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30 de agosto de 2015

Refugiados

                     


La primera vez que los vi no sabía quiénes eran ni por qué estaban allí. Era siete de agosto, hacía mucho calor y solo habían pasado un par de horas desde que habíamos aterrizado en Belgrado. Era imposible contarlos, pero en el parque que estaba al lado de la estación de trenes había cientos de personas. Algunos estaban sentados, otros, tumbados; todos, con cara de cansancio. Los belgradenses cruzaban el parque como si no estuviese lleno de familias. Entré al hotel, cogí la wifi y empecé a buscar información en Internet. La mayoría, contaban algunos medios anglosajones y germanos, venían de Siria, pero también procedían de Irak, Afganistán o Bangladesh. Todos huían de la guerra, de esos estados fallidos a los que la paz nunca llega. Leí todo lo que encontré, pero seguía pensando que era imposible que todo eso estuviese ocurriendo de verdad y que apenas se supiera, que hubiese tenido que ir hasta allí para saberlo. Sentí mucha vergüenza por mi ignorancia y una tristeza enorme. ¿Para qué servíamos los periodistas entonces?, recuerdo que me pregunté. Dentro del hotel nadie parecía ser realmente consciente de lo que ocurría a escasos metros. Ni los trabajadores ni los huéspedes. Esa normalidad, la misma que percibía cuando veía a la gente atravesar el parque, me daba escalofríos. Pensé mucho en 2006, el año en que hasta nuestras islas llegaron miles de personas que buscaban lo mismo: vivir. ¿Se imaginan que todas esas personas que habían cruzado el océano se hubiesen quedado en la playa, o en una plaza, antes de proseguir su viaje, y que nadie se indignara? ¿De verdad estaba pasando eso? Tenía ganas de preguntarle a alguien, de ver qué respondía y cómo confirmaba la evidencia del desastre. El camarero del bar de enfrente del hotel nos dijo que eran refugiados, que huían de sus países porque estaban en guerra. Lo dijo con esa mezcla de pena y resignación que convierte la tolerancia en indiferencia. Durante esos días vi a miembros de una Ong entregar comida y agua a las familias.  También cómo algunos se acercaban hasta los hoteles y los recepcionistas les daban lo que podían. No es que no les importaran: habían asumido que lo único que podían hacer era acogerlos de esa forma, en sus calles, mientras esperaban tomar el tren que los llevará a la frontera húngara. 

Llegamos a Bosnia y no podía dejar de pensar en lo mismo. Ya no queda espacio para más refugiados en los centros, por eso están en los parques, me explicó nuestro guía de Sarajevo. No lo dijo enfadado, sino con esa resignación que yo ya había visto. Luego supe que durante la guerra de 1992 él había huido con su madre y se había refugiado durante años en Croacia y España. Y me pregunté si la inestabilidad balcánica tenía algo que ver en esa manera de soportar el dolor de los demás: unos porque lo ejercieron; otros porque lo padecieron. Sigo sin saber si el desasosiego y la inestabilidad recientes explican algo, pero esa sensación de incredulidad, desazón y rabia que sentí al llegar a Belgrado es la misma que me invade cada vez que algún portavoz europeo habla de ridículas cuotas que nadie quiere cumplir o compara este éxodo con las  goteras de una casa. Todos nos estamos acostumbrando a vivir sin sentir el dolor de los demás. O, al menos, hemos rebajado nuestro grado de empatía de una manera alarmante. Los serbios han entendido que no pueden hacer mucho más. No son un país rico. El salario medio es de 420 euros. Quieren entrar en la Unión Europea. No tienen capacidad para  gestionar esta crisis solos. Dejan que esa marea humana haga escala en sus parques antes de partir hacia su siguiente destino. Hungría, sin embargo, se está blindando. Acaba de construir la primera parte de un muro que busca evitar que entren mas refugiados en su territorio. 

