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2 de octubre de 2017

Literatura fronteriza





Conocí a Chimananda Ngozi Adichie por casualidad. Americanah fue un regalo de cumpleaños que se pasó unos cuantos meses en la estantería del salón hasta que llegaron las vacaciones y lo metí en la maleta. Hace tres veranos decidí llevármelo conmigo a un viaje por Serbia, Bosnia y Montenegro.  Empecé y no podía dejarlo. Cada vez que parábamos en una carretera perdida para asegurarnos de que estábamos en la dirección correcta, abría el libro para leer alguna página más. Prácticamente lo llevaba en el regazo. Llegué a Tenerife y encargué su novela anterior, “Medio Sol Amarillo”. La adicción se repitió. Lo mismo ocurrió después con los cuentos de “Algo alrededor de tu cuello”. Esperé con ansiedad a que se reeditara “La Flor Púrpura” –su primera novela, que entonces estaba descatalogada-. A sus libros y charlas sobre feminismo llegué más tarde. Hoy aguardo, con la misma expectación, que anuncie nueva publicación y repaso continuamente san Google en busca de relatos, artículos o entrevistas en publicaciones extranjeras. 

Si tuviera que elegir un tema recurrente en los libros de Chimamanda no sería el feminismo, y no por qué no haga el alegato más sincero sobre las injusticias que subyacen tras la desigualdad de género. A mí, sus textos me han contado cómo el ser humano puede sentirse un extranjero fuera y dentro del país en el que nació. Ese sentimiento lo explora siendo mujer y africana, y esa doble condición me ha dado una visión más amplia sobre la identidad femenina en distintos contextos y continentes, pero, también, una perspectiva más completa sobre un continente complejo y desconocido.  Indaga en ello en “Americanah”, una novela donde cuenta la historia de una joven nigeriana que emigra a Estados Unidos y que por primera vez se siente –y se piensa- como una ciudadana negra;  en “Medio Sol Amarillo”, la historia de cómo la guerra de Biafra destrozó toda una generación; y en “La Flor Púrpura”, un relato de iniciación en el que reflexiona sobre la intolerancia religiosa.

El fin de semana pasado El PAÍS SEMANAL le dedicó la portada a la autora africana. Dentro, además de una entrevista, había un listado de razones para querer a Chimamanda firmado por Elvira Lindo.  La escritora madrileña destacaba cómo la nigeriana había intentado en todo momento luchar contra la historia única. Todos los estereotipos esconden algo de verdad, pero solo con ellos no se puede entender el mundo, viene a decirnos. 

Chimamanda sabe de lo que habla. Se crio en una familia acomodada. Sus padres trabajaban en la universidad y no tuvo una infancia difícil. Nada más llegar a Estados Unidos, con 19 años, tuvo que explicar a su compañera de habitación por qué hablaba tan bien inglés –lengua oficial en Nigeria- y cómo era posible que pudiera recitar de memoria las canciones de Mariah Carey.  Los protagonistas de las primeras historias que escribió Chimamanda, cuando todavía era una adolescente, tenían la piel blanca y los ojos claros. Eran reproducciones de los libros que ella había leído hasta el momento. En una ocasión, en la Universidad, un profesor la animó a escribir una “verdadera historia africana”. Los personajes de Chimamanda se parecían demasiado a él -un hombre educado, de clase media- y eso no tenía nada que ver con el África que él creía conocer. 

A través de los libros de Chimamanda he descubierto que me puedo sentir extranjera cuando estoy a miles de kilómetros de mi hogar, pero también dentro de mi país y hasta dentro de mi propia familia. Chimamanda hace literatura fronteriza porque aborda la distancia que nos separa de nuestros semejantes. Le ocurrió en Estados Unidos, cuando se percató de la diferencia entre ser negra africana o negra americana, en la guerra de Biafra, cuando el conflicto civil alteró fronteras y destruyó familias, y durante su infancia, cuando descubrió el poder excluyente que podía tener la religión, especialmente para las mujeres. 

