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12 de abril de 2016

Una sociedad crowdfunding


Me gusta encontrar a personas con las que tengo algo en común y me gusta ayudar a que esos proyectos se pongan en marcha. Quizás por eso desde hace tiempo me siento como una especie de micromecenas del periodismo español. Cada vez que encuentro un periódico, revista o semanario que me entusiasma me siento tentada a suscribirme. Y esa tentación suele traducirse en que saque mi tarjeta de la cartera y escriba todos los dígitos de manera automática. A veces soy un poco tonta, porque incluso cuando algunos de esos medios empiezan a decepcionarme al intentar decirme cómo debo pensar, sigo pagando. Trato de concentrarme en lo que me aportan y en lo difícil que es hacer bien este oficio en tiempos en los que nos quieren convencer de que a casi nadie le importa el periodismo. En otras palabras, me gasto mi dinero en distintos medios porque no solo me gusta mi trabajo, sino que creo en él y en muchos periodistas que cada día, con más pena que gloria, hacen un trabajo excelente. Lo hago casi como una cuestión de fe, o eso me gusta pensar.

Sin embargo, me preocupa mucho esa sociedad crowdfunding en la que vivimos. Todo el mundo pide dinero para su proyecto. Lo hacen algunos escritores para escribir su novela -el número de capítulos depende de las aportaciones de esos futuros lectores- y  los voluntarios que se van a Grecia o a Turquía para ayudar a los refugiados que huyen de la guerra. Incluso hay administraciones que han diseñado plataformas para que los ciudadanos encuentren la manera "segura" de ponerse en contacto entre ellos y colocar sus ahorros en alguna iniciativa social. 

Es fascinante que Internet nos permita formar comunidades y sacar adelante proyectos sin necesidad de contar con un potente inversor que financie la aventura. Puede considerarse una forma de democratizar los intereses en unos tiempos en los que las subvenciones escasean y todos, ONG, artistas y profesionales, quieren seguir viviendo, y si es posible, haciendo lo que les gusta. Pero da un poco de tristeza esa forma de mendigar compromisos. Esos guetos contribuirán a sufragar novelas, conciertos o almuerzos, pero el resto, en esta crisis que se ha olvidado del arte y de la acción social, simplemente no existirá. A mí me da un poco de miedo pensar que solo tendremos aquello que algunos queramos pagar. Lo que puede sorprendernos, lo que aún no nos imaginamos, lo que a priori no nos gusta, no existirá. Es decir, viviremos de la fe de unos cuantos. 

11 de abril de 2016

No es tiempo para héroes



Evitar la construcción de doscientas viviendas sociales en Yonkers Este, un barrio "decente" de la ciudad neoyorkina, en la década de los ochenta. Esa fue la promesa que hizo que Nick Wasicsko se convirtiera en el alcalde más joven del país. Los vecinos se negaban a convivir con familias de negros procedentes de zonas conflictivas donde la droga y las redadas formaban parte del paisaje, y aquel chico, que no se había planteado llegar a la alcaldía y mucho menos que la planificación urbanística podía reducir la desigualdad, se comprometió a mantener la pureza de esos adosados.

Este escenario es el que elige David Simon para escribir su su mini serie "Show me a hero", seis capítulos basados en hechos reales que retratan las miserias de la política local, pero también las de una sociedad decidida a luchar para mantener su estabilidad.  Este guionista que se aleja de lo común suele elegir asuntos turbios y poco frecuentados por las televisiones. "Me interesa que la gente debata sobre estos temas", dijo en una entrevista reciente. Su próxima serie, que hará con la cadena HBO, trata sobre la industria del porno y acaban de rechazarle otra sobre la situación de Cisjordania en la que quería involucrar a palestinos e israelíes.

En "Show me a hero" Simon nos recuerda que no es tiempo para héroes y que los políticos suelen representarnos mejor de lo que creemos. Todos venimos del mismo sitio, de la sociedad que mejor o peor hemos construido.

La promesa que hace Wasicsko para llegar a la alcaldía dura poco. Los políticos se deben al pueblo, por muy equivocado que este pueda estar, pero los tribunales solo tienen que ser justos. El juez no permite que aquel alcalde accidental haga realidad los deseos de sus electores. A pesar de las argucias legales y del convencimiento de que ese es el peaje que debe pagar para poder gobernar, Wasicsko no tiene más remedio que decidir la distribución de los pisos. La otra opción es caer en bancarrota y despedir a cientos de trabajadores.