En pleno desastre migratorio, hay algunos que insisten en que todo lo que ocurre en Oriente Medio es culpa de Occidente. La historia ha demostrado que a veces es así, pero no siempre es tan fácil articular el mundo y comprender por qué seguimos matándonos. Cuando comenzó la guerra en Siria casi nadie miraba hacia allá. En España, ni la izquierda ni la derecha exigían que se hiciera algo. Aún recuerdo caminar un día por el paseo del Prado en 2011. Un grupo de sirios se había concentrado ante su embajada; pedían que cesara la violencia, que alguien hiciera algo, que la comunidad internacional mediara, que se protegiera a sus familias. Madrileños y visitantes pasaban a su lado y los miraban con curiosidad. No comprendían qué pedían; desconocían qué atrocidades estaba haciendo Al Asad y cómo toda esa especie de guerra civil terminaría aupando a Estado Islámico. Esos días daba la horrible sensación de que no había batalla ideológica sobre este conflicto simplemente porque se estaban matando entre ellos. Ya sabemos que hay una parte de la izquierda que niega todo intervencionismo, como si decir no implicará algún tipo de salvación; sin darse cuenta de que una población entera puede ser masacrada por culpa de creencias inamovibles. Me lo recordó nuestro guía en Sarajevo cuando hablábamos del comportamiento de los cascos azules durante la guerra de Bosnia y el sitio de la ciudad. 

Al regresar a Belgrado para tomar el avión de vuelta no hacia tanto calor. El termómetro había bajado unos diez grados y durante horas no paró de llover. Se oían truenos constantemente. Nos fuimos el 18 de agosto a Madrid y un día después a Tenerife. Ese día El Mundo publicó en portada una imagen de refugiados sirios en la frontera de Macedonia. Esta semana 71 personas murieron asfixiadas en un camión en Austria. Ahora todos sabemos lo que está sucediendo. Y creo que ya es hora de empezar de una vez a repartir menos culpas y asumir más responsabilidades. Se avanza mas. 


   





28 de agosto de 2015

El rompecabezas bosnio






- La mayoría de los turistas no llegan a Sarajevo atraídos por el cruce de culturas, sino por la guerra. ¿No les molesta?
- No. París tiene la torre Eiffel, Roma tiene el Coliseo y nosotros tenemos la guerra. Es nuestro valor diferenciador.

Ervin lleva muchos años dedicándose a enseñar su ciudad. Al principio lo hacía solo por placer, era voluntario en una plataforma colaborativa similar al couchsurfing, una especie de asociación donde cada miembro ofrecía lo que podía: desde un sofá hasta la experiencia que da ser protagonista de la historia reciente. Cuando su madre enfermó, decidió hacer de su vocación una manera de ganarse la vida. Sigue dedicando algo de su tiempo a contar de forma gratuita por qué Bosnia y Herzegovina (ByH) es hoy un país tan complejo administrativamente que tiene tres presidentes a la vez, uno por cada etnia – bosniacos (musulmanes ), serbobosnios (ortodoxos) y croatas (católicos)-, pero, además, ha confeccionado una visita donde cuenta qué ocurrió en 1992, cuando la ciudad fue sitiada y la comunidad internacional decretó un embargo que permitió la masacre de miles y miles de personas. Lo llama el tour de la guerra. Incluye la avenida de los francotiradores, campos minados y el túnel que construyeron los bosnios para sortear la cruel neutralidad del aeropuerto, que fue tomado por Naciones Unidas.





El ataque de los serbios no ocurrió de un día para otro. Las guerras tienen fechas de inicio y de término. Hay un día que pasa a convertirse en efeméride: cuando todo estalla, cuando empiezan a caer los misiles sobre la población. También cuando se firman los acuerdos de paz. Pero el día que todo empieza nunca es una sorpresa. Ni para la población ni para el resto del mundo. El estado de emergencia se ha ido fraguando. Lo cuenta Alfonso Armada en el libro que acaba de publicar, Sarajevo, donde recopila todos sus escritos –los de su diario personal y las crónicas que envió a El País cuando cubrió el desastre de los Balcanes-, y también Ervin, que entonces era un niño que acabó refugiándose con su madre en Croacia y más tarde en España (Valencia). El periodista, hoy director del Master de ABC, entrevistó a algunos de esos jóvenes que se convirtieron en líderes militares por obligación, que recordaban cómo días antes de que comenzara el horror fueron a las comisarías de policía en busca de armas.




