigo paquetes de pañuelos a las presentaciones durante las giras de promoción. Al terminar, siempre había alguien que quería sincerarse con Karr. El grado de empatía sobrepasó los límites. Muchos psiquiatras le escribieron contándole que habían recomendado El Club de los Mentirosos a sus pacientes porque lo consideraban útil en terapias para abusos sexuales en niños, alcoholismo y traumas infantiles. 

El libro, sin embargo, es mucho más que un relato salpicado de tragedias. Sus memorias, brillantemente escritas (y traducidas), esconden una sabiduría familiar que ya adelanta ella misma en el prólogo del libro: «Esas historias (...) confirmarían la única dosis de sabiduría irrefutable sobre la familia que me ha proporcionado la odisea de El Club de los Mentirosos, y que ahora se repite hasta la saciedad: cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional. En otras palabras: en el barco donde tan sola puedo sentirme, en realidad, vamos todos». 

El año pasado, en una entrevista en el suplemento Babelia, de El País, Karr dijo: «La vida es un chiste malo. Comparto la versión budista según la cual la vida es un sufrimiento, solo que hay modos de salvarse de él; el más importante para mí es el humor. Es algo que aprendí de mi padre». 

A mí, conocer a Karr me ha recordado todo eso - los mundos que esconden las familias, la fortaleza de los sentimientos, la necesidad de parodiar la vida, empezando por nuestra propia existencia- y que hay cosas, miradas, que solo una hermana entiende. 

22 de enero de 2018

Dejar ir a los muertos



A Joan Didion (Sacramento, 1935) le preguntaron en 2006, tres años después de la muerte de su marido, si le había resultado difícil escribir "El año del pensamiento mágico". Ella contestó: "Fue una experiencia difícil y dolorosa, pero también reconfortante. La verdad es que “El año del pensamiento mágico” fue un libro inevitable, no estaba en mi mano no escribirlo. Cuando le puse punto final, me di cuenta de que había sido una experiencia luminosa". Cuando terminas de leer este ensayo autobiográfico sientes algo parecido: que escribir y leer sobre la muerte puede llegar a ser una experiencia dolorosa y reconfortante, pero también luminosa.

En diciembre de 2003, después de visitar a su hija Quintana, en coma e ingresada en un hospital de Nueva York tras sufrir una neumonía, la escritora Joan Didion y su marido, John Gregory Dunne, volvieron a casa. Él sufrió un ataque al corazón cuando estaban cenando y murió.

La periodista tuvo que realizar el proceso de duelo al mismo tiempo que seguía cuidando a su hija, que tardó meses en salir del hospital y que volvió a ser internada ese mismo año. Acabó muriendo con 39 años, apenas unos meses después de que terminara el libro. Le dedicó otro que se titula “Noches azules”.

Didion sintió la necesidad de escribir el libro sobre la muerte de su marido por varias razones. Por ella, porque probablemente fue una forma de hacer terapia, de analizar sus propios sentimientos, sus delirios, los pensamientos obsesivos que la invadieron –como buena periodista, investigó las causas científicas de la muerte de su marido tanto como la enfermedad de su hija-. Y por los demás, porque en la muerte se piensa poco y cuando llega casi nadie está capacitado para enfrentarla.   

Las 200 páginas están llenas de recuerdos de toda una vida juntos, de anécdotas divertidas, pero, también, de coincidencias o detalles en los que Didion ve casualidades que pudieron alargar su historia juntos. Narra un proceso muy doloroso, pero lo hace de una forma extremadamente analítica. Se centra en recrear las fases por las que pasó: desde negarse a desprenderse de los objetos de John o ir en tenis siempre por miedo a caerse y no tener a nadie que se ocupara de ella, hasta informarse obsesivamente de todo lo que le ocurría a su hija con la esperanza de poder tomar todas las decisiones correctas (leyó libros de medicina sobre las patologías que anunciaban los médicos).

