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30 de abril de 2014

Canarias, ultraperiferia cultural




Menos conciertos y todos en formato acústico. La crisis ha reducido a la mínima expresión el calendario musical en el Archipiélago y ha desterrado de los escenarios las baterías, los bajos y casi todos los teclados. Muy lejos han quedado los tiempos de los macroconciertos -Michael Jackson en la dársena pesquera o el Son Latinos en la playa de Las Vistas-, pero también aquellos días en los que las bandas llenaban la plaza de toros o el recinto ferial de Santa Cruz. Las administraciones, que hace unos años subvencionaban el billete y la tarifa de casi todos los artistas que copaban las radiofórmulas, hoy solo pueden destinar ridículos presupuestos a cultura. Y los empresarios, que en otros tiempos completaban con creces la agenda, hoy se lo piensan mucho antes de embarcarse en una aventura así. No hay dinero para sufragar conciertos y el público no puede, o no quiere, pagar más de 15 euros por espectáculo. El margen para el populismo cultural ha desaparecido y los emprendedores del sector no encuentran subvenciones a las que agarrarse. Así, traer al vocalista es el único reto que, de vez en cuando, se puede asumir.

Uno de los pocos empresarios arriesgados es el dueño del Búho Club en La Laguna. Su apuesta decidida por la música es mucho más que una simple declaración de intenciones. A pesar de las dificultades económicas -que incluso le obligaron hace unos años a suspender la actuación de Christina Rosenvinge porque no vendió entradas suficientes- no ha dejado de programar. Su oferta es discreta, pero constante. Este sábado, Xoel López presentó su primer disco en solitario en un Espacio Aguere abarrotado. También él vino solo, sin sus compañeros de ruta que en la Península siempre le acompañan (en furgoneta), pero fue capaz de llenar la sala. Se armó con dos guitarras diferentes, un ukelele, un teclado, un pedal de percusión y dos micrófonos que transformaban su voz de tal manera que parecía que había más de un músico sobre el escenario del antiguo cine. Fue una de esas noches difíciles de olvidar.

Luego, cuando acabó, llegó el momento de aterrizar en la realidad y asumir una triste certeza: Canarias se está quedando en la ultraperiferia cultural. No es solo un problema musical. Las películas que no están dentro del circuito comercial difícilmente se exhiben en las Islas, el repertorio de recitales es testimonial y las grandes obras de teatro, que escasean menos, se pueden contar con los dedos de las dos manos a lo largo de doce meses. La ausencia de bandas sobre los escenarios es la punta de un iceberg que nos negamos a ver.

24 de abril de 2014

Frases que nunca te dije


La red está plagada de páginas con citas y citas de eminencias de cualquier época y materia. Solo hace falta escribir en Google el nombre de alguna autoridad en literatura, medicina o astrofísica y el buscador hará su trabajo. Encontrará decenas y decenas de enlaces donde leer el mismo listado de frases. Algunas, muy pocas, pertenecen a la obra de su autor; otras, la mayoría, no se sabe de dónde vienen ni en qué momento pasaron a formar parte del legado inmaterial del personaje. Desde Hemingway hasta Ramón y Cajal, pasando por Sartre: la cantidad de frases que circulan por distintas páginas webs es enorme, pero lo que es realmente incalculable es el volumen de citas falsas. Dicen que Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez son los escritores que encabezan el ranking de autores con más atribuciones indebidas. Quién sabe. No hay evidencia empírica, pero lo que sí es cierto es que el fallecimiento del colombiano ha servido para observar una vez más el fenómeno. Nadie ha querido quedarse sin tuitear aquella enseñanza valiosa del premio Nobel. El problema es que para hacerlo no han podido recurrir a la memoria, han tenido que bucear en estas wikipedias cutres que son capaces de asignar a Gabo frases propias de cualquier manual de autoayuda y que en el mejor de los casos podrían ser de Paulo Coelho.

Esa necesidad, que se intensifica con los fallecimientos de la misma manera que las editoriales sacan ediciones especiales a sabiendas del éxito de ventas, es un rasgo característico de nuestra época. No es solo un síntoma de falta de sentido común y de ignorancia hacia el autor, que también; es, sobre todo, un ejemplo de ese afán de hacer todo a nuestra imagen y semejanza. No nos gusta la verdad, nos gusta nuestra verdad. También ocurre en la clase política, donde algunos dirigentes han preferido olvidar el vínculo entre Márquez y Castro y destacar su digna y férrea condena a la violencia en un país tan convulso como el suyo, y otros, en cambio, han optado por ensalzar su relación con el régimen cubano para legitimar el pensamiento propio. Queremos reconocerlo a él, pero sobre todo queremos reconocernos a nosotros mismos.