El uno  de abril de 1992 se inició la masacre, que se cobró la vida de más de 150.000 personas. El 28 de junio de ese año el presidente francés François Mitterrand viajó a Sarajevo. El objetivo de su visita era hacer patente la gravedad de la situación ante la opinión pública mundial. El historiador Eric Hobsbawm explica en su libro Historia del siglo XX que la falta de memoria histórica hizo que algo pasara desapercibido: la fecha. “¿Por qué había elegido el presidente de Francia esa fecha para ir a Sarajevo? Porque el 28 de junio era el aniversario del asesinato en Sarajevo, en 1914, del archiduque Francisco Fernando de Austria-Hungría, que desencadenó, pocas semanas después, el estallido de la primera guerra mundial. Para cualquier europeo instruido en la edad de Mitterrand, era evidente la conexión entre la fecha, el lugar y el recordatorio de una catástrofe histórica precipitada por una equivocación política y un error de cálculo. La elección de una fecha simbólica era tal vez la mejor forma de resaltar las posibles consecuencias de la crisis de Bosnia”.



La visita de Mitterrand no funcionó. La guerra de Bosnia no concluyó hasta el 14 de diciembre de 1995 y ahora, a punto de cumplirse veinte años de la firma de los acuerdos de paz, muchas heridas siguen abiertas. En numerosos puestos callejeros hay souvenirs hechos con casquillos de balas, desde llaveros hasta bolígrafos o figuras de tanques. Cualquiera diría que han superado totalmente lo que ocurrió hace muy poco. Sin embargo, la realidad es otra. Se percibe en la antigua biblioteca –hoy convertida en ayuntamiento, función que también tenía antes de la Primera Guerra Mundial-, donde una placa colocada a la entrada pide a los visitantes que no olviden que ese edificio, y miles de manuscritos que estaban en su interior y daban cuenta de la historia de los bosniacos, fueron destruidos por asesinos serbios.





Quizás por cosas así Bosnia y Herzegovina sigue todavía hoy bajo protectorado internacional. Esta República federal, que está dividida en dos entidades -la Federación de Bosnia y Herzegovina (compuesta a su vez por diez cantones) y la República Srpska (mayoría serbia), además del distrito de Brcko-, cuenta con una Constitución que fue incluida en los acuerdos de paz. En el documento se establece que los bosniacos, los croatas y los serbios son “los tres y únicos pueblos constituyentes”. Pero, ¿qué significa exactamente eso?

Ervin no pertenece a ninguno de esos grupos. Sus creencias no le permiten inscribirse en alguno de los tres registros. Esa decisión implica ciertas restricciones de sus derechos. Por ejemplo, no puede presentarse a un cargo público.

El distrito de Brcko fue reclamado por las dos entidades y la cuestión tuvo que someterse al arbitraje del Alto Representante en ByH. Desde el año 2000 es una región autónoma que cuenta con sus propias instituciones.

La comunidad internacional también diseñó una nueva bandera para Bosnia, pero no se ve mucho por el país.



Se supone que dentro de ByH no hay fronteras. Es verdad que no hay aduanas ni controles policiales al pasar de la parte serbia a la bosniaca, pero si no fuera porque no hay que enseñar el pasaporte, sonreír y cruzar los dedos para que el ocupante de la garita sea simpático, cualquiera pensaría que ha cambiado de país. La República Srpska parece una extensión de Serbia. No solo es que la bandera de Serbia ondee en innumerables balcones: la religión y la cerveza también se encargan de dibujar esa frontera. La República serbia está plagada de templos y cementerios ortodoxos. Viajar en coche permite admirar el hermoso paisaje de los Balcanes, pero también descubrir que sus  montañas están llenas de elementos funerarios e iglesias. Por supuesto, en todo este trayecto no hay mezquitas ni sinagogas (la única que queda en pie, fundada por los judíos sefardíes expulsados de España en el siglo XV, está en Sarajevo; se puede visitar su museo). Con la cerveza ocurre algo similar. A pesar de estar en Bosnia, solo se puede beber cerveza procedente de Serbia. Es imposible encontrar un botellín de Sarajevsko, la nacional. En los toldos de todos los bares se lee Jelen. Prefieren importarla, aunque salga mucho más caro.

Las fronteras son tan arbitrarias que han permitido, por ejemplo, que Sarajevo, la capital del estado, cuente con una parte bosnia y otra serbia. También que la ciudad de Banja Luka funcione como capital oficiosa de la República Srpska y que Mostar desempeñe la misma función en Herzegovina, donde se concentran los bosnio-croatas.

