Páginas

26 de junio de 2012

Esta deuda no es mía


Es curioso el efecto que tiene el tiempo sobre las palabras. En realidad Jorge Manrique nunca dijo que cualquier tiempo pasado fue mejor. En las Coplas por la muerte de su padre escribió que, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor. A Antonio Muñoz Molina, que podría recitar muchos de los versos del poeta de memoria y que no venera el pasado porque sí, le molesta que la gente haya olvidado parte de la letra. Hace años se le ocurrió una variante: cualquier tiempo pasado fue anterior. Y lo argumentaba así: En Nueva York, a principios del siglo XX, cuando en teoría el aire debía de estar envidiablemente limpio por la ausencia de CO2 de los automóviles, había varias decenas de miles de caballos. Las consecuencias ambientales eran pavorosas, teniendo en cuenta que un caballo produce al día una media de 25 kilos de excremento, entre sólido y líquido, y que muchos de ellos morían en las calles y tardaban en ser retirados de ellas. El remedio a esa desgracia fue el transporte público electrificado y la irrupción del automóvil, que creó sus propios problemas, claro que sí. Pero son problemas que se resuelven con más avance tecnológico, no con menos. Igual me pasa con la lectura, por ejemplo. Ahora no se lee mucho, o no tanto como quisiéramos. ¿Se leía más en España hace un siglo, cuando había un 50% de analfabetos? ¿O en la época de Franco? Hay muchas cosas que necesitan remedio, claro que sí, y casi siempre con mucha urgencia, pero no creo que ningún remedio venga de la recuperación de nada del pasado, sino de una evaluación racional de lo que sucede ahora mismo, y de la puesta en práctica de soluciones que tengan en cuenta los avances de la ciencia y una idea de sostenibilidad y bienestar generales, ideas que no son para nada del pasado.

No hay muchas personas que piensen como Muñoz Molina. Parece que siempre ha existido una tendencia a engrandecer el pasado, a echar la vista atrás en busca de vidas mejores. En los tiempos que nos ha tocado vivir, a nuestra memoria no le queda otro remedio que viajar hasta otras crisis económicas. Estamos convencidos de que en el crash de 1929 se rectificó a tiempo, se entendió que la austeridad era un error, se optó por el "new deal" de Franklin Delano Roosevelt y se abandonó la miseria. Esta correlación de hechos es envidiable, pero también es una simplificación. Hubo momentos para la glorificación de la austeridad y se comprobó que todo lo que dijo John Maynard Keynes no era viable. Sin embargo, eso no quiere decir que no podamos recoger sus enseñanzas. Una de ellas la encontramos en 1919. Cuando despues de la Primera Guerra Mundial se rubricó elTratado de Versalles para asegurar la paz mundial, Keynes -que iba como representante de Gran Bretaña- estuvo en desacuerdo con sus contenidos y dimitió. En esa época escribió uno de sus libros más conocidos, Consecuencias económicas para la paz. Había algo que el economista no podía firmar porque, a la larga, tendría efectos nefastos sobre el continente. Alemania nunca podría cumplir con la política de reparaciones impuesta por los ganadores. "La política de reducir a Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y de privar a toda una nación de felicidad, sería odiosa y detestable aunque fuera posible, aunque nos enriqueciera a nosotros, aunque no centrara la decadencia sobre toda la vida civilizada de Europa". Alemania salió de este primer gran conflicto como la nación humillada, no como la nación castigada. Seguramente más de uno se acordó de Keynes cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.



Esa necesidad que tenemos de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor hace que estemos convencidos de que las desgracias que nos ocurren son una excepción en la historia. Es un convencimiento propio de los países desarrollados. Hace dos años, los economistas Reinhart y Rogoff publicaron sus consideraciones sobre la crisis actual bajo el título de Esta vez es distinto. Lo cierto es que hasta 2008 creíamos que las crisis financieras eran cosas que les ocurrían a otros. ¿Cómo nos iba a pasar a nosotros, que tanto deberíamos haber aprendido de la historia? Esta sensación de superioridad siempre se repite. En los años 30 también se pensaba que nunca habría otra guerra mundial después de la catástrofe que tuvo lugar entre 1914 y 1919. Pero sí que vino otro conflicto, mucho peor que el anterior, y sí que llegó la crisis hasta el Occidente del progreso. Vimos cómo los países de América Latina protagonizaban suspensiones de pagos en los años 80 y cómo los tigres asiáticos caían uno detrás de otro en los 90 tras la devaluación de la divisa tailandesa. Pero lo observamos desde la distancia, sin saber exactamente qué significaba una crisis en el mundo del capitalismo sin regulación.

