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18 de julio de 2016

Los blogs (de mi vida)

Mi primer blog fue una obligación. Estaba en cuarto de carrera y un profesor pensó que la mejor manera de evaluarnos de su asignatura -no recuerdo el nombre, pero era algo sobre nuevas tecnologías- era hacerlo a partir de un blog. Entonces apenas había escuchado aquella palabreja y no entendía por qué no podía llamarse simplemente bloc. El soporte no me parecía importante. Fue el primer error de unos cuantos que seguí cometiendo y que me hicieron mantener una relación odiosa con él. Su objetivo era que los alumnos completáramos diferentes ejercicios que él iba marcando semanalmente. Cuando nos preguntó cómo se tenía que escribir en internet yo le escribí un decálogo, pero acabé recordando algo que le había leído a García Márquez, que lo importante, mucho más allá del medio, era saber escribir. Cuando nos hizo detallar el nuevo rol del teléfono móvil en nuestras vidas hice lo propio: acabé explicándole la escasa atención que poníamos ya cuando leíamos periódicos, esa tendencia a quedarnos con el titular. Pese a mis esfuerzos por contestar a sus cuestiones -pero también hacer mis acotaciones- solo saqué un cinco. El seis era el límite para no tener que hacer un examen que consistía en diseñar una pagina web con aquel dreamweaver. Entonces estaba indignada, pero hoy sé que yo habría suspendido a alguien a quien se le había ocurrido llamar a su blog "El caleidoscopio de la globalización, la cultura y la comunicación". Al mismo tiempo lo completé con los artículos que entonces publicaba en La Gaceta de Canarias. Ahora los releo y sé que a muchos les iba perfecto ese encabezado... (léase con un tono irónico considerable)

El segundo blog fue un placer. Lo abrí el año siguiente, cuando me fui de Erasmus a Roma. Al principio no hubo tiempo para nada. Luego empecé a enviar emails de vez en cuando a los amigos contándoles de todo un poco. Pero en un erasmus, sin internet  (no era una novedad, me pasé toda la carrera sin saber lo que era la wiffi),  en una casa en la que apenas estábamos, encontrar tiempo para mandar correos personalizados era imposible. Así que de los correos pasamos a las entradas esporádicas en aquel blog. Entonces pensé en una canción de Calamaro para ponerle un nombre menos pretencioso. Aunque el objetivo era doble -contar a los demás, pero también archivar los recuerdos para el día que los echara en falta-, lo cierto es que me gustó hacerlo y seguí escribiendo algún tiempo después. Hace unos días decidí sacar aquella ristra de historias de la red y quedármela para mí. Fue como cuando Facebook te recuerda qué paso un día como hoy. Algunas historias quieres compartirlas otra vez; otras prefieres recordarlas en solitario.

Mi tercer blog es este. Cuando lo abrí lo hice, sobre todo, para recopilar aquello que publicaba en el periódico y no quería perder. La archivística no es lo mío (y aquí podría contar otra historia de la asignatura de biblioteconomía). Exige demasiado tiempo que prefiero dedicar a otra cosa. La tecnología, esa que tanto nos ayuda pero que sigo pensando que es un soporte, me permitía hacerlo de manera sencilla. El título del blog se lo debo a una amiga y compañera de trabajo. Fue ella quien me lo propuso cuando pensaba nombre para las columnas del periódico de hace años.  

Parece que a la tercera aprendí que en eso de los nombres tengo que delegar. Pero creo que los blocs o los blogs seguirán. 

13 de junio de 2016

Homofobia o islamismo radical

Qué fue primero, la homofobia o la adhesión al islamismo radical. Omar Mateen mató el domingo a 50 personas en un club gay en Orlando y antes de hacerlo manifestó su fidelidad al grupo terrorista Estado Islámico. Muchos políticos se apresuraron a dar su pésame y apoyo a las víctimas y sus familias a través de las redes sociales. En concreto, el líder de Izquierda Unida, Alberto Garzón, fue muy criticado por aludir al heteropatriarcado y no esperar a que se desvelara que el joven ya estaba en el punto de mira del FBI y que mantenía ciertos vínculos con Daesh. Pero, más allá de que la homofobia y el yihadismo puedan ser compatibles, ¿de verdad  fue el islamismo radical el origen de esta tragedia?