El mejor homenaje, no obstante, es el que implica acatar la revolución que lideró: esa fue en la literatura latinoamericana y la mejor forma de entenderlo es leyendo todo lo que tenemos pendiente. Así aprenderemos a calibrar la veracidad de las declaraciones y, de paso, descubriremos todo aquello que no cabe en un decálogo en Internet.

19 de abril de 2014

Por qué García Márquez odiaba las entrevistas


A Gabo no le gustaban las entrevistas. Hace años contó por qué. Se dio cuenta de que las entrevistas habían pasado a ser parte absoluta de la ficción, y que en ese camino, además de perder originalidad, se había permitido que aflorara la más burda manipulación. No sé exactamente la fecha, pero sí que han pasado ya más de 30 años desde que el Nobel de Literatura argumentara sus consideraciones acerca de este género informativo. Sus pensamientos sobre este asunto y de otros han quedado recogidos en un maravilloso libro, Notas de prensa. Obra periodística (1961-1984). Detro de él hay dos textos en los que el colombiano reconoce su aversión a las entrevistas. Se titulan ¿Una entrevista? No, gracias y Está bien, hablemos de literatura.

En el primero de ellos insiste en la necesidad de la complicidad, algo que hoy aterra a los periodistas de raza. “El género de la entrevista abandonó hace mucho tiempo los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción. Lo malo es que la mayoría de los entrevistadores lo ignoran, y muchos entrevistados cándidos todavía no lo saben. Unos y otros, por otra parte, no han aprendido aún que las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren”.

Además, Márquez tenía la convicción de que cada vez que accedía a un encuentro con un redactor -concedió una entrevista al mes durante 12 años- ocurría lo mismo: siempre se repetía la misma entrevista. Él se esforzaba por que eso no fuera así, e incluso ideaba nuevas respuestas para las mismas preguntas. Una vez, cuenta, se quedó pensativo cuando su interlocutor le inquirió sobre su método de trabajo. “Si es muy difícil para usted esta pregunta puedo cambiarla”, dijo. “Al contrario, es una pregunta tan fácil, y tantas veces contestada por mí, que estoy buscando una respuesta distinta”. Al periodista no le hizo ninguna gracia la respuesta. ¿Cómo era posible que pudiera responder de manera diferente? ¿Acaso su rutina laboral cambiaba? ¿Su método de inspiración y materialización de esas ideas variaban?

El escritor, sin embargo, no atribuía el fracaso solo al periodista. “Tal vez los entrevistadores no se den cuenta de hasta qué punto nos duele su fracaso a los entrevistados, pues en la realidad no es un fracaso de ellos solos, sino, sobre todo, un fracaso nuestro. Siempre me quedo con la impresión sobrecogedora de que el domingo próximo, cuando los lectores abran el periódico, se dirán con un gran desencanto, y quizá con una rabia justa, que allí está otra vez la misma entrevista de siempre, del escritor de siempre”.

Hay entrevistas, en cambio, que sí recordó pasados los años. Rememora en Hablemos de Literatura una conversación de cuatro horas que mantuvo con Ron Sheppard, uno de los redactores literarios de la revista Time. Cumplía dos características fundamentales para él: la ausencia de “magnetófono” y que el diálogo se centrara en la literatura.

Es curioso, pero los periodistas tenemos un defecto evidente, y que, igual que muchísimos otros, no hemos sabido reconocer ni remediar. La mayoría de las veces que entrevistamos a un escritor de prestigio tendemos a interrogarle sobre sus preferencias políticas y sobre su capacidad de observar y analizar la realidad. Las preguntas sobre su oficio escasean. Creo sinceramente que lo hacemos por puro desconocimiento, por ignorancia, pero también porque estamos convencidos de que esos escritores que han sabido retratar la esencia del ser humano tienen que iluminar el futuro.