Leerla me ha servido para ver el mundo a través de los ojos de una mujer africana y emigrante, para entregarme a la lectura como no lo hacía, creo, desde la adolescencia, cuando solo existía la ficción, pero, sobre todo, para entenderme más a mí misma.





3 de mayo de 2017

Periodismo contra los periodistas



El periodismo está en crisis. Es culpa de la tecnología –no hemos sabido adaptarnos a los nuevos formatos y a la inmediatez- y de la caída de la publicidad –los empresarios no tienen capacidad de invertir y la dependencia de las administraciones sube-. Los periodistas conocemos de memoria el diagnóstico de la crisis de nuestra profesión. Somos capaces de enumerar los factores que nos han conducido a esta situación, aunque sigamos sin saber cómo salir de ella. Pero, ¿es el único que explica que la calidad haya bajado? ¿Cómo está influyendo nuestro cansancio?

El periodista Martín Caparrós suele decir que hay que hacer periodismo contra “lagente”. Él dice lagente, todo junto. Me explicó por qué en una entrevista que le hice hace un par de años, cuando vino a Tenerife a participar en el foro Enciende la Tierra, de la Fundación CajaCanarias. No sé si quería ponerme a prueba, pero me citó a las ocho de la mañana en su hotel, un festivo como hoy. 

“Suelo escribir lagente, así, todo junto –me dijo-, para subrayar el hecho de que es un concepto propio, pero es que, además, si uno ve lo que la gente favorece en los medios, las listas de lo más leído, se mata, se dedica a la noble profesión de la peluquería, la carnicería o los asaltos a bancos, pero deja esta tontería. Todas las listas de lo más leído son en plan ‘las diez mujeres con las tetas más grandes de no sé dónde’, ‘los cinco hombres más ricos de no sé qué sitio’… Si vamos a decidir qué hacemos en función de lagente, busquémonos otro oficio. Yo creo cada vez más que hay que hacer periodismo contra lagente. No darle al público lo que quiere, sino darle al público lo que creemos que hay que hacer. Lo importante es lo que nosotros consideramos que debe ser dicho. Luego, si no hay quien lo escuche habrá que ver qué pasa”.

Hacer periodismo al revés, para lagente, supone escribir textos cortos y simples, accesibles, de un día para otro, en redacciones cada vez más cansadas y con menos recursos.  No importa que gran parte de lagente que es capaz de anticipar y explicar la muerte de la prensa nunca haya comprado un periódico. 

Leila Guerriero, también periodista argentina, escribió hace poco en su blog de El Mercurio sobre la crisis de la que, a su juicio, nadie habla: la frustración.  “Hay dos historias relacionadas con Einstein. Según una de ellas, una vez un periodista le preguntó si podía explicar la teoría de la relatividad. Einstein le dijo: "¿Usted me puede explicar cómo se fríe un huevo?". El periodista le dijo que sí y Einstein le respondió: "Hágalo, pero imaginando que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego". Según la otra, un interlocutor le pidió lo mismo: que explicara la teoría de la relatividad. Einstein lo hizo, pero su interlocutor seguía sin entender. Simplificó más y más la explicación, hasta que su interlocutor exclamó: "¡Ahora la entendí". Entonces Einstein le dijo: "Bueno, pero ahora ya no es más la teoría de la relatividad". 

El periodismo intenta contar realidades complejas, subrayaba Guerriero. “El reduccionismo, el apuro y los textos cada vez más cortos hacen que esas realidades, reflejadas en espejos urgentes y enanos, se deformen: sean algo parecido a la realidad, pero no la realidad. No sé cómo empezó, pero fue una gran idea: la tan ansiada aniquilación de la prensa no llegó desde afuera, sino desde su corazón, su hígado. La frustración envenena el ánimo, mina el entusiasmo, convierte a periodistas serios en publicadores hastiados. El antídoto está, como el veneno, en nosotros mismos. Es una batalla de cazadores solitarios y tenemos todas las garantías de perderla. Pero hay batallas que se pelean aunque estén perdidas. Sobre todo cuando están perdidas”.