Haizam Amirah, analista del Instituto ElCano, planteó el viernes pasado, durante unas jornadas sobre la extensión del yihadismo en África, una pregunta que ayuda a encontrar respuestas a esta cuestión: ¿Se está radicalizando el islamismo o se está islamizando el radicalismo? El investigador principal para el Mediterráneo y el Mundo Árabe de este centro de pensamiento advirtió de que los países occidentales están sobredimensionando los actos de este grupo terrorista -que no es ni el único ni el más mortífero- y están provocando reacciones exageradas -y peligrosas- de sus gobiernos. Ello, y las técnicas de comunicación usadas por Daesh, favorecen el efecto imitación. Muchos de los que matan en nombre de Alá no saben nada de esa religión. Gritar Allahu Akbar (Alá es el más grande) te encasilla en un grupo terrorista determinado, pero, sobre todo, populariza tu masacre. Hoy en día -insistía también ayer a través de su Twitter- cualquier criminal, cualquier persona llena de odio sólo tiene que presentarse como "musulmán" para ganar fama mundial. "Se ha creado un gran incentivo para que criminales y desequilibrados ejerzan violencia extrema en nombre del Islam y así recibir atención global".

Quizás, para entender dónde está el origen real de lo que pasó ayer, haya que recordar, como también hizo Amirah, que el asesino de Orlando estaba fichado por el FBI desde 2013, pero que aún así pudo comprar un rifle de asalto sin problema, y que "en Canadá se han producido ocho matanzas a tiros en los últimos 20 años mientras que en Estados Unidos siete solo en la última semana". 

La profesora de Derecho Administrativo Roser Martínez Quitante ponía el foco en el mismo asunto en un interesante artículo publicado en Ahora Semanal acerca de las distintas regulaciones sobre armas que hay en EEUU y sus efectos: "En Estados Unidos hay un tiroteo en masa casi cada día" y cada año "siguen muriendo 33.000 estadounidenses por arma de fuego". (..) "Las políticas para la prevención de esa violencia son casi inexistentes y eso que los gastos en atención médica por discapacidades prematuras, muerte o lesiones por esta razón están disparados y las cárceles tienen cinco veces más presos por 100.000 habitantes que otros países como Reino Unido".

El islamismo radical, como siempre, no lo explica todo.



10 de mayo de 2016

Europa: memoria e ilusiones

Cuentan que Sofia Corradi se enfadó tanto después de regresar de Columbia y que no le convalidaran ni una sola asignatura en La Sapienza que decidió buscar alguna fórmula para que eso no ocurriera más. Su familia podía permitirse pagarle un año más de estudios, pero ¿y quienes no podían hacerlo?

Así, o en parte así, nacieron en 1987 las becas Erasmus. Esta semana Sofia, "la mamma erasmus", recibió un reconocimiento en España por su aportación a la consolidación del proyecto europeo. La primera promoción Erasmus estuvo compuesta solo por 3.244 estudiantes y hoy ya más de 3.5 millones de jóvenes han estudiando en alguna universidad de otro estado miembro. Sus promotores sabían que la integración europea solo tendría sentido si contenía una fuerte dimensión social. Y lo consiguieron.

Ahora, a punto de celebrar los tres decenios de uno de los proyectos que más fronteras ha borrado sin que nos demos cuenta, Erasmus no parece estar sirviendo para consolidar ningún sentimiento de pertenencia a Europa. No se trata de que el sistema de becas no esté funcionando, que no facilite que miles de estudiantes salgan cada año de sus ciudades y se relacionen con chicos y chicas con las que comparten una cultura común. El problema es que esa libertad de movimiento debe venir acompañada de un discurso esperanzador, de un relato de la Europa que tenemos y la que queremos, y eso no está ocurriendo. 