Hoy, inmersos en una crisis muy dura -no sabemos si más o menos que las anteriores o las próximas-, sabemos que esta vez es distinto. En esta ocasión es diferente porque somos nosostros los que la padecemos y porque estamos, inevitablemente, en un momento nuevo: lo dice el calendario. Es la única certeza que tenemos. Pero eso no hace que dejemos de hacernos más y más preguntas. Entre ellas, si es legítimo, y también legal, que los gobiernos europeos tomen medidas que atentan contra los derechos humanos de sus ciudadanos. Además de las respuestas que surgen del sentido común, el derecho internacional también ha dejado escrito algo al respecto. Reinhart y Rogoff lo comentaron en su libro. Se trata del concepto de deuda odiosa o deuda ilegítima. No están inventando nada nuevo porque tampoco las crisis son nuevas. Se trata de un concepto antiguo que se volvió actual cuando Europa y el Fondo Monetario Internacional decidieron rescatar a Grecia.

Los ciudadanos helenos han tenido que aceptar sacrificios indecentes desde entonces para pagar su gigantesca deuda pública. Para entender la magnitud de estos sacrificios, y el peligro que pueden entrañar, hay que saber que el esfuerzo que se le estaba pidiendo a Grecia para saldar su deuda era superior al que se le exigió a Alemania en el Tratado de Versalles. Joaquín Estefanía lo explica con claridad en su libro Economía del miedo: "En el seno de la sociedad griega, y por extensión en otros colectivos de otras partes del mundo, se reivindicó la legitimidad de no pagar bajo el argumento de que buena parte de lo que el país heleno debía era deuda odiosa: si un prestamista da dinero a un gobierno que a todas luces es cleptómano y corrupto, los siguientes ejecutivos no tendrían la obligación de saldarla".

El concepto de deuda odiosa o ilegítima se le atribuye a un jurista y profesor de Derecho Financiero, Alexander Sack, que publicó en 1921 el tratado 'Los efectos de las transformaciones de los estados sobre sus deudas públicas y otras obligaciones financieras'. Para él, una deuda era ilegítima si cumplía tres requisitos: a) se ha comprometido sin el conocimiento de los ciudadanos; b)se ha gastado en actividades que no redundan en beneficio del pueblo; y c)los prestamistas son conscientes de esta doble situación anterior.

Para elaborar este trabajo, Sack se basó en acontecimientos históricos. Por ejemplo, cuando Estados Unidos anexionó Cuba. En 1898 Estados Unidos ganó la Guerra hispano-estadounidense en la que Cuba -colonia española- estaba en juego. Cuba, Puerto Rico y Filipinas quedaron bajo protectorado de Estados Unidos. Cuando terminó la contienda, España reclamó el pago de la deuda, pero en una reunión en París Estados Unidos sostuvo que la deuda era odiosa, pues había sido impuesta sin el consentimiento del pueblo y sirvió para reprimir el movimiento de liberación de Cuba. España acabó aceptando el argumento. Muchos otros países lo hicieron después.

Es muy posible que haya parte de la deuda de los países rescatados que el derecho internacional consideraría odiosa. España ha aumentado su deuda considerablemente para arreglar los desmanes de la banca. Ha recortado los servicios públicos de sus ciudadanos para financiar un sistema bancario privado y decadente. Es el mundo al revés. Los adalides del capitalismo, que tanta desregulación demandaron, están recibiendo ayudas gubernamentales.

Declarar parte de la deuda ilegítima no solucionaría nuestros problemas porque, no hay que olvidarlo, esta crisis no es solo económica: es la crisis de un modelo de convivencia. Pero analizar qué deuda es ilegítima ayudaría a devolver la dignidad a muchos ciudadanos. Cuando cayó el muro de Berlín pensamos que un modelo había ganado. Era verdad, pero también lo es que construimos mal el sistema que elegimos. El pensamiento de Antonio Muñoz Molina vuelve a ser revelador: "¿Qué rescataría del pasado para el futuro? Tan solo una cosa: el estudio riguroso de lo que sucedió, de modo que se puedan extraer lecciones prácticas para el manejo de los problemas del presente y del porvenir".




5 comentarios:

  1. Extraordinario, gracias por la entrada y por el vídeo.
    Vengo desde el blog de AMM.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti por leerme, Ángela. Me alegra mucho que una lectora de AMM haya acabado en mi blog. Leer a ese hombre es una maravilla.
      Un saludo

      Eliminar
  2. En la entrada anterior de tu blog decías: "En la era de los futurólogos y los agoreros, yo prefiero que los expertos nos desvelen lo que ya ha sucedido, todo eso que ha pasado inadvertido". Creo que eso es exactamente lo que tú ayudas a hacer con artículos como éste. Fantástico.

    ResponderEliminar
  3. Gracias a Ängela, que ha compartido este artículo, he podido leerlo, me ha parecido muy bueno y fácil de entender.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegro mucho de que te haya gustado. Gracias por leer mi blog. Y gracias a Ángela por compartir el artículo.

      Saludos

      Eliminar