La decisión de revivir y plasmar muchas escenas pasadas tiene como objetivo descubrir si hizo algo mal –ella, él- que determinó el fatal desenlace. Didion no cae en la sensiblería, pero no huye de los sentimientos, que en este caso son complejos y difíciles de experimentar y contar a los demás. Los selecciona, los analiza, los resume, los cuenta. Y lo hace mientras espera, a lo largo de esas terribles páginas, que si no tira sus zapatos, si no cambia aquel marcalibros, John, de repente, aparecerá. Cuando Didion tiene que poner punto final a esta reflexión sobre el duelo, que también es una crónica sobre cómo logró salir adelante, no quiere hacerlo, pero ha aprendido algo: “Si queremos seguir vivos llega un momento en que tenemos que dejar ir a los muertos”.

2 de octubre de 2017

Literatura fronteriza





Conocí a Chimananda Ngozi Adichie por casualidad. Americanah fue un regalo de cumpleaños que se pasó unos cuantos meses en la estantería del salón hasta que llegaron las vacaciones y lo metí en la maleta. Hace tres veranos decidí llevármelo conmigo a un viaje por Serbia, Bosnia y Montenegro.  Empecé y no podía dejarlo. Cada vez que parábamos en una carretera perdida para asegurarnos de que estábamos en la dirección correcta, abría el libro para leer alguna página más. Prácticamente lo llevaba en el regazo. Llegué a Tenerife y encargué su novela anterior, “Medio Sol Amarillo”. La adicción se repitió. Lo mismo ocurrió después con los cuentos de “Algo alrededor de tu cuello”. Esperé con ansiedad a que se reeditara “La Flor Púrpura” –su primera novela, que entonces estaba descatalogada-. A sus libros y charlas sobre feminismo llegué más tarde. Hoy aguardo, con la misma expectación, que anuncie nueva publicación y repaso continuamente san Google en busca de relatos, artículos o entrevistas en publicaciones extranjeras. 

Si tuviera que elegir un tema recurrente en los libros de Chimamanda no sería el feminismo, y no por qué no haga el alegato más sincero sobre las injusticias que subyacen tras la desigualdad de género. A mí, sus textos me han contado cómo el ser humano puede sentirse un extranjero fuera y dentro del país en el que nació. Ese sentimiento lo explora siendo mujer y africana, y esa doble condición me ha dado una visión más amplia sobre la identidad femenina en distintos contextos y continentes, pero, también, una perspectiva más completa sobre un continente complejo y desconocido.  Indaga en ello en “Americanah”, una novela donde cuenta la historia de una joven nigeriana que emigra a Estados Unidos y que por primera vez se siente –y se piensa- como una ciudadana negra;  en “Medio Sol Amarillo”, la historia de cómo la guerra de Biafra destrozó toda una generación; y en “La Flor Púrpura”, un relato de iniciación en el que reflexiona sobre la intolerancia religiosa.

El fin de semana pasado El PAÍS SEMANAL le dedicó la portada a la autora africana. Dentro, además de una entrevista, había un listado de razones para querer a Chimamanda firmado por Elvira Lindo.  La escritora madrileña destacaba cómo la nigeriana había intentado en todo momento luchar contra la historia única. Todos los estereotipos esconden algo de verdad, pero solo con ellos no se puede entender el mundo, viene a decirnos. 

Chimamanda sabe de lo que habla. Se crio en una familia acomodada. Sus padres trabajaban en la universidad y no tuvo una infancia difícil. Nada más llegar a Estados Unidos, con 19 años, tuvo que explicar a su compañera de habitación por qué hablaba tan bien inglés –lengua oficial en Nigeria- y cómo era posible que pudiera recitar de memoria las canciones de Mariah Carey.  Los protagonistas de las primeras historias que escribió Chimamanda, cuando todavía era una adolescente, tenían la piel blanca y los ojos claros. Eran reproducciones de los libros que ella había leído hasta el momento. En una ocasión, en la Universidad, un profesor la animó a escribir una “verdadera historia africana”. Los personajes de Chimamanda se parecían demasiado a él -un hombre educado, de clase media- y eso no tenía nada que ver con el África que él creía conocer. 

A través de los libros de Chimamanda he descubierto que me puedo sentir extranjera cuando estoy a miles de kilómetros de mi hogar, pero también dentro de mi país y hasta dentro de mi propia familia. Chimamanda hace literatura fronteriza porque aborda la distancia que nos separa de nuestros semejantes. Le ocurrió en Estados Unidos, cuando se percató de la diferencia entre ser negra africana o negra americana, en la guerra de Biafra, cuando el conflicto civil alteró fronteras y destruyó familias, y durante su infancia, cuando descubrió el poder excluyente que podía tener la religión, especialmente para las mujeres. 

