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24 de noviembre de 2012

La economía del desconocimiento



Les prometieron un futuro decente, pero cuando acabaron de estudiar no hubo nada para ellos. Miles de jóvenes (y no tan jóvenes) se sienten estafados: algunos todavía no han encontrado su primer empleo y otros sobreviven como eternos becarios. Con un panorama así resulta difícil ensalzar las virtudes de la educación.

Sin embargo, los datos dejan margen para la esperanza. Según la última Encuesta de Población Activa (EPA) que realiza el Instituto Nacional de Estadística (INE), estudiar en la Universidad es la mejor opción para esquivar el desempleo. También en Canarias, donde más del 30% de las personas que está trabajando tiene estudios superiores. Pero, ¿quién contrata a estos licenciados? ¿Están siendo artífices de la transformación económica que necesita la comunidad autónoma?

El ISTAC, gracias a los datos que facilita el INE, ha revelado una realidad que explica el modelo socio-económico actual de Canarias y que pone en duda la transferencia de conocimiento de la universidad a la empresa. Sus estudios avalan la sospecha de que el sector privado tiene un papel discreto a la hora de dar trabajo a los universitarios y que son las administraciones públicas las que actúan como grandes agencias de colocación. Según sus cálculos, el sector público absorbe al 40% de los universitarios, mientras que todo el tejido empresarial de las Islas solo recluta al 60%.
Este escenario se vuelve más difícil si se tiene en cuenta que, además, las empresas prefieren a personas menos formadas: se quedan con el 92% de los trabajadores que solo cuentan con estudios de Educación Primaria y con el 86% de los que cursaron la Secundaria.


¿Y el conocimiento?

Antes de la crisis el conocimiento ya era la mejor garantía de progreso. Sin embargo, hubo quien creció sin necesidad de hacer fuertes inversiones en sabiduría. Eran los tiempos del ladrillo y muchas comunidades que apostaron por la construcción salieron ganando, pero se trató de un crecimiento endeble que terminó resquebrajándose. Canarias fue una de esas comunidades.
Mientras todo esto ocurría, las universidades siguieron desempeñando su labor. El problema fue que tuvieron que soportar multitud de críticas. Entre ellas, que se habían alejado de la sociedad. Estas quejas, sean acertadas o no, abrieron otras cuestiones que hoy se siguen debatiendo: ¿de qué realidad se habían distanciado?

Sergio Alonso, director ge- rente de la Fundación Empresa de la Universidad de La Laguna (FEULL), está convencido de que “la Universidad tiene un compromiso con la sociedad y con su bienestar, y esa responsabilidad se traduce en la transferencia de conocimiento”. Lo que no tiene tan claro es si esa misión se está llevando a cabo de la manera correcta. Los centros de educación superior “deben situar en el mercado laboral a personas con formación y capacidad que deben liderar los grupos de trabajo de las empresas y hacerlas competitivas, y por tanto, hacerlas crecer”. En el Archipiélago canario este objetivo no se cumple.

“Si elimináramos los empleos de titulados universitarios en las administraciones públicas, saldría una realidad terrible. Tenemos que conseguir que se contraten más titulados universitarios para que tiren de la empresa canaria y le den a ésta opciones de crecer, no de sobrevivir”. La relación empresa-universidad debe recomponerse si se quiere salir de esta crisis apostando por el conocimiento.


Muy lejos de la media 

Pero el problema de Canarias no es solo que sus titulados no encuentren el camino hacia el sector privado. Aunque la educación superior es la vía más rentable desde el punto de vista de la empleabilidad, la inserción de universitarios en el mercado es demasiado baja. Está en el 30%, casi diez puntos por debajo de la media nacional, que supera el 39%. “La empleabilidad de universitarios es un indicador de desarrollo, innovación y competitividad empresarial en el que tenemos mucho que mejorar. Solo dos comunidades presentan datos peores”, explicó Alonso. Las Islas están a años luz de las regiones con mejores resultados: País Vasco (52,8%), Comunidad de Madrid (48,9%), Principado de Asturias (44,3%) o Navarra (43,4%).


I+D: asignatura pendiente

Tener menos titulados que el resto de España y que la mayoría estén ubicados en el sector público tiene un efecto devastador sobre el progreso. Lo demuestra el último informe Cotec, publicado este año, que analiza la tecnología y la innovación en España a finales de 2010 y establece diferencias por comunidades autónomas.

