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30 de octubre de 2013

El presente no puede esperar

Los números, por mucho que se dividan por dos o por tres, siguen siendo muy duros. Hace solo unos días, la consejera de Empleo, Francisca Luengo, cuantificó en 55.000 los parados que se verán afectados por la inevitable disminución de ayudas después de que se aprueben las cuentas estatales para 2014. Su estimación coincidió con la publicación de un informe de la agencia Randstad que coloca a Canarias como la segunda comunidad con más parados de larga duración y advierte de que el 66% de los desempleados lleva más de un año buscando un trabajo. Seguramente todas las cifras son ciertas. Sin embargo, los porcentajes pasaron disimuladamente por los titulares de los periódicos. La repetición siempre logra ese efecto atenuante: la ausencia de novedad termina por adormecer. Ocurre con todas las tragedias, no importa el tipo.

Esa ausencia de novedad es lo que explica que las quejas de los dirigentes canarios se diluyan incluso cuando tienen razón. Hay quien dice que mirar para atrás no tiene sentido en estos tiempos de estrechez y que el camino se demuestra andando, pero tanto (injusto) recorte obliga a repensar el pasado más cercano, cuando el Archipiélago vivía su época de esplendor, y el turismo y la construcción convertían a Canarias en la ilusión de un nuevo Eldorado europeo. También entonces la comunidad era líder en número de desempleados y se situaba muy lejos de los estándares que Europa consideraba normales. No importó el lugar privilegiado en el mapa, su envidiable clima o las ayudas que se generaron durante todos los años que siguieron al ingreso en la Unión Europea.

La educación canaria siguió a la cola en todo el país, con unos índices de fracaso y abandono escolar que a nadie importaban. A fin de cuentas, cobrar 3.000 euros sin acabar la enseñanza obligatoria era posible y en ciertos ámbitos hasta habitual. Entonces, los ayuntamientos, los cabildos y el ejecutivo regional entendían sus planes de empleo como subvenciones. Ahora no queda dinero para mantener a miles de ciudadanos seis meses trabajando y seis meses cobrando el paro. Y es una tragedia saberlo y no poder hacer nada. Les dimos el pescado en vez de la caña. Ahora, con las arcas vacías, es cuando las aulas comienzan a llenarse. Buenas noticias para el futuro. Lástima que el presente no pueda esperar.

23 de octubre de 2013

#LaFiestadelCine: El precio sí importa

Un incremento de asistencia de un 550% de un lunes a otro. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero en el caso del cine -que esta semana anda de celebración- los datos son más impactantes que las imágenes de largas colas que han alegrado las secciones de Cultura de los periódicos. No es la primera vez que ocurre. Una vez al año, desde hace cinco, las salas se unen en su lucha contra el descenso de espectadores y venden entradas a bajo coste. En esta ocasión, en plena crisis y con la austeridad dictando las prioridades, un millón y medio de personas solicitaron su acreditación para escaparse de la rutina y colarse en una de las salas adheridas a la iniciativa.

El breve paréntesis, que solo se prolonga durante tres días, demuestra que las declaraciones recientes del ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, -“yo no habría subido el IVA pero el verdadero problema es la piratería”- son, como mínimo, discutibles. El precio influye tanto como la defensa personal y colectiva que hagamos de la cultura. Por eso, la masiva asistencia es como un oasis en medio del desierto. Hace que olvidemos, durante algunos días, que los Renoir Price ya no ofrecen películas en versión original y que ver una película extranjera sin doblar solo es posible en alguno de los reducidos pases de la Filmoteca Canaria y en TEA Tenerife Espacio de las Artes. O que meses atrás, para ahorrar, muchos cines decidieron vender entradas en la cantina, en lugar de en las taquillas. Sin embargo, cuando la Fiesta del Cine llega a su fin, la crisis vuelve a instalarse con fuerza en las salas, nos recuerda que los Renoir están agonizando en la calle Salamanca, y en otras muchas calles españolas, y que el TEA batalla cada día por mantener una programación estable.