A pesar de que el serbio, el bosnio y el croata son prácticamente el mismo idioma, el frágil equilibrio que mantiene la convivencia ha hecho que los tres sean lenguas cooficiales en el país. Es tan difícil aprobar una ley en Bosnia que el Parlamento ni siquiera ha consensuado una declaración sobre lo ocurrido en Srebrenica, mientras que Serbia, en cambio, sí lo ha hecho. En el último aniversario de la matanza, el primer ministro serbio, que visitó el cementerio, fue apedreado.



Para que los visitantes se hagan una idea de lo inestable que era, y que es, la paz, es frecuente encontrar placas o souvenirs donde se relaciona el fatídico año 1992 con otro, el 84. Ocho antes del sitio, Sarajevo fue ciudad olímpica. Acogió los Juegos de Invierno. Fue una decisión simbólica. Era la primera vez que se celebraban en una ciudad del bloque socialista. Todavía hoy se pueden visitar las instalaciones, abandonadas a su suerte. Solo hay un bar situado al final de una pista de esquí, muy cerca del podio, que atrae a pocos turistas y a algunos bosnios.  Muy cerca se encuentra lo que queda de un antiguo hotel de lujo construido para el turismo alpino. Fue bombardeado por los serbios para evitar que lo usaran las tropas bosnias. Solo algún viajero, o policías que van a practicar tiro, suben hasta él. Las vistas desde la última planta son impresionantes. Desde ahí arriba, a más de dos mil metros de altura, cuesta creer que esas colinas y el valle donde se levanta Sarajevo fueron hace veinte años una pesadilla. También que muy cerca existan campos enteros llenos de minas, esperando alguna subvención europea que acabe con el peligro.  Hay carteles al borde del camino que prohíben el paso y recuerdan que retirar una de esas señalizaciones está penado por la ley. Desde que acabó la guerra han muerto alrededor de 700 personas, en su mayoría agricultores que, confiados de su conocimiento de la zona, se adentraron en el bosque en busca de leña que poder vender luego. La agricultura como modo de subsistencia es una práctica generalizada fuera de las ciudades del país. En las zonas rurales, la mayoría, la gente vende miel, tomates y rakia, un licor elaborado con fruta fermentada, en el arcén de la carretera.






Antes de que empezara la guerra, Sarajevo era un ejemplo de convivencia intercultural. Lo curioso es que ahora, dos décadas después de la tragedia, se puede llegar a tener la misma sensación paseando por sus calles. La ciudad está llena de mezquitas, pero también tiene espacio para una catedral y numerosas iglesias católicas y ortodoxas, además de un cementerio judío y una sinagoga. Puedes desayunar al lado de una mujer con burka sin haberte ni siquiera acostado. La vida nocturna de Sarajevo  es equiparable a la de cualquier capital europea. El eclecticismo de un país que supo construir ya en el siglo XVI un puente para unir Oriente y Occidente (el puente sobre el río Drina, en Visegrad, del que escribió Ivo Andrić) queda reflejado en su capital. Sin embargo, la historia ha demostrado que ese mestizaje no es ninguna garantía. La guerra no empezó porque musulmanes, judíos y católicos no toleraran vivir en el mismo sitio. Llevaban siglos haciéndolo. De hecho, durante el asedio de Sarajevo, como cuenta Alfonso Armada en su libro, había ciudadanos de distintos orígenes intentando sobrevivir, con toda la dignidad posible, a esa matanza. Esa mezcla estaba tan enraizada que había matrimonios con su futuro hipotecado por el odio nacional. Una mujer con la que habla esos días le dice que esta viviendo en un país en el que su marido podria verse obligado a tener que disparar contra ella.





La comunidad internacional miró para otro lado mientras miles  de civiles eran ejecutados  y miles de mujeres eran violadas por los radicales serbios. Solo algunos pudieron huir a otros países. Se convirtieron en refugiados. Los que sobrevivieron, mutilados, hijos de víctimas y descendientes de esas violaciones, viven en un país extraño, que en apariencia avanza hacia la normalidad, pero que esconde muchas contradicciones. Un estado anómalo, compuesto por una federación y una República, donde prevalecen leyes distintas. En la República Srpska está aprobada la pena de muerte, aunque no se haya aplicado. Lo único que se mantiene uniforme en la antigua Yugoslavia es algo de nostalgia hacia la época de Tito. Hay tazas, llaveros e imanes que se repiten a pesar de las fronteras, las reales y las artificiales. Los que viven allí entienden ese extraño reconocimiento. Unos añoran lo que él consiguió: mantener la unidad; otros han visto cómo su nivel de vida sigue siendo muy bajo y, en cambio, ha crecido la desigualdad. En realidad echan en falta una prosperidad que nunca han tenido y que no parece cercana. Porque todavía hoy Bosnia, como repite Ervin, empieza donde acaba la lógica.