“(…) Sheppard sólo me habló y sólo me hizo hablar de literatura, y demostró, sin el menor asomo de pedantería, que sabe muy bien lo que es. La segunda es que había leído con mucha atención todos mis libros y había estudiado muy bien, no sólo por separado, sino también en su orden y en su conjunto, y además se había tomado el trabajo arduo de leer numerosas entrevistas mías para no recaer en la mismas preguntas de siempre. Este último punto no me interesó tanto por halagar mi vanidad -cosa que, de todos modos, no se puede ni se debe descartar cuando se habla con cualquier escritor, aun con los que parecen más modestos-, sino porque me permitió explicar mejor, con mi experiencia propia, mis concepciones personales del oficio de escribir”.

Por último, además de la repetición y del déficit literario de los encuentros con periodistas, Márquez también había advertido del peligro de la manipulación y así lo dejó escrito en su primer texto, ¿Una entrevista? No, gracias. Para explicarlo tomó como ejemplo una entrevista a Mario Vargas Llosa, del que estuvo alejado durante muchos años tras una mediática pelea.

“(…) me encontré con una entrevista a Mario Vargas Llosa publicada por la revista Cromos, de Bogotá, con el siguiente título: «Gabo publica las sobras de Cien años de soledad». La frase, entre comillas, quiere decir, además, que es una cita literal. Sin embargo, lo que Vargas Llosa dice en su respuesta es lo siguiente: «A mí me impresiona todavía un libro como Cien años de soledad, que es una suma literaria y vital. García Márquez no ha repetido semejante hazaña porque no es fácil repetirla. Todo lo que ha escrito después es una reminiscencia, son las sobras de ese inmenso mundo que él ideó. Pero creo que es injusto criticárselo. Es injusto decir que la Crónica no está bien porque no es como Cien años de sociedad. Es imposible escribir un libro como ése todos los días»”.

Gabriel García Márquez murió el 17 de abril de 2014. El mundo entero ha ensalzado sus virtudes: es una forma muy noble de decir adiós. Los periodistas, que hemos liderado ese reconocimiento, tenemos muchísimo que aprender todavía de él. Seguramente ese es el mejor homenaje.

2 de abril de 2014

La politización de Twitter (o el poco sentido de lo público que tenemos)

Menos política y más políticas. El debate del estado de la nacionalidad canaria se celebró la semana pasada en el Parlamento, pero también en internet. El presidente del Gobierno y los portavoces acudieron al edificio de Teobaldo Power con el mismo objetivo de siempre: convencer a sus acólitos de sus verdades sin matices, de sus luces sin sombras, de que su fe es la correcta. En las redes sociales ocurrió algo parecido. La etiqueta impulsada desde Presidencia del Gobierno para seguir y comentar el debate fue #DNC14 y se utilizó hasta en 4.755 ocasiones, según la empresa especializada MMI Canarias. El hashtag, liderado por Presidencia del Gobierno, fue tendencia en la red social de microblogging. De hecho, se convirtió en trending topic. Pero, ¿quién participó en esa conversación cibernética? Y lo más importante: ¿cómo?

Casi todas las instituciones públicas han entendido que las nuevas tecnologías han transformado profundamente la manera de relacionarse con los ciudadanos. Lo que se han negado a comprender, tanto en la realidad como en el mundo virtual, es que las administraciones públicas existen para prestar servicios y no para actuar como brazos políticos del partido de turno que esté en el poder (y en nuestro caso no hay muchos turnos).

Durante los días que duró el debate, varias consejerías se dedicaron a retuitear (compartir) o a narrar en directo parte del discurso del presidente Paulino Rivero. En el timeline de las consejerías se podían leer mensajes criticando la gestión del gobierno de Mariano Rajoy y la postura de sus compañeros de misión en Canarias, y promesas propias de cualquier campaña electoral. A veces los retuits estaban relacionados con la actividad de la consejerías y otras no.

Esa ignorancia manifiesta sobre el sentido de lo público me ha recordado la sincera denuncia que hacía Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido. Decía el escritor que la carrera administrativa desapareció de los programas electorales a finales de los 70 y principios de los 80, época en que se optó por leyes más elásticas bajo la premisa de acabar con la eternización de la burocracia. Al mismo tiempo, sin embargo, se empezaron a suprimir los mecanismos de control que tenían que garantizar la calidad de la democracia. Todavía estamos pagando ese olvido. Twitter es solo un ejemplo, pero cuanto más politizada esté una administración “menos continuidad habrá en proyectos que deberían ser a largo plazo” y menos personas capaces seguirán luchando, porque “quien por integridad personal y por vocación hace bien su trabajo comprende que daría lo mismo que lo hiciera mal, e incluso cumpliendo con su deber se gana el rechazo de los que mandan”.