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31 de diciembre de 2013

2014

Dice Facebook que nuestro año ha sido fabuloso. La red social ha ideado para estas fiestas un algoritmo que selecciona las mejores imágenes de nuestro muro -las que han obtenido más me gusta durante estos doce meses- y elabora un álbum personalizado de un 2014 sonriente y glorioso. Aparecemos siempre en buena compañía, celebrando algún acontecimiento destacado en el calendario o simplemente disfrutando de un almuerzo al que acudimos con la ropa perfecta. Porque, puestos a inmortalizar momentos y difundirlos, hemos aprendido que es fundamental elegir cómo y junto a quién queremos que sea el recuerdo. A fin de cuentas, nosotros nos iremos, pero las imágenes se quedarán.
Facebook, en realidad, sabe muy poco de cómo ha sido nuestro año. Tampoco lo sabía en diciembre de 2013, cuando construyó millones de vídeos personalizados usando el mismo surtido artificial de selfies y fotos de grupo. Es verdad que reímos hasta la madrugada con amigos que hacía meses, e incluso años, que no veíamos; que nos emocionamos durante las dos horas que duró aquel concierto; que hubo silencios más elocuentes que un discurso de mil palabras; que viajamos a ciudades nuevas para descubrir otros mundos, pero también a otras repetidas para revivir ese pasado que tanto añoramos; que leímos libros tan perfectos como estimulantes; que fuimos felices. El experimento de Zuckerberg no nos miente, pero solo nos cuenta una parte de la realidad. 2014 también fue el año que aprendimos cómo duelen las despedidas que son para siempre (y las que vendrán); que a veces renunciar es sinónimo de ganar; que sentirse realizado es indispensable para hacer un buen trabajo; que no podemos acabar con el dolor de los que tenemos al lado, pero sí compartirlo para que sea más llevadero; que el futuro solo es una excusa para continuar, pero que sin metas no se avanza. Por supuesto, 2014 también fue el año en que el ébola llegó a Europa y el miedo pudo más que la solidaridad; la justicia siguió arrastrando demasiadas derrotas, pero algún juez decidió sentar a la infanta en el banquillo de los acusados; García Márquez murió y las editoriales sacaron ediciones especiales de sus títulos; Podemos irrumpió en la escena política; continuaron los desahucios; y más de 3.000 personas murieron en el Mediterráneo intentando llegar a Europa.
2014 tuvo algo en común con el resto de todos los años: volvimos a hacer otra lista de propósitos. Nos convencimos de que 2015 sí sería ese año fantástico, que Facebook nos daría la razón y que no envidiaríamos el año del de al lado. Volvimos a olvidarnos de que es más importante ser feliz que grabarlo, y que a veces hacer las dos cosas a la vez es imposible.

18 de diciembre de 2013

Todo cabe en una lista

Las listas tuvieron que inventarse en Navidad. Cada vez que el año está a punto de terminar proliferan los decálogos, las listas y, en general, las enumeraciones de casi todo. Están los mejores libros, las canciones que más triunfan en las radiofórmulas, las series más vistas y los regalos más oportunos para hombres mayores de 40. La tendencia se repite durante todo el año -a quién no le gusta constreñir-, pero los balances siempre son más simbólicos si se ciñen a un marco temporal. Y todo el mundo sabe que los marcos temporales se miden, preferiblemente, en años.

Esta afición por agrupar, clasificar o catalogar tiene mucho que ver con la necesidad de controlar, de abreviar todo lo que ocurre y reducirlo a una expresión que se pueda entender. Los autores de las listas suelen situarse a una altura considerable desde la que es más fácil ver el horizonte. El resto, saturados de información, adaptan sus gustos a esas guías, se olvidan de matices y acaban creyendo que la calidad siempre se esconde en una lista. El problema de asumir esta certeza es que la capacidad de buscar, y también de hallar, se pierde. Es aburrido que todo sea homogéneo, pero es que además es peligroso.

Hace unos días recordaba Juan Cruz en Twitter que las librerías siempre esconden libros imprescindibles que no están entre los más vendidos y que nadie ha colocado en el top ten de algún suplemento cultural. Seguro que Jorge Carrión, que acaba de publicar un ensayo apasionante sobre la geografía que ha dibujado recorriendo librerías, está totalmente de acuerdo. Cuando uno entra en una librería, el menor de sus deseos es ir a tiro hecho -aunque a veces sea un imperativo por el tiempo- o que el dependiente le mire con incomodidad si pasa más tiempo del recomendado ojeando libros. Lo que necesita es perderse entre estanterías para poder encontrar lo que necesita en ese instante. Las recomendaciones, las últimas publicaciones o los best seller pueden situarse a la entrada, en un mueble dedicado en exclusiva a ellos. No hay problema siempre y cuando recordemos que detrás hay mucho más.

Es verdad que todo cabe en una lista, pero solo porque pueden existir tantas listas como estemos dispuestos a elaborar. Quizá el problema no sean los repertorios o los inventarios, sino nuestra disposición y nuestra habilidad para hacer recuentos. Hay que dejar que las voces autorizadas nos guíen, pero hay una parte que únicamente se hace con la originalidad que da la experiencia propia, no la ajena.

9 de diciembre de 2013

La desigualdad de PISA

Pasan los años y el panorama es demasiado parecido como para albergar esperanzas. Los alumnos de 15 años se han estancado en matemáticas y apenas han avanzado en comprensión lectora y ciencias. El último informe PISA, referente al año 2012, ha vuelto a demostrar que algo falla en España y que seguimos sin averiguar qué es. ¿De quién es la culpa? ¿Son más responsables los padres, las leyes o los profesores?

Hay cuestiones que no tienen una única respuesta, pero también hay problemas que exigen preguntas que no estamos formulando. Las leyes incompletas y diseñadas a gusto del gobierno de turno, el desprestigio o la inapreciable motivación del profesorado (depende del caso) y el nivel de implicación de los padres influyen mucho en el rendimiento académico. Estas tres variables, sin embargo, no explican por sí solas los índices de abandono y fracaso. La desigualdad social alimenta estas estadísticas. Está comprobado que el nivel formativo de los padres tiene un efecto claro y contundente sobre el desarrollo académico de los hijos. Por ese motivo algunos sociólogos establecieron hace tiempo el vínculo entre fracaso escolar y clase social.

El ranking de PISA es un buen momento para analizar en qué áreas tenemos conocimientos deficientes o para criticar que alguna comunidad -esta vez Canarias es una de ellas- haya decidido no participar para obtener una muestra detallada. Pero, más allá de diagnósticos superficiales, el estudio sobre competencias tiene que ser el punto de partida para un debate profundo donde se desgranen dos variables tristemente entrelazadas: la desigualdad y el conocimiento. Ese es el verdadero reto, pero en los medios de comunicación se avivan siempre las mismas discusiones: la presencia de la religión en las aulas, la violencia en los centros escolares o los contenidos de Educación para la Ciudadanía. Mientras tanto, el fracaso escolar sigue siendo un ejemplo clamoroso de cómo el origen socioeconómico es capaz de determinar el futuro de una persona que, solo por azar, nació en una familia que no supo valorar la formación.

La educación no acabará con la desigualdad: los maestros solo son maestros. ¿Queremos mejorar el rendimiento dentro del aula? No podemos olvidarnos de otros retos, pero hay que marcarse uno fundamental: luchar para que se implanten políticas que garanticen la igualdad de oportunidades. Solo así cambiará la educación y, de paso, cambiará todo lo demás.