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26 de febrero de 2014

Uno de los nuestros

Al principio sus reportajes parecían demasiado tendenciosos y su actitud propia de aquellos que, a sabiendas de que tienen la verdad aprendida, acuden a donde sea solo para confirmarla. Sus preguntas se anticipaban a las respuestas y su voz delataba ese tono que solo da la superioridad moral. Decían que estaba revolucionando la profesión, devolviéndole la dignidad a un oficio denostado por unos y otros, y demostrando que la información, tratada por profesionales, puede emitirse por televisión en horario de máxima audiencia porque no solo es necesaria, sino rentable. Así, en poco tiempo pasó de ser cómico a hacer periodismo de autor. Su programa llegaba cada domingo a nuestras televisiones y a nuestro Twitter en forma de trending topic. Los temas siempre eran de actualidad y las entrevistas, cada vez más variadas y completas. Seguía siendo un showman, pero de otro tipo.

Todo iba bien hasta que se le ocurrió que una versión de la Operación Luna podía triunfar en España, y decidió atreverse con una parodia del 23-F. Sus seguidores no se lo perdonaron. Algunos consideraron que, como casi dice la canción, treinta años no es nada, y que un hecho tan trágico como el golpe de estado no puede despertar sonrisas y, mucho menos, carcajadas. Otros, simplemente, encontraron insulso y sin gracia el falso documental. La gran mayoría, en cambio, se enfadó profundamente y calificó el programa – “una historia de Jordi Évole”- como una mentira burda. ¿Cómo podía haber mentido así el redentor del periodismo moderno?

Évole no quiso grabar una parodia; lo cierto es que su objetivo declarado fue hacer un experimento. Demostrar a sus hinchas que las noticias, a menudo, llevan el disfraz del rigor y de la multiplicidad de fuentes, pero al final son solo historias falsas. Creo que en eso falló, pero triunfó en algo: muchos nos reímos, y eso es algo que necesita urgentemente este país.

Reconozco el trabajo de Évole, sobre todo a la hora de convertir el periodismo decente en un producto para el consumo de masas. Sigue sin gustarme que lleve puestas las conclusiones a las entrevistas, pero lo que más detesto es que muchos periodistas parecen haber encontrado en él el único ejemplo a seguir y, de paso, una excusa más para seguir analizando la profesión. Estamos tan ensimismados en nosotros mismos que estamos a punto de exigir nuestro propio debate del estado de la nación (periodística). Y ya sabemos para qué sirven esos encuentros: para hablar de todo sin decir nada, para olvidarnos más de la realidad.

5 de febrero de 2014

Estado de exhibicionismo

“Yo soy de las que piensan que las opiniones no deberían ser delito, por muy asquerosas que parezcan”. La frase es de una joven de 21 años que acaba de ser condenada a un año de prisión -que no tendrá que cumplir- y a siete de inhabilitación por un delito de enaltecimiento del terrorismo. “Prometo tatuarme la cara de quien le pegue un tiro en la nuca a Rajoy y otro a De Guindos” o “que vuelvan los GRAPO… necesitamos una limpieza de fachas urgente” fueron algunos de los mensajes que pudieron leer sus 3.183 seguidores en la red social y que alimentaron el argumento de la Audiencia. Los hechos sirvieron a algunos, además, para enredarse en el lícito y saludable debate sobre el alcance de las penas, pero sobre todo para otear los distorsionados límites que la libertad de expresión intenta trazar.

Decía Fernando Rodríguez Lafuente, el director del suplemento cultural del diario ABC, a cuenta de este asunto y del vertedero comunicativo del que somos causa y efecto, que en los últimos tiempos hay mucha opinionitis porque, por fortuna y evolución democrática, existe el derecho a opinar, pero se preguntaba si asumir ese derecho implicaba aceptar que todo vale. El estado de exhibicionismo que se ha conformado con las nuevas tecnologías como aliadas ha dejado al descubierto un escaparate peligroso. Las personas, hoy se llaman usuarios, han encontrado en Internet el placer de ser parte de la masa. Quieren las ventajas de la individualidad, pero sin dejar de sentirse amparados por el falso anonimato de la Red para comportarse como hinchas desalmados en un partido de fútbol. Internet se ha convertido en una especie de ring donde conviven tres perfiles que libran sus peleas. Están quienes apoyan la dictadura de pensamiento: si no opinas como yo estás contra mí; los que consideran que tolerancia es sinónimo de permitir injurias y despropósitos como los de la joven con ansias de justicia: eso sí, siempre que la ideología sea la correcta; y los supervivientes: los que pase lo que pase evitarán tomar partido sobre lo que realmente nos atañe porque, al fin y al cabo, eso es política.

Yo también soy de las que piensa que opinar no debe ser delito -pero la libertad de expresión solo se garantiza si entendemos que no aguanta todo lo que le echen-, que en estos tiempos necesitamos más opiniones que nunca y, sobre todo, que es imprescindible que alguien escriba un elogio de la tibieza. Y es urgente.