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23 de marzo de 2016

Llegadas

Hay despedidas que tienen música, pero también llegadas. A veces alguien la elige por nosotros. Ese día me habría levantado a las seis de la mañana. El único avión que volaba a Sevilla entonces salía a las ocho. Aterrizaría sobre las once. Alguien me iría a recoger al aeropuerto, como en casi todas mis llegadas durante aquellos cuatro años. Abriría la puerta de casa. Nos contaríamos anécdotas. Almorzaríamos. Tomaríamos un manchado. Iríamos a clase. Y a la salida nos encontraríamos a aquel chico que nos rogaría que fuéramos como público a un programa de Canal Sur. "Me han dejado colgado". Yo solo tenía ganas de irme a casa, pero no coló.

Siempre he querido marcharme, pero nunca he sabido hacerlo. Cuando empezaba a irme ya echaba de menos lo que dejaba. Me ha ocurrido siempre, salvo en Roma, donde, por cierto, la casualidad también hizo que viéramos a Jorge Drexler en aquel auditorio.

Al final, aquel lunes agotador, acabé en un taxi que nos llevó a los estudios de la tele. Nos sentamos sin saber quién era el invitado. Y resultó que era Luis Pastor, y que de repente se puso a hablar de Güímar, de su mujer, la hermana de Pedro Guerra,  de lo que le gustaba Tenerife. Y cantó su alegato en contra de la Guerra de Irak, la guerra que marcó mis años de carrera, la que hizo que se suspendieran las clases pero que la facultad siguiera abierta, 24 horas, en "alerta informativa", por la que hicimos pancartas, por la que encendimos velas en Plaza Nueva.

La casualidad ha hecho que hoy haya acabado escuchando esa canción. Ya no estamos en Sevilla. Irak sigue en nuestras vidas. Pero ahora me resisto mucho más a las despedidas y tengo muchas menos cosas claras que entonces. Será la edad o serán las guerras.

22 de marzo de 2016

La libertad, una rareza




Dicen que apenas tenemos memoria histórica, que no somos capaces de recordar lo que ocurrió hace apenas unas décadas, que el mundo corre tan veloz que hay que redactar leyes que salvaguarden nuestras vivencias colectivas y aminoren el ritmo de destrucción de recuerdos. Lo que ayer era nuevo hoy es viejo.

Es verdad. El mundo parece girar cada vez más deprisa y con tanta información, con tantos detalles, nuestra memoria se parece cada vez más a la de un pez. Es una cuestión de economía: los viejos recuerdos tienen que hacer sitio a los nuevos. Todo parece menos duradero, menos férreo. Todo menos los valores y los derechos que hemos conseguido. Estos no solo parecen inamovibles, sino también que siempre han estado aquí.

Es difícil aceptar que seamos incapaces de imaginar cómo era la vida hace 45 o 50 años, pero más aún que no nos demos cuenta de cómo es hoy la vida en la mayor parte del mundo. Somos una rareza, a pesar de todas las grietas que nuestro sistema tiene.

En estos tiempos, cuando Estado Islámico intenta destruir la esencia de Europa y los sentimientos xenófobos entran en algunos de nuestros parlamentos, tenemos que recordar el camino andado, pero también observar lo que ya está sucediendo. Según el informe de Freedom in the World 2016, en 2015 se cumple una década de descenso de la libertad global. El total de países que viven en completa libertad se ha reducido por primera vez en 2015 y la población en países sin libertad casi iguala a la que vive en países libres. Esta advertencia no es nueva: desde periodistas hasta organizaciones sin ánimo de lucro llevan años denunciando este retroceso.

Necesitamos memoria histórica, pero también una buena dosis de presente.

PD. La libertad en el mundo: una década de caída.



