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21 de noviembre de 2012

En mi hambre mando yo

Hace poco lo recordó José Luis Sampedro, pero lo cierto es que ocurrió hace bastante tiempo. Era la época de la República, en España había mucha hambre y el capataz de un cacique se dedicaba a ir de puerta en puerta comprando votos. Les daba dos duros, que entonces eran una fortuna, y les exigía fidelidad. Todo iba bien hasta que se encontró con un jornalero que cogió los dos duros y se los tiró al suelo. Lo miró y le dijo una frase que ha pasado a la historia: “En mi hambre mando yo”.

Salvador de Madariaga usó esta “anécdota” en el prólogo de uno de sus libros -España (1931)- y Sampedro quiso recordarlo hace algunos años en la entrega de unos premios. Todavía no había empezado la crisis, pero él ya necesitaba más ejemplos de dignidad para seguir adelante. Creía que sin el coraje de aquel pobre hombre el mundo no avanzaría en la dirección correcta. Desde entonces han pasado cerca de ocho años. La situación económica ha ido empeorando y miles de personas han tenido que armarse de coraje para sobrevivir. Los políticos en los que confiaron siguen sin saber cómo salir de esta.

El lunes, 15.000 personas presentaron su currículo para uno de los 150 puestos que ofrece una empresa de maquinaria agrícola en Getafe. No saben en qué consistirá el trabajo, ni cuánto cobrarán, pero eso no ha evitado que se pasen horas haciendo cola para entregar la documentación. Luego solo les quedará confiar en la suerte. La compañía efectuará un sorteo ante notario para elegir a 1.250 candidatos que competirán por los empleos. La formación, una vez más, no importará. Solo el azar decidirá si recuperan la dignidad y cuánto durará el sueño. Nuestros políticos tampoco lo saben. Intentan confiar en la suerte y cuando se se reúnen -véase la Conferencia de Presidentes de ayer- solo intentan llevarse un trozo más grande de la tarta. No han entendido aún que la tarta está podrida y que la recuperación de un país o de una región depende de la dignidad de sus habitantes, de esos que tienen que jugarse a cara o cruz un trabajo. Mientras el debate real no sea ese, no habrá nada que hacer.

Una de las primeras frases que leí de Eric Hobsbawm, el historiador que nos dejó el lunes, fue: “Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que íbamos directos al iceberg”. ¿Por qué nadie se bajó? La pronunció en otra época, en su siglo corto (1914-1989), pero puede trasladarse a nuestros días. Es la única certeza.

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