Cuando decides irte a estudiar fuera de España no lo haces pensando que eres parte del engranaje de un proyecto de integración. No analizas que apenas unas décadas antes un muro dividía Europa y, a la vez, dos maneras de entender el mundo. Tampoco cómo se logró cimentar una unión así después de dos guerras atroces. Tienes 20 o 22 años y lo que buscas es vivir una experiencia distinta. Es maravilloso poder pasar un año en una ciudad que pasará a formar parte de tu historia; sentir que no hay fronteras y que el mundo es demasiado grande como para quedarnos quietos en el mismo sitio, ajenos a tanto. Pero, ¿de verdad vamos a seguir creyendo que no tener que llevar pasaporte va a ser lo único que mantenga unido el continente? 

Cuando defiendo la necesidad de una Unión Europea no pienso en el tiempo que pasé en Roma, en cómo durante un fin de semana éramos capaces de recorrer Nápoles, Pompeya, Capri o Venecia, Bolonia y Florencia. Para quienes pasamos toda la carrera fuera de casa, la equivalencia entre erasmus y turismo de juerga es un poco absurda: la posibilidad de emborracharte cuatro días seguidos no era un aliciente para irte más lejos. El aliciente era el que probablemente también te llevó antes a salir de casa de tus padres: ver, descubrir, conocer. De la misma manera, cuando nos enfadamos con la Europa que tenemos, no lo hacemos solo porque creamos que la desaparición de este proyecto puede traer demasiados inconvenientes burocráticos o que en tiempos de potencias emergentes debemos defender un mercado de más de 400 millones de personas. Lo hacemos, o eso me gusta pensar, porque seguimos pensando que Europa, con todas sus renuncias, representa el mejor ideal democrático. 

Hector Abad Faciolince escribió a finales del año pasado un artículo en Letras Libres defendiendo esa idea. En el monográfico sobre Europa, el escritor colombiano contaba cómo llegó huyendo de su país después de que mataran a su padre. Para él, el continente que lo acogió representaba y representa el ideal democrático. Pero a pesar del significado que ha tenido Europa en su vida, también se ha dado cuenta de que no funciona igual con sus hijos ni con las nuevas generaciones.

"Cuando vivía en Italia tuve dos hijos que son europeos en pleno derecho (yo en últimas, aunque por un momento lo deseé, desistí de convertirme en italiano). Una estudia en España y el otro en Italia. Pero ambos quieren vivir y trabajar (¡crear algo nuevo!) en Colombia, en esta Colombia dura, desigual y todavía muy violenta. ¿Por qué? Porque en España y en Italia no ven futuro: ven solo caras largas, tristes, y puertas cerradas. Depresión, no tanto económica, sino anímica. No ven entusiasmo, nadie quiere apostar por ellos, nadie quiere correr riesgos, nadie les dice que podrán llegar a hacer buenas películas, buenos libros o casas donde uno sienta el placer de no vivir a la intemperie. Ven miedo, ira, resentimiento, depresión, aburrimiento, discordia. Pereza en la abundancia y postración en la escasez. A la mayoría de los europeos parece que se les olvidó la alegría de la dolce vita, el entusiasmo de la movida española. Si Europa no recupera la alegría y la pasión juveniles –esa que todavía veo respirar en los viejos barrios de Berlín oriental, hoy renacidos, llenos de jóvenes y niños– entonces será más fácil que unos locos, o unos fanáticos, o unos populistas, devuelvan a Europa a esas pesadillas nacionalistas anteriores a 1945. Hay que tener memoria, para no volver allá. Y hay que tener ilusiones, para seguir mejorando el futuro". 

Memoria e ilusiones. Solo así podremos seguir construyendo Europa. 


PD. El artículo de Héctor Abad, completo, aquí


12 de abril de 2016

Una sociedad crowdfunding


Me gusta encontrar a personas con las que tengo algo en común y me gusta ayudar a que esos proyectos se pongan en marcha. Quizás por eso desde hace tiempo me siento como una especie de micromecenas del periodismo español. Cada vez que encuentro un periódico, revista o semanario que me entusiasma me siento tentada a suscribirme. Y esa tentación suele traducirse en que saque mi tarjeta de la cartera y escriba todos los dígitos de manera automática. A veces soy un poco tonta, porque incluso cuando algunos de esos medios empiezan a decepcionarme al intentar decirme cómo debo pensar, sigo pagando. Trato de concentrarme en lo que me aportan y en lo difícil que es hacer bien este oficio en tiempos en los que nos quieren convencer de que a casi nadie le importa el periodismo. En otras palabras, me gasto mi dinero en distintos medios porque no solo me gusta mi trabajo, sino que creo en él y en muchos periodistas que cada día, con más pena que gloria, hacen un trabajo excelente. Lo hago casi como una cuestión de fe, o eso me gusta pensar.