6 de marzo de 2016

Los recuerdos que nos faltan




Fue una consecuencia, o un efecto, del horror que se vivió en noviembre del año pasado, cuando unos terroristas cometieron varios atentados, entre ellos una matanza en la sala Bataclan de París, y mataron a 130 personas. Al día siguiente, la policía encontró en el Stade de France, uno de los escenarios de los ataques, un pasaporte sirio con el nombre de Ahmad Almuhammad. Entonces nadie sabía si el documento pertenecía a alguno de los suicidas que habían sembrado el caos en la capital gala; ni siquiera si era falso. Sin embargo, y a pesar de la cautela que imploraron los agentes, periodistas y políticos ya tenían excusa para construir el vínculo entre refugiados y terroristas y boicotear el espacio Schengen, esa construcción europea que tanta prosperidad y progreso ha traído a Europa. El tiempo dio la razón a quienes pedían prudencia. La falsificación de documentos sirios se ha convertido en un lucrativo negocio para las mafias dedicadas a la trata de personas. Si tienes nacionalidad siria te será más fácil entrar en Europa, aseguran. Esas promesas tienen precio: de 1.000 a 4.000 euros. Muchos sirios han tenido que pagar desorbitadas cantidades después de que les hayan robado su identidad durante el duro periplo hacia, se supone, la paz. 
 
Todo esto lo cuenta el periodista Daniel Verdú en un interesante artículo publicado en la revista Claves de enero y febrero. También que uno de los terroristas logró viajar desde Turquía hasta Grecia y luego atravesar los Balcanes con el pasaporte encontrado en París. “Según la prensa francesa, el nombre inscrito en el documento (Ahmad Almuhammad) correspondía a un soldado de Bachar al Asad fallecido hacía meses. Días después la policía serbia detuvo a otro hombre con idéntico pasaporte, pero distinta foto. Ambos eran falsos y se compraron en el mercado negro de documentos falsos para refugiados”. 

Situaciones parecidas podrían contarse en Calais, donde se calcula que seis mil personas malvivían los días que se produjeron los atentados. A muchos de esos refugiados también les robaron la documentación por el camino y tuvieron que recuperarla o adquirir otra para continuar. Pero se habla poco de eso. También de que, de momento, no hay vínculo entre terrorismo y refugiados. Lo que sí se sabe ya es que Ismael Omar Mustafá (Courcouronnes, 1985), francés de segunda generación, con una hija y una esposa embarazada, educado en la escuela pública, que viajó a Siria para combatir bajo las órdenes de Estado Islámico, fue uno de los terroristas que se inmoló aquel día tras asesinar a decenas de personas. Su relación con los refugiados que huyen hoy es que estuvo en Siria aterrorizándolos y matando a suEsos refugiados, a ojos de quienes no pueden huir, quienes están desplazados en sus propias ciudades, son unos privilegiados. Ellos han tenido los ahorros suficientes como para emprender ese viaje incierto. Muchos llevan años en poblados de casetas de campaña que recorren nuestra amurallada Europa. Están hacinados en el fin del mundo y son envidiados por ello.

Hay una ciudad turca, en la frontera con Siria, que ya ha acogido a más de 120.000 refugiados. Algunos no han conseguido llegar más lejos porque no tienen dinero. Otros esperan su oportunidad de cruzar una frontera que en otros tiempos fue muy porosa. Muchos tienen que rehacer el camino andado y regresar a un hogar que ya no existe y donde ni siquiera tienen familia. Se les ha acabado el dinero para seguir huyendo. Esa ciudad, Kilis, que ha duplicado su población desde que comenzó el conflicto armado, es hoy candidata a Premio Nobel de la Paz. Acoge a sirios que no han podido ir más lejos por falta de dinero, pero también a los que ahora no pueden cruzar y esperan el momento o a quienes entran en Turquía solo para poder ser atendidos en un hospital. El flujo de entrada se ha parado, pero si Alepo cae la presión será brutal. El periodista Bostjan Videmsek ha ido hasta allí para contarnos las miserias que pasan, esas tragedias personales que nunca nos llegan. Para influir en nuestra memoria, para que nuestros recuerdos no sean que un refugiado protagonizó una matanza en la sala Bataclan. Lo ha escrito en Ahora Semanal. 

A veces me asusta pensar cómo esos miedos, que muchas veces surgen por falta de información, nos hacen ejercer tanta presión sobre nuestros gobiernos para que se tomen determinadas decisiones. Y cómo el pánico que tienen los políticos a no volver a ser elegidos hace que siempre se decanten por lo que la masa quiere, bajo cualquier circunstancia. En el momento de la historia en el que podemos acceder a más datos, a más historias, a más penurias, no lo hacemos. Me pregunto cuántas atrocidades permitiremos solo por no tener los recuerdos necesarios, por no haber leído, por no haber escuchado, por no haber creído que la solidaridad es la mejor forma de progreso que ha existido y existirá. Y entonces vuelvo a comprender la importancia y la fragilidad del periodismo.