Leerla me ha servido para ver el mundo a través de los ojos de una mujer africana y emigrante, para entregarme a la lectura como no lo hacía, creo, desde la adolescencia, cuando solo existía la ficción, pero, sobre todo, para entenderme más a mí misma.





3 de mayo de 2017

Periodismo contra los periodistas



El periodismo está en crisis. Es culpa de la tecnología –no hemos sabido adaptarnos a los nuevos formatos y a la inmediatez- y de la caída de la publicidad –los empresarios no tienen capacidad de invertir y la dependencia de las administraciones sube-. Los periodistas conocemos de memoria el diagnóstico de la crisis de nuestra profesión. Somos capaces de enumerar los factores que nos han conducido a esta situación, aunque sigamos sin saber cómo salir de ella. Pero, ¿es el único que explica que la calidad haya bajado? ¿Cómo está influyendo nuestro cansancio?

El periodista Martín Caparrós suele decir que hay que hacer periodismo contra “lagente”. Él dice lagente, todo junto. Me explicó por qué en una entrevista que le hice hace un par de años, cuando vino a Tenerife a participar en el foro Enciende la Tierra, de la Fundación CajaCanarias. No sé si quería ponerme a prueba, pero me citó a las ocho de la mañana en su hotel, un festivo como hoy. 

“Suelo escribir lagente, así, todo junto –me dijo-, para subrayar el hecho de que es un concepto propio, pero es que, además, si uno ve lo que la gente favorece en los medios, las listas de lo más leído, se mata, se dedica a la noble profesión de la peluquería, la carnicería o los asaltos a bancos, pero deja esta tontería. Todas las listas de lo más leído son en plan ‘las diez mujeres con las tetas más grandes de no sé dónde’, ‘los cinco hombres más ricos de no sé qué sitio’… Si vamos a decidir qué hacemos en función de lagente, busquémonos otro oficio. Yo creo cada vez más que hay que hacer periodismo contra lagente. No darle al público lo que quiere, sino darle al público lo que creemos que hay que hacer. Lo importante es lo que nosotros consideramos que debe ser dicho. Luego, si no hay quien lo escuche habrá que ver qué pasa”.

Hacer periodismo al revés, para lagente, supone escribir textos cortos y simples, accesibles, de un día para otro, en redacciones cada vez más cansadas y con menos recursos.  No importa que gran parte de lagente que es capaz de anticipar y explicar la muerte de la prensa nunca haya comprado un periódico. 

Leila Guerriero, también periodista argentina, escribió hace poco en su blog de El Mercurio sobre la crisis de la que, a su juicio, nadie habla: la frustración.  “Hay dos historias relacionadas con Einstein. Según una de ellas, una vez un periodista le preguntó si podía explicar la teoría de la relatividad. Einstein le dijo: "¿Usted me puede explicar cómo se fríe un huevo?". El periodista le dijo que sí y Einstein le respondió: "Hágalo, pero imaginando que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego". Según la otra, un interlocutor le pidió lo mismo: que explicara la teoría de la relatividad. Einstein lo hizo, pero su interlocutor seguía sin entender. Simplificó más y más la explicación, hasta que su interlocutor exclamó: "¡Ahora la entendí". Entonces Einstein le dijo: "Bueno, pero ahora ya no es más la teoría de la relatividad". 

El periodismo intenta contar realidades complejas, subrayaba Guerriero. “El reduccionismo, el apuro y los textos cada vez más cortos hacen que esas realidades, reflejadas en espejos urgentes y enanos, se deformen: sean algo parecido a la realidad, pero no la realidad. No sé cómo empezó, pero fue una gran idea: la tan ansiada aniquilación de la prensa no llegó desde afuera, sino desde su corazón, su hígado. La frustración envenena el ánimo, mina el entusiasmo, convierte a periodistas serios en publicadores hastiados. El antídoto está, como el veneno, en nosotros mismos. Es una batalla de cazadores solitarios y tenemos todas las garantías de perderla. Pero hay batallas que se pelean aunque estén perdidas. Sobre todo cuando están perdidas”.

Al final, hacer periodismo para lagente es hacer periodismo contra los periodistas. Y así también nos cargamos la libertad de prensa.