Sin embargo, me preocupa mucho esa sociedad crowdfunding en la que vivimos. Todo el mundo pide dinero para su proyecto. Lo hacen algunos escritores para escribir su novela -el número de capítulos depende de las aportaciones de esos futuros lectores- y  los voluntarios que se van a Grecia o a Turquía para ayudar a los refugiados que huyen de la guerra. Incluso hay administraciones que han diseñado plataformas para que los ciudadanos encuentren la manera "segura" de ponerse en contacto entre ellos y colocar sus ahorros en alguna iniciativa social. 

Es fascinante que Internet nos permita formar comunidades y sacar adelante proyectos sin necesidad de contar con un potente inversor que financie la aventura. Puede considerarse una forma de democratizar los intereses en unos tiempos en los que las subvenciones escasean y todos, ONG, artistas y profesionales, quieren seguir viviendo, y si es posible, haciendo lo que les gusta. Pero da un poco de tristeza esa forma de mendigar compromisos. Esos guetos contribuirán a sufragar novelas, conciertos o almuerzos, pero el resto, en esta crisis que se ha olvidado del arte y de la acción social, simplemente no existirá. A mí me da un poco de miedo pensar que solo tendremos aquello que algunos queramos pagar. Lo que puede sorprendernos, lo que aún no nos imaginamos, lo que a priori no nos gusta, no existirá. Es decir, viviremos de la fe de unos cuantos. 

11 de abril de 2016

No es tiempo para héroes



Evitar la construcción de doscientas viviendas sociales en Yonkers Este, un barrio "decente" de la ciudad neoyorkina, en la década de los ochenta. Esa fue la promesa que hizo que Nick Wasicsko se convirtiera en el alcalde más joven del país. Los vecinos se negaban a convivir con familias de negros procedentes de zonas conflictivas donde la droga y las redadas formaban parte del paisaje, y aquel chico, que no se había planteado llegar a la alcaldía y mucho menos que la planificación urbanística podía reducir la desigualdad, se comprometió a mantener la pureza de esos adosados.

Este escenario es el que elige David Simon para escribir su su mini serie "Show me a hero", seis capítulos basados en hechos reales que retratan las miserias de la política local, pero también las de una sociedad decidida a luchar para mantener su estabilidad.  Este guionista que se aleja de lo común suele elegir asuntos turbios y poco frecuentados por las televisiones. "Me interesa que la gente debata sobre estos temas", dijo en una entrevista reciente. Su próxima serie, que hará con la cadena HBO, trata sobre la industria del porno y acaban de rechazarle otra sobre la situación de Cisjordania en la que quería involucrar a palestinos e israelíes.

En "Show me a hero" Simon nos recuerda que no es tiempo para héroes y que los políticos suelen representarnos mejor de lo que creemos. Todos venimos del mismo sitio, de la sociedad que mejor o peor hemos construido.

La promesa que hace Wasicsko para llegar a la alcaldía dura poco. Los políticos se deben al pueblo, por muy equivocado que este pueda estar, pero los tribunales solo tienen que ser justos. El juez no permite que aquel alcalde accidental haga realidad los deseos de sus electores. A pesar de las argucias legales y del convencimiento de que ese es el peaje que debe pagar para poder gobernar, Wasicsko no tiene más remedio que decidir la distribución de los pisos. La otra opción es caer en bancarrota y despedir a cientos de trabajadores.

