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28 de marzo de 2012

Mi derecho a tener derechos


Tony Judt se pasó treinta años escuchando a sus alumnos decir lo mismo. "Para ustedes fue fácil: su generación tenía ideales, podía cambiar las cosas. Nosotros (los hijos de los 80, los noventa, del 2000) no tenemos nada". ¿Por qué?

Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, Europa era un territorio devastado por la violencia. El alto el fuego no trajo la tranquilidad: nadie se llegaba a sentir del todo seguro. En menos de 50 años el continente había vivido dos sangrientos conflictos, uno detrás de otro, que no dejaban mucho espacio para la esperanza. Fue en ese contexto cuando empezaron a surgir los sistemas de protección social que hoy conocemos. Tributación a cambio de seguridad. Y funcionó. Es cierto que el mundo cayó en una larga guerra fría donde las dos superpotencias batallaban de otra forma, y también que la carrera nuclear fue la mejor técnica de disuasión posible, pero nadie duda hoy de que el papel de los estados del bienestar fue fundamental en la construcción de la paz. Eso no acabó con la disidencia. Hubo jóvenes que se dieron cuenta de que todo no estaba hecho, de que el comunismo y el capitalismo oprimían a ese Tercer Mundo que se alineó en Bandung, y de que la equidad, para muchos, aún quedaba muy lejos. Los negros, los estudiantes, las mujeres y, más tarde, los homosexuales, se habían quedado en la cuneta: había que defender la igualdad de oportunidades. El problema fue que, en el camino, esta batalla por la igualdad se transformó en una lucha por el individualismo, por la identidad. Y ya se sabe lo que ocurre con las identidades: en exceso, pervierten la búsqueda de objetivos comunes.

Así y todo, durante las décadas que siguieron al fin de la guerra, había ideales claros que uno podía seguir con entusiasmo y devoción. Los estados del bienestar, mejor o peor, seguían dando cobijo. Esas generaciones no tenían miedo. Al menos no el miedo que hoy sentimos, esa inseguridad, esa certeza de que viviremos peor que nuestros padres y de que nadie nos ofrecerá una alternativa real a la que aferrarnos. Esa sensación de que vamos a tener que salvarnos solitos, sin ayuda de nadie. Y de que lo único que conseguiremos será sobrevivir a duras penas.

Cuando miles de jóvenes ocupamos la plaza de Sol -apodada esos días la Plaza de las Soluciones- el mundo sonrió. Luego llegaron las preguntas. Nos decían que no bastaba con indignarse, que había que proponer algo. Es curioso: de repente teníamos la obligación de abandonar las asambleas, decidirnos por un líder y diseñar un catálogo de medidas para cambiar el mundo. ¿Cómo se le podía pedir a miles de personas, con distintas aspiraciones y tristezas, que articularan un ideario político? ¿No estaba el Estado para eso? ¿No le encomendaron nuestros abuelos al Estado la misión de protegernos porque pensaban que era quien mejor podía hacerlo? Eso era lo que pensábamos hasta entonces, pero resulta que no, que el Estado nos dijo que era incapaz de seguir haciendo lo que nos había prometido medio siglo atrás. Ellos ya no mandaban. El poder lo tenían los mercados.

Seguramente fue entonces cuando me di cuenta, realmente, de que sí que estábamos solos. Éramos muchos, y era muy emocionante. Recuerdo la noche que Sol se quedó en silencio, cómo ensayamos antes, cómo Madrid pareció enmudecer en señal de protesta. No me olvido de las miles de pancartas ingeniosas que decoraban la república de Sol, ni de los chicos repartiendo fruta o bocadillos, las asambleas, los comités o los cánticos. De la policía siempre vigilante, de los helicópteros, de las conversaciones utópicas y de esa sensación de estar viviendo algo importante. Por lo menos, algo que a mí me importaba mucho. Tampoco me olvido de los oportunistas, que pensaron que aquello era un mercadillo y venían a robar firmas para evitar el derribo de un edificio o prohibir las corridas de toros. Todos los que tenían algo que les indignaba vinieron. ¿Acaso no tenían derecho? ¿No estaban allí los indignados?

Allí estábamos y todos queríamos lo mismo: cambiar el mundo, nuestro mundo, pero estaba claro que no sabíamos cómo hacerlo. Es que, por lo visto, había que cambiarlo todo, pero había tantos mundos... ¿Por dónde empezar? En algo estábamos de acuerdo: lo que queríamos era que nuestro estado del bienestar volviera, que los mercados terminaran con el secuestro y que todo volviera a la "normalidad". Pero lo que pasó fue que los gobiernos, mi gobierno (salió elegido de las urnas, ¿no?), sufrían el síndrome de Estocolmo. El Estado había decidido romper el contrato que teníamos y no estaba dispuesto a negociar otro. A lo único que estaba dispuesto era a imponer lo que los secuestradores querían.