16 de abril de 2015

Ismael

El primer disco que escuché de Ismael Serrano – Papá cuéntame otra vez– me lo prestó mi amigo Pablo cuando estábamos en segundo de BUP. Era de su hermano. Fue también él quien me descubrió a Silvio Rodríguez – Y Mariana-, a pesar de que en casa y en el coche de mis padres era habitual escuchar la voz del cubano. Desde entonces han pasado más de 15 años y 11 conciertos de Ismael. El martes, antes de ir al undécimo recital, en el Teatro Guimerá, pensaba en cómo me gustaba entonces el vallecano y en cómo me gusta ahora. Sigo acudiendo a escucharlo siempre que puedo, lo he entrevistado dos veces, he escrito un par de crónicas de sus actuaciones. Lo he visto en Sevilla y en Tenerife. Siempre acaba emocionándome, pero los sentimientos de los primeros años han cambiado bastante. Ahora a veces me cansa su pose teatralizada, su excesiva soleminidad, y hay canciones que no me terminan de convencer. Me ha costado reconcerlo. Supongo que es algo que ocurre con los ídolos, pero sobre todo con los ídolos que uno encuentra cuando tiene quince años. Sus canciones me descubrieron entonces la plasticidad de decenas de palabras que apenas había escuchado y que, de repente, tenía muchas ganas de utilizar. Creo, de hecho, que cuando empecé a escribir artículos de opinión en La Gaceta de Canarias -estaba en tercero de carrera- mi exceso de retórica tenía mucho que ver con aquellas canciones y aquellas palabras. Como si necesitara usarlas todas, retorcerlas para exprimir su significado. Luego el tiempo pasa, seguimos descubriendo palabras y personas, cambiamos de ídolos, pulimos el estilo en lo posible.
El primer concierto al que fui de Ismael se celebró en las antiguas terrazas de verano. Fui con unas amigas -recuerdo que me había enfadado con Pablo, aunque no por qué-, y que era un encuentro de cantautores. Imagino que también estarían Pedro Guerra, Rogelio Botanz y alguno más. Pablo vino a buscarme hasta una mesa en la que nos habíamos sentado a tomar algo antes del concierto para que viera algo. Ese algo era Ismael, apostado en una barra algo escondida, en medio de la gente, tomándose un wiskhy (si la memoria o la imaginación no me falla). Por supuesto, no me acerqué a él, a pesar de que Pablo me lo propuso. Solo lo observé desde la distancia. Pablo desterró a Ismael de sus referentes hace tiempo. Creo que el último concierto al que fuimos juntos fue de Björk y fue el mismo verano que vimos a Andrés Calamaro. Seguimos compartiendo mucha música. Yo no he hecho lo mismo con Ismael, pero he cambiado. O ha cambiado él. Eso sí, cuando canta VértigoÚltimamente o Ya ves (la lista, en realidad, es mucho más amplia) me siento como si el tiempo no hubiera pasado.

8 de enero de 2015

Los impostores

A Javier Cercas le costó años decidir si escribiría la historia de Enric Marco, un nonagenario barcelonés que se hizo pasar por un sobreviviente de los campos de concentración nazi y que fue desenmascarado en 2005, mucho tiempo después de que se hubiera convertido en presidente de la asociación española de víctimas y en conferenciante estrella. La historia le planteaba un gran dilema: no sabía si era correcto o no retratar a un hombre que había hecho del autoengaño y la mentira una forma de vida y que había generado tanto dolor entre los familiares y las víctimas reales del Holocausto. Habló con historiadores y escritores, conoció al propio Marco mucho tiempo antes de decidir que contaría su invento, vio en primicia el primer documental que se hizo sobre el personaje, conversó con uno de sus creadores, y siempre llegaba a la misma conclusión incómoda: si acababa firmando ese libro, si entrevistaba incontables veces a Marco, tendría que ponerse en su lugar, debería hacer lo posible por entenderle. Tardó tanto en aceptar que mientras publicó otro libro, Las leyes de la frontera, pero nunca dejó de darle vueltas a esa idea.

