Páginas

27 de marzo de 2017

La identidad es cosa de dos



Somos quienes creemos que somos, pero también -y mucho- quienes piensan los demás que somos.  Lo que hacemos, los propósitos que nos planteamos y las ideas en las que tenemos fe nos definen tanto como aquello que dejamos por el camino. Pero, ¿quién decide la imagen que proyectamos, si somos buenas personas o no, justos o egoístas, cercanos o equidistantes, sumisos o reivindicativos? ¿Cuánta identidad podemos elegir y cuánta nos es impuesta? ¿Cuántas veces debemos arriesgarnos para que se nos considere valientes?

Josep María Flotats y Jean Claude Grumberg son amigos desde hace muchísimos años, pero hasta hace poco el primero no se atrevió a dirigir e interpretar una obra del primero. Se decidió con “Serlo o no”, un texto al que él añadió la coletilla explicativa “para acabar con la cuestión judía” y que analiza justo eso: cómo se construye la imagen que tienen  los demás sobre nosotros. Hasta entonces Grumberg era un desconocido para la mayoría del público español. Ninguna de las obras de este autor francés, ganador de ocho premios Molière y un premio Cesar, habían sido representadas en España antes. La oportunidad llegó cuando en 2014 Flotats leyó su texto, poco antes de que fuera publicado, y decidió no solo dirigirlo, sino también  interpretarlo. El pasado sábado llegó al Teatro Guimerá. 

La adaptación, que incluye un epílogo elaborado por Flotats a partir de experiencias personales del propio Grumberg, pone el foco en las creencias religiosas, pero es inevitable que vaya mucho más allá. En la hora y media que dura la obra hay tiempo para hacernos preguntas sobre el origen del pueblo hebreo y el holocausto, la fe y sus diversas interpretaciones - ¿hay distintos niveles de judío?- o el puzzle geopolítico que es Oriente Medio, pero, también, y sobre todo, para plantearnos hasta dónde llega el compromiso ético con uno mismo y cómo convencemos al otro de lo firme que es.

Aunque la representación aborda temas complejos para el ser humano, los diálogos - salvo el recuerdo final sobre una víctima de Auschwitz, lo mejor de los 90 minutos que dura la obra- están escritos en clave humorística. El escenario es el rellano de una escalera, donde dos vecinos se encuentran y charlan cuando bajan a por el correo o van al súper. Todo empieza cuando el menos viajado (Arnau Puig) le dice al otro, el escritor que representa Josep Maria Flotats: “¿Es usted judío? Lo pone en Internet”.  Esa pregunta tiene dos posibles respuestas iniciales: negarlo o aceptarlo. A partir de ahí viene lo difícil: defender la identidad ante los demás, no solo para reafirmarnos en el concepto que tenemos de nosotros mismos, sino para demostrar que nuestra condición –judío, musulmán o de la escalera B- es producto del azar, pero sobre todo de las elecciones personales que vamos tomando.

Grumberg reclama su condición de judío en cada una de sus obras. No solo es parte de sus orígenes - es de padre y abuela deportados en Auschwitz-, sino que ha elegido que así sea y lo ha plasmado en su creación. Él, como acaba diciendo el personaje que interpreta su amigo Flotats, eligió ser judío.  Puede que no cumpla con todos los preceptos que marca la doctrina, pero él quiere ser judío y se siente judío. La identidad, parece decirnos, se construye todos los días y, aunque es cosa de dos, no tiene por qué ser azarosa.