La competititvidad de una región depende de la inversión en investigación y el desarrollo tecnológico (I+D), de su esfuerzo por conseguir un capital humano capacitado para adquirir conocimientos y de la existencia de un tejido empresarial capaz de aprovechar las fuentes de conocimiento. Canarias suspende en todo.

Su inversión en tecnología e innovación es mínima y la lidera la administración pública porque la participación del empresariado es testimonial. Lo demuestran los datos: en Extremadura, Baleares y Canarias, el peso de la I+D del sector público supone más del 80% del total, mientras que solo en el País Vasco y Navarra este peso es inferior a un tercio del total. La Unión Europea estableció en los Objetivos de Lisboa que el reparto idóneo era de dos tercios ejecutados por el sector privado y un tercio por el sector público. Un paisaje que no tiene nada que ver con el español y mucho menos con el canario. Si se tiene en cuenta el número de patentes tampoco se encuentran mejores resultados.
En términos de solicitudes por número de habitantes, las primeras posiciones están ocupadas por Navarra y Aragón, con 195 y 171 solicitudes por millón de habitantes, seguidas por Madrid con 123 y La Rioja con 102. En el lado opuesto se ubican las regiones menos productivas, es decir, Baleares (19), Canarias (27) y Castilla-La Mancha (29).

¿Y qué hacemos mientras? El Archipiélago, por supuesto, también está a la cabeza en desempleo y en número de personas que ha emigrado. Se han ido buscando el futuro decente que aquí les han negado. El problema es que esta fuga de cerebros masiva hace que la economía del conocimiento esté todavía más lejos de Canarias.

21 de noviembre de 2012

Ídolos mundanos

Cuando se vino de Venezuela era un niño. Probablemente fue la primera gran aventura de su vida, pero fue solo el comienzo de décadas y décadas de aventurero servicio público. Tenía siete años cuando se hizo del Real Madrid y 12 cuando supo que quería ser periodista. El paso del tiempo no lo desvió de ninguno de sus caminos. Hoy tiene más de 50 años, ha recorrido el planeta de conflicto en conflicto y ha dejado escritas incontables páginas. Mientras era testigo de la historia se dio cuenta de que no le gustaban las armas y de que siempre que iba a todos esos países devastados lo hacía con una idea en la mente: retratar la heroicidad y el dolor de las víctimas. Hoy es un corresponsal de guerra consagrado que, después de estar en muchas trincheras, ha decidido quedarse en Madrid, la ciudad de su equipo.

Cada uno tiene sus referentes. Los va añadiendo a una lista imaginaria a medida que pasa el tiempo. El periodismo tiene cosas maravillosas y una de ellas es que a veces puedes conocer a tus ídolos.
Ayer tuve el placer de charlar un rato con Ramón Lobo. Empezó la conversación disculpándose por no haber descolgado el teléfono a la primera y se despidió deseándome suerte en estos tiempos convulsos. Las conversaciones entre periodistas suelen ser monotemáticas y, desde que empezó la crisis, todavía más. Con él, sin embargo, quería hablar de algo más que de la crisis del modelo periodístico.

Mi intención era que me contara si el futuro de los periodistas va a pasar, ineludiblemente, por emprender. No quería la opinión de un gurú cualquiera: quería saber qué pensaba una persona que no ha dejado de arriesgarse durante toda su vida y que hoy tiene que empezar desde cero. La respuesta fue contundente. Hace dos semanas que un expediente de regulación de empleo lo arrancó de El País y ya tiene unos cuantos proyectos en cartera. Quizá esto no me sorprendió demasiado. Lo que más me llamó la atención fue que tardó solo una hora en decirme que sí a la entrevista y poco más en enviarme su teléfono.

Desde que descolgó, su voz sonó cercana y los nervios se esfumaron en cuestión de segundos. Es curioso, pero he tenido el placer de entrevistar a unas cuantas personas a las que admiro profundamente y ninguna me ha defraudado. Eso no ocurre mucho por aquí, donde algunos evitan echarte una mano y otros se dedican a ser maleducados y desagradables. Ramón Lobo se merece este artículo.

En mi hambre mando yo

Hace poco lo recordó José Luis Sampedro, pero lo cierto es que ocurrió hace bastante tiempo. Era la época de la República, en España había mucha hambre y el capataz de un cacique se dedicaba a ir de puerta en puerta comprando votos. Les daba dos duros, que entonces eran una fortuna, y les exigía fidelidad. Todo iba bien hasta que se encontró con un jornalero que cogió los dos duros y se los tiró al suelo. Lo miró y le dijo una frase que ha pasado a la historia: “En mi hambre mando yo”.