Cercas conocía muy bien la diferencia entre entender y justificar. Comprender por qué ese hombre -que sí sufrió los suplicios de las cárceles germanas pero no los de los campos- había sentido la ardiente necesidad de buscar el afecto ajeno a través del reconocimiento de un pasado que nunca ocurrió; aceptar que el descubrimiento de la mentira no había bastado para que se arrepintiera. Esa mezcla de ficción y realidad, que Cercas desarrolla magistralmente en una obra que abarca alrededor de un siglo, es la forma que tiene el escritor catalán de hablarnos de la honestidad. Ponerse en la piel de Marco, a pesar de repudiarlo, a pesar de no soportar su amor propio, es un ejercicio que muy pocas personas estarían dispuestas a hacer. La decisión de Cercas recuerda a una de las respuestas que daba la escritora argentina Leila Guerriero cuando le preguntaban sobre el boom de la crónica latinoamericana actual y sobre qué debería tratar. Nunca cuenta la vida de los ricos, la vida de los felices; se centra en todo lo que huela a dictadura, a penuria, a crimen organizado, a favela, a guerrilla, explicaba. Puede que muchos crean que es por descarte informativo, por priorizar a los que no tienen voz, pero ella se hacía una pregunta que de alguna manera también plantea Cercas y que todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿No lo hacemos porque elegimos no hacerlo, porque no nos interesa? ¿O porque no nos queremos salpicar? Y concluía: “Escribo para entender a pesar de mí; para entender sobre todo a pesar de mí; para entender, sí, hasta que duela”.

6 de enero de 2015

Las listas

Hay algo perverso en hacer listas. Cada vez que un año termina los suplementos culturales de todos los periódicos elaboran relaciones de las mejores novelas, ensayos, discos y hasta palabras. Además, si tienen tiempo y expertos suficientes, terminan de pulir esas listas añadiéndoles el criterio geográfico o el estilo. Las mejores canciones de rock en castellano, los ensayos extranjeros más impactantes, los intelectuales iberoamericanos más influyentes, las noticias más relevantes en la esfera internacional y hasta la palabra española más destacada. Antes de empezar un nuevo año necesitamos archivar bien el anterior; así, una vez que echemos la vista atrás, podremos saber exactamente cómo fue 1983, 1992 o 2014: qué leímos, qué escuchamos, qué ocurrió, qué nos dijimos.

La manía de enumerar fechas, sonidos o textos es un mecanismo artificial para luchar contra la pérdida de memoria. Hay fechas que no se olvidan, acontecimientos que, para bien o para mal, quedan grabados. Pero hay un contexto enorme, musical, literario, periodístico, que es muy difícil encajar en el calendario. Se difumina en un pasado que cada vez es mayor y donde los años, si no hay hitos, terminan confundiéndose y nos obligan a hablar de décadas o épocas. Los mejores libros del suplemento cultural Babelia no son los mismos que elegiría El Perseguidor y los discos seleccionados por Efe Eme no son los que escogería Rockdeluxe. Pero entonces, ¿qué lista atrapa mejor lo que ocurrió este año? Lo bueno de las listas es quién las hace, quién recomienda qué y por qué, en quién se deposita la confianza para que oriente futuras lecturas o escuchas.

Me gustan las listas, pero a veces me pregunto qué recordaríamos si nadie nos dijera que los libros de Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o Javier Cercas están entre los imprescindibles de 2014. O que entre los artistas internacionales que no nos podemos perder está Leonard Cohen o Fito Páez. O que el pulso soberanista, el comienzo del fin del embargo cubano o la crisis ucraniana fueron noticia, y además de portada. Por mucho que nos digan qué tenemos que recordar, qué pasó inadvertido y qué deberíamos haber leído, nuestra cabeza tiene otra manera de hacer las cosas. También archiva, también hace sus playlist, y cuando empieza a desprenderse de recuerdos, solo se aferra a las emociones. Lo hacemos todos por economía memorística, pero en primer lugar aquellos que padecen algún tipo de demencia senil. Ellos nos enseñan que solo se archivan para siempre los sentimientos. Por algo será.