De esa manera, aquel hombre que nunca se había planteado si su promesa era justa, o simplemente útil, acaba convertido en adalid de la integración. Tiene que soportar los gritos de decenas y decenas de ciudadanos en los plenos del ayuntamiento donde intenta, muchas veces sin éxito, aprobar la moción que da cumplimiento a la orden legal. Los vecinos que increpan constantemente al alcalde no admiten que sus miedos esconden racismo y el alcalde no se percata de que para gobernar hay que tener una idea de la ciudad o el país en el que se quiere vivir. En una ocasión, Wasicsko se reúne con sus concejales y los responsables de urbanismo con el único objetivo de adjudicar las viviendas con la menor oposición vecinal posible. Cuántas deben estar en cada enclave y cómo deben ser si queremos evitar otro gueto parece una cuestión intrascendente. Entonces alguien dice: pero ¿queremos simplemente hacerlo o además queremos que funcione?

La gloria efímera de la política le pasa factura. No solo porque su recorrido en la alcaldía se convierte en un infierno, sino porque a partir de ese momento vive exclusivamente para volver a la política. Pudo ser un héroe accidental, pero la ausencia de ideales y la propia realidad lo expulsan de su despacho. El azar y la justicia lo convierten en el artífice de la integración racial en Yonkers, pero la forma de lograrlo -ser un animal político- también lo condena. La serie muestra a unos personajes complejos, con matices; escasean los buenos, pero también los malos, y cada uno batalla por su propia vida. Al final, cuando terminas el último capítulo de esta ficción documental, solo puedes pensar que en estos tiempos es difícil encontrar héroes en los que creer, incluso héroes por accidente.

6 de abril de 2016

Firmitis

Al principio, lo único que importaba era que te hicieras un nombre. Tienes que firmar para que te conozcan, repetían los jefes a quienes empezaban en el oficio hace algunos años. Entonces, los nuevos llegábamos a las ruedas de prensa y nos preguntaban si éramos becarios: nadie sabía que existíamos y, lo peor, no parecíamos tener edad suficiente para hacer algo decente. Ese consejo ya se escucha menos, pero no porque haya más cautela o hayamos descubierto los peligros asociados a la firmitis: lo que ha cambiado es que ahora son pocos los que empiezan y muchos los que abandonan las redacciones para siempre. La crisis ha dejado medios desiertos, pero estos años de despidos y precariedad no explican todas las malas prácticas que se han asumido como cotidianas o efectos colaterales. Aún así, la observación no estaba equivocada, lo único que tiene un periodista es su nombre. Por eso nuestros nombres no deberían aguantarlo todo.


Firmar cualquier texto es una actitud injusta -hacia quienes sí lo escribieron: periodistas de agencias o gabinetes- y poco honesta, pero es que, además, se corren dos riesgos muy graves: no contar lo que está sucediendo y no ser útiles. Decía Martín Caparrós en una entrevista reciente que las nuevas tecnologías nos están haciendo más cómodos y, por tanto, menos periodistas. "Internet tiene consecuencias bastante negativas, como el hecho de que hay muchos periodistas que no van ni a la esquina. Quieren saber si llueve y entran en el Weather Channel", decía entonces. Difícilmente sabremos qué preocupa a "lagente", como dice el argentino, qué problemas tiene, qué matices hay en cada historia que ya está sucediendo, si pretendemos escribirlas sin movernos de delante del ordenador. O lo que es peor: si nos hemos convencido de que editar una nota tiene algo que ver con HACER nuestro trabajo.

Sí, solo tenemos nuestro nombre, por eso deberíamos seleccionar y firmar lo que consideremos que merezca llevar nuestra firma. No creo que la calidad de un periodista se mida "al peso", es decir, por el número de informaciones firmadas, sino por su capacidad de entender y explicar el mundo. Ni siquiera se trata de dar la información antes, sino de darla bien. Por mucho que les repitamos a nuestros lectores que publicamos una exclusiva o que la primicia fue nuestra, solo nos recordarán si estamos ayudándoles a comprender qué ocurre a nuestro alrededor y qué tiene que cambiar. Es una tarea muy complicada, pero que vale la pena intentar.