Salvador de Madariaga usó esta “anécdota” en el prólogo de uno de sus libros -España (1931)- y Sampedro quiso recordarlo hace algunos años en la entrega de unos premios. Todavía no había empezado la crisis, pero él ya necesitaba más ejemplos de dignidad para seguir adelante. Creía que sin el coraje de aquel pobre hombre el mundo no avanzaría en la dirección correcta. Desde entonces han pasado cerca de ocho años. La situación económica ha ido empeorando y miles de personas han tenido que armarse de coraje para sobrevivir. Los políticos en los que confiaron siguen sin saber cómo salir de esta.

El lunes, 15.000 personas presentaron su currículo para uno de los 150 puestos que ofrece una empresa de maquinaria agrícola en Getafe. No saben en qué consistirá el trabajo, ni cuánto cobrarán, pero eso no ha evitado que se pasen horas haciendo cola para entregar la documentación. Luego solo les quedará confiar en la suerte. La compañía efectuará un sorteo ante notario para elegir a 1.250 candidatos que competirán por los empleos. La formación, una vez más, no importará. Solo el azar decidirá si recuperan la dignidad y cuánto durará el sueño. Nuestros políticos tampoco lo saben. Intentan confiar en la suerte y cuando se se reúnen -véase la Conferencia de Presidentes de ayer- solo intentan llevarse un trozo más grande de la tarta. No han entendido aún que la tarta está podrida y que la recuperación de un país o de una región depende de la dignidad de sus habitantes, de esos que tienen que jugarse a cara o cruz un trabajo. Mientras el debate real no sea ese, no habrá nada que hacer.

Una de las primeras frases que leí de Eric Hobsbawm, el historiador que nos dejó el lunes, fue: “Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que íbamos directos al iceberg”. ¿Por qué nadie se bajó? La pronunció en otra época, en su siglo corto (1914-1989), pero puede trasladarse a nuestros días. Es la única certeza.

La historia de mi amigo

Estudió Periodismo a 100 kilómetros de su casa. Tenía 18 años y el mundo todavía era muy grande para él. Cada viernes se acercaba a la estación de Santa Justa, se subía a un tren de cercanías y volvía a su casa. Los lunes le tocaba volver a la realidad y, cargado de táperes, hacía el recorrido al revés, volvía a su piso bien temprano y a las tres y media ya estaba en su primera clase de la semana. Con el tiempo todo eso cambió. Empezó a poner excusas y a quedarse algún fin de semana en Sevilla. Tenía ganas de viajar.

En cuarto de carrera decidió pedir una beca Erasmus. Se enamoró de Roma, pero cuando terminó sus estudios volvió a Cádiz y empezó a trabajar en un periódico local. Le iba bastante bien y llegó a pensar que ese podía ser su futuro. Pero un día se cansó, se despertó y supo que algo fallaba. Hizo la preinscripción en un máster de Comunicación Corporativa y cruzó los dedos. Tuvo suerte. No tenía claro si se estaba equivocando, pero renunció a su trabajo, pidió un préstamo y se mudó a Madrid. Terminó su posgrado con buenas notas, pero no hubo tiempo para hacer prácticas. La crisis ya había llegado a España y no tenía ninguna intención de marcharse.

Para poder sobrevivir empezó a trabajar en una de esas multinacionales en las que una piensa cuando se habla de la ‘marca España’. Lleva allí dos años. Los últimos 14 meses se los ha pasado aceptando contratos de dos semanas. Cada 15 días -de media- tiene la suerte de firmar uno nuevo. Nunca sabe cuándo va a librar. No puede hacer planes. Hace unos días le comunicaron que tenían un nuevo contrato para él: sustituir a una compañera que está de baja. ¿Cuánto tiempo? Ni idea. Para él eso es la estabilidad laboral.

La empresa para la que trabaja a veces es salpicada por escándalos en el Tercer Mundo. La acusan de saltarse los derechos humanos. Quién sabe. Lo que es indiscutible es que esta empresa el año pasado ganó cerca de 2.000 millones de euros.

Cada vez que oigo hablar de todos los jóvenes que ni estudian ni trabajan en este país, y de cuánto nos cuesta, me acuerdo de mi amigo. Mi vida podría parecerse mucho a la suya. La crisis tiene muchas formas de arrebatarte el futuro. Puede expulsarte a otro país, dejarte sin empleo o condenarte a distintas formas de precariedad laboral. Yo, lo menos que puedo hacer, es contar su historia y luchar para que se vean los rostros de esta crisis y no solo los datos.