Pero la crisis de la industria no solo reduce las oportunidades de adentrarnos en mentes ajenas y vivir otras vidas. También hace que miles de películas ni siquiera lleguen a aterrizar en nuestras islas. Por eso, hoy más que nunca, hay que agarrarse a experiencias que duran un par de días. Una de ellas tuvo lugar el fin de semana pasado. El TEA ofreció seis pases de The act of killing, una crónica del horror que recorrió Indonesia en los años 60 y su vigencia hoy. Hay otras películas, otros documentales, que no pueden derribar la frontera que estamos construyendo. El consuelo de los ignorantes es que para verlas no tendremos que viajar porque siempre nos quedará la piratería. Lo que yo me pregunto es si quedarán películas por las que hacer cola.

9 de octubre de 2013

Comunismo intelectual


Pagar o no pagar. Desde que Internet cambió nuestra forma de consumir el cine y la música, el reto ha sido el mismo: lograr que las descargas ilegales no se conviertan en la única fórmula para democratizar la cultura. El debate, sin embargo, se ha estancado, y la llegada de la crisis ha hecho que las oportunidades de reavivarlo se esfumen. La crisis ha puesto el candado a cientos de salas de cine, ha recortado el número de conciertos -especialmente en las ciudades pequeñas- y ha convertido el teatro en una actividad casi testimonial. Los empresarios son incapaces de hacer frente al IVA, el público fiel no puede permitirse los pequeños lujos de otros tiempos y la gran mayoría entiende que la propiedad intelectual es el nuevo campo experimental del comunismo. A fin de cuentas, si se puede ir al cine sin levantarse del sofá y a coste cero, ¿para qué ir? ¿Dónde está el incentivo?

Escribía Emilio Lledó días atrás que la música no solo amplía y enriquece nuestra capacidad de sentir, sino que nos permite entender mejor, pensar mejor, ser mejores. El argumento es igualmente válido para explicar por qué es importante el teatro o el cine; responde, en definitiva, a la pregunta de por qué la cultura nos humaniza. Lo que no consigue, ni conseguirá, es convencer a los indiferentes de que la cultura es patrimonio de la humanidad, pero que esa distinción no implica que tenga que ser gratis.

Hace unos días, en un reportaje publicado en Rockdelux sobre las ventajas y las desventajas de Spotify, un músico contaba la tristeza que sentía cada vez que escuchaba a alguien decir que en los últimos diez años no había comprado un disco.

No hay una sola explicación para esta tendencia. Los precios tienen su cuota de responsabilidad: incentivan la piratería. También influyen el comportamiento cortoplacista de las discográficas y la subida del IVA cultural o, lo que es casi lo mismo, tener un ministro de Hacienda que, en un exceso de simplicidad y prepotencia, achaca el descenso de taquilla del cine español a su mala calidad. Todo eso es cierto, pero hay una parte de responsabilidad que no estamos teniendo en cuenta. Hay gente que no puede pagar, pero hay mucha más que simplemente no quiere pagar. En ese grupo se encuentran, sin ir más lejos, los políticos y los periodistas, que intentan conseguir invitaciones de manera indiscriminada. Ahí está el gran problema de la cultura (que afecta al periodismo y a casi todo): si los que pueden pagar no pagan, la cultura jamás será democrática. De hecho, mucha dejará de existir.

2 de octubre de 2013

El derecho a veto

Cuando Libia se convirtió en un caos, la comunidad internacional exigió una respuesta y Naciones Unidas acabó invocando el principio de la responsabilidad de proteger. Fue un hecho histórico. Hasta entonces la promesa de que Ruanda, Sbrenica o Camboya no se repetirían era solo teoría; nunca se había llevado a la práctica. Se pudo hacer porque ninguno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad -Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Rusia y China- utilizó su derecho a veto. En el conflicto sirio no ha ocurrido lo mismo. Los cinco ni siquiera se han sentado en la misma mesa: saben que no habrá acuerdo, que sus intereses particulares no permitirán que haya consenso y que la guerra siria seguirá su curso sin una acción coordinada.