Como nadie quería negociar nada, muchos españoles decidieron que había que convocar una huelga general. Una huelga que apoyaré por dignidad, por solidaridad y, también, porque me siento frustrada. Porque creo que debo luchar por tener derecho a tener derechos, como diría Hannah Arendt. Exijo renegociar ese contrato. Quiero repensar la globalización. Necesito creer que voy a estar orgullosa de vivir (sea con más o con menos dinero que hoy). Siento que es un momento trágico y que, si no peleamos por esos ideales, nos vamos a quedar a la intemperie de la humanidad.

20 de marzo de 2012

Los suicidas de este mundo

Quiero contarles la historia de Las Heras. Las Heras es un pueblo argentino situado al norte de Santa Cruz, una provincia que estuvo bajo el mandato de Néstor Kirchner entre 1991 y 2003. Nació en 1911, cuando las obras del ferrocarril patagónico alcanzaron este territorio alejado de la civilización. No se construyeron más vías porque estalló la Primera Guerra Mundial, pero Las Heras ya tenía una parada en el mapa de ferrocarril. Todo volvió a cambiar a partir de los años 60, cuando se descubrió que bajo sus tierras se escondía mucho petróleo. YPF comenzó la explotación, pero al iniciarse la década de los 90 el gobierno argentino se alió con Repsol y optó por la privatización: hubo despidos y crisis, pero esa es otra historia. Lo que quiero contarles es lo que Leila Guerriero se encargó de publicar, en forma de crónica, para que el mundo conociera la tristeza de Las Heras. Empecé a pensar en ese libro cuando el Partido Popular decidió autorizar las prospecciones petrolíferas en aguas cercanas a las islas. O quizás fue mucho antes, porque el relato de Leila no va solo de muertes y petróleo.

Entre 1997 y 1999 una oleada de suicidios sacudió esta pequeña localidad petrolera. Doce jóvenes se quitaron la vida en dos años. Ni siquiera eran los primeros. La periodista Leila Guerriero viajó hasta este desolado paraje y visitó cada rincón del pueblo buscando una explicación (Los suicidas del fin del mundo, Tusquets). Su periplo quedó recogido en 230 páginas, pero no logró resolver el enigma: todavía hoy los suicidios siguen produciéndose en este lugar asediado por el paro y la falta de futuro para los jóvenes. Pero en Buenos Aires, y en el resto del mundo, los diarios siguen sin decir nada de los muertos del Sur. Nadie sabe qué ocurre allí; tampoco que en otros tiempos fue el lugar perfecto para empezar de nuevo. Ofrecía empleo y futuro a foráneos. ¿Les suena?

Las Heras vivió su boom del petróleo al mismo tiempo que las Islas experimentaron su boom del turismo. Pero Canarias siempre ha sido un punto geoestratégico. Su ubicación en el mapa hizo de este Archipiélago un enclave codiciado por grandes potencias a lo largo de los siglos. Fue escala en las rutas comerciales y una plataforma tricontinental desde la que mirar hacia África y Latinoamérica. En las últimas décadas, esta tierra de tradición emigrante creció, le sacó partido a su actual industria motor -el turismo- y se aprovechó de los beneficios de pertenecer a la Unión Europea. Hasta hace bien poco, así era Canarias. Sin embargo, era una realidad endeble: el crecimiento se había sostenido sobre una única industria, el turismo, despreciando todo lo que la sociedad del conocimiento podía ofrecer. Sin el cemento y el ladrillo no habríamos crecido, pero solo con cemento y ladrillo no podíamos crecer eternamente.

Hoy a los canarios les quita el sueño otro debate: decir sí o no al hipotético y futuro boom del petróleo offshore. Es un debate que se parece mucho al que renace cada vez que en este país se habla de energía nuclear, pero esa también es otra historia. No es una obligación estar a favor de que Repsol perfore nuestras entrañas ni estar en contra, lo único que sí debería ser un imperativo es que sepamos definirnos con argumentos, con información. Y, también, que dejemos que algunos se sitúen en medio, apoyándose en un relativismo que a veces es bueno, y otras, no tanto. Yo espero que, entre tanta consigna interesada y tanta desinformación, haya alguien que se dé cuenta de que no podemos volver a olvidarnos del boom que nunca llega: el de la economía del conocimiento. Se trata de que nuestros jóvenes se están marchando, de que esta huida masiva tendrá un impacto catastrófico sobre nuestra demografía, de que eso incidirá en las jubilaciones, las pensiones y los servicios sociales; se trata de que también tenemos que concentrarnos en lo que de verdad importa. Porque, con petróleo o sin él, estas islas lo tienen muy crudo. Ya es hora de que alguien piense en alternativas, de que alguien busque una respuesta a la inevitable pregunta que Canarias está obligada a hacerse: ¿Cómo evitamos el suicidio?