Al final, hacer periodismo para lagente es hacer periodismo contra los periodistas. Y así también nos cargamos la libertad de prensa.  

27 de marzo de 2017

La identidad es cosa de dos



Somos quienes creemos que somos, pero también -y mucho- quienes piensan los demás que somos.  Lo que hacemos, los propósitos que nos planteamos y las ideas en las que tenemos fe nos definen tanto como aquello que dejamos por el camino. Pero, ¿quién decide la imagen que proyectamos, si somos buenas personas o no, justos o egoístas, cercanos o equidistantes, sumisos o reivindicativos? ¿Cuánta identidad podemos elegir y cuánta nos es impuesta? ¿Cuántas veces debemos arriesgarnos para que se nos considere valientes?

Josep María Flotats y Jean Claude Grumberg son amigos desde hace muchísimos años, pero hasta hace poco el primero no se atrevió a dirigir e interpretar una obra del primero. Se decidió con “Serlo o no”, un texto al que él añadió la coletilla explicativa “para acabar con la cuestión judía” y que analiza justo eso: cómo se construye la imagen que tienen  los demás sobre nosotros. Hasta entonces Grumberg era un desconocido para la mayoría del público español. Ninguna de las obras de este autor francés, ganador de ocho premios Molière y un premio Cesar, habían sido representadas en España antes. La oportunidad llegó cuando en 2014 Flotats leyó su texto, poco antes de que fuera publicado, y decidió no solo dirigirlo, sino también  interpretarlo. El pasado sábado llegó al Teatro Guimerá. 

La adaptación, que incluye un epílogo elaborado por Flotats a partir de experiencias personales del propio Grumberg, pone el foco en las creencias religiosas, pero es inevitable que vaya mucho más allá. En la hora y media que dura la obra hay tiempo para hacernos preguntas sobre el origen del pueblo hebreo y el holocausto, la fe y sus diversas interpretaciones - ¿hay distintos niveles de judío?- o el puzzle geopolítico que es Oriente Medio, pero, también, y sobre todo, para plantearnos hasta dónde llega el compromiso ético con uno mismo y cómo convencemos al otro de lo firme que es.

Aunque la representación aborda temas complejos para el ser humano, los diálogos - salvo el recuerdo final sobre una víctima de Auschwitz, lo mejor de los 90 minutos que dura la obra- están escritos en clave humorística. El escenario es el rellano de una escalera, donde dos vecinos se encuentran y charlan cuando bajan a por el correo o van al súper. Todo empieza cuando el menos viajado (Arnau Puig) le dice al otro, el escritor que representa Josep Maria Flotats: “¿Es usted judío? Lo pone en Internet”.  Esa pregunta tiene dos posibles respuestas iniciales: negarlo o aceptarlo. A partir de ahí viene lo difícil: defender la identidad ante los demás, no solo para reafirmarnos en el concepto que tenemos de nosotros mismos, sino para demostrar que nuestra condición –judío, musulmán o de la escalera B- es producto del azar, pero sobre todo de las elecciones personales que vamos tomando.

Grumberg reclama su condición de judío en cada una de sus obras. No solo es parte de sus orígenes - es de padre y abuela deportados en Auschwitz-, sino que ha elegido que así sea y lo ha plasmado en su creación. Él, como acaba diciendo el personaje que interpreta su amigo Flotats, eligió ser judío.  Puede que no cumpla con todos los preceptos que marca la doctrina, pero él quiere ser judío y se siente judío. La identidad, parece decirnos, se construye todos los días y, aunque es cosa de dos, no tiene por qué ser azarosa.