Cada vez que Naciones Unidas tiene que tomar una decisión de este tipo se repiten las mismas cuestiones: ¿hasta qué punto es legítimo que un solo país pueda imponer su voluntad al resto? ¿Cuándo se reformará la estructura del organismo encargado de velar por la paz mundial?

Todos los sistemas que cuentan con derecho a veto son son una anomalía dentro de las democracias. Nos damos cuenta cuando vemos cómo funciona Naciones Unidas o la Organización Mundial del Comercio (OMC). Buscar el consenso absoluto tiene el riesgo de ignorar el pensamiento de la mayoría.

En estos tiempos en los que se habla tanto de que las democracias están en crisis porque los gobiernos nacionales no tienen autonomía frente a los mercados, deberíamos pensar en otro derecho al veto más cotidiano. La crisis no sólo está dando pie a más injusticias, sino que nos está haciendo más injustos. Cada vez queremos ceder menos y nos esforzamos más en anteponer nuestros deseos a los del resto. La explicación es muy simple: no confiamos en que exista un proyecto común. Estamos seguros de que nadie nos tenderá la mano cuando caigamos. Es exactamente lo mismo que llevó a las naciones vencedoras de la Segunda Guerra Mundial a mantener su exclusivo club tantos años después: la desconfianza y la certeza de que sólo ellos velarían por su propia seguridad. Ahora, sus intereses condicionan la política internacional y la vida de millones de personas; y nuestro individualismo boicotea nuestro propio modelo de convivencia. No podemos pedir democracia si nos la seguimos cargando en las distancias cortas.

Marca personal

Las redes sociales son el lugar perfecto para comprobarlo: vivimos en la era del envoltorio. O lo que es lo mismo, en un mundo donde el continente le ganó la partida al contenido. Sucedió sin que nos diéramos cuenta. El marketing ya se había apoderado del lenguaje mucho antes de que las nuevas tecnologías transformaran nuestros hábitos, pero nunca antes había ocurrido lo que está pasando ahora. Internet nos ha demostrado que sin una marca personal no eres nadie, no existes. Pero, ¿cómo se crea esa imagen? ¿Qué similitudes tiene el narcicismo digital con el nacionalismo de hoy?

Escribía hace unos días Antonio Muñoz Molina que el nacionalismo actual es kitsch y que “el kitsch es el imperio de los aspavientos incontrolados de la emoción y la sensibilidad, de la desproporción entre la sustancia y el envoltorio, del subrayado inexistente, del golpe de efecto seguro por encima de la sugerencia”.

Su definición del sentimiento independentista me recordó inevitablemente el comportamiento de muchos alter egos en Twitter o Facebook, que se pasan la vida demostrando lo asombrados que están de su propia elocuencia y sensibilidad. Algunos simplemente se han enamorado de sí mismos y necesitan mostrarse ante el mundo, buscar admiradores por doquier con los que garantizar una autoestima sin fisuras. Otros, simplemente, han entendido cómo funcionan las cosas hoy, que ya no vale con trabajar, tener inquietudes, divertirse o formarse. Saben que una de las fórmulas para triunfar pasa por comunicar, porque lo que no se publica en alguna red no ha sucedido.

En esta vertiente virtual del histrionismo es donde nos ha tocado vivir. La tecnología ha puesto a nuestro alcance un altavoz desde el que mostrarnos al mundo. Es una oportunidad fabulosa para compartir con otras personas sueños y batallas. El reto, ahora, es que sepamos separar, entre tanta propaganda, lo que de verdad merece la pena. No dejemos que el envoltorio sea más importante que el caramelo. No podemos permitirnos dejar de buscar, de indagar, de perseguir la excelencia. No debemos conformarnos con las apariencias. Cuando el sabio señala la luna con el dedo, el imbécil se queda mirando el dedo. ¿Seremos capaces de no hacer lo mismo?