De esa manera, aquel hombre que nunca se había planteado si su promesa era justa, o simplemente útil, acaba convertido en adalid de la integración. Tiene que soportar los gritos de decenas y decenas de ciudadanos en los plenos del ayuntamiento donde intenta, muchas veces sin éxito, aprobar la moción que da cumplimiento a la orden legal. Los vecinos que increpan constantemente al alcalde no admiten que sus miedos esconden racismo y el alcalde no se percata de que para gobernar hay que tener una idea de la ciudad o el país en el que se quiere vivir. En una ocasión, Wasicsko se reúne con sus concejales y los responsables de urbanismo con el único objetivo de adjudicar las viviendas con la menor oposición vecinal posible. Cuántas deben estar en cada enclave y cómo deben ser si queremos evitar otro gueto parece una cuestión intrascendente. Entonces alguien dice: pero ¿queremos simplemente hacerlo o además queremos que funcione?

La gloria efímera de la política le pasa factura. No solo porque su recorrido en la alcaldía se convierte en un infierno, sino porque a partir de ese momento vive exclusivamente para volver a la política. Pudo ser un héroe accidental, pero la ausencia de ideales y la propia realidad lo expulsan de su despacho. El azar y la justicia lo convierten en el artífice de la integración racial en Yonkers, pero la forma de lograrlo -ser un animal político- también lo condena. La serie muestra a unos personajes complejos, con matices; escasean los buenos, pero también los malos, y cada uno batalla por su propia vida. Al final, cuando terminas el último capítulo de esta ficción documental, solo puedes pensar que en estos tiempos es difícil encontrar héroes en los que creer, incluso héroes por accidente.

6 de abril de 2016

Firmitis

Al principio, lo único que importaba era que te hicieras un nombre. Tienes que firmar para que te conozcan, repetían los jefes a quienes empezaban en el oficio hace algunos años. Entonces, los nuevos llegábamos a las ruedas de prensa y nos preguntaban si éramos becarios: nadie sabía que existíamos y, lo peor, no parecíamos tener edad suficiente para hacer algo decente. Ese consejo ya se escucha menos, pero no porque haya más cautela o hayamos descubierto los peligros asociados a la firmitis: lo que ha cambiado es que ahora son pocos los que empiezan y muchos los que abandonan las redacciones para siempre. La crisis ha dejado medios desiertos, pero estos años de despidos y precariedad no explican todas las malas prácticas que se han asumido como cotidianas o efectos colaterales. Aún así, la observación no estaba equivocada, lo único que tiene un periodista es su nombre. Por eso nuestros nombres no deberían aguantarlo todo.


Firmar cualquier texto es una actitud injusta -hacia quienes sí lo escribieron: periodistas de agencias o gabinetes- y poco honesta, pero es que, además, se corren dos riesgos muy graves: no contar lo que está sucediendo y no ser útiles. Decía Martín Caparrós en una entrevista reciente que las nuevas tecnologías nos están haciendo más cómodos y, por tanto, menos periodistas. "Internet tiene consecuencias bastante negativas, como el hecho de que hay muchos periodistas que no van ni a la esquina. Quieren saber si llueve y entran en el Weather Channel", decía entonces. Difícilmente sabremos qué preocupa a "lagente", como dice el argentino, qué problemas tiene, qué matices hay en cada historia que ya está sucediendo, si pretendemos escribirlas sin movernos de delante del ordenador. O lo que es peor: si nos hemos convencido de que editar una nota tiene algo que ver con HACER nuestro trabajo.

Sí, solo tenemos nuestro nombre, por eso deberíamos seleccionar y firmar lo que consideremos que merezca llevar nuestra firma. No creo que la calidad de un periodista se mida "al peso", es decir, por el número de informaciones firmadas, sino por su capacidad de entender y explicar el mundo. Ni siquiera se trata de dar la información antes, sino de darla bien. Por mucho que les repitamos a nuestros lectores que publicamos una exclusiva o que la primicia fue nuestra, solo nos recordarán si estamos ayudándoles a comprender qué ocurre a nuestro alrededor y qué tiene que cambiar. Es una tarea muy complicada, pero que vale la pena intentar.

23 de marzo de 2016

Llegadas

Hay despedidas que tienen música, pero también llegadas. A veces alguien la elige por nosotros. Ese día me habría levantado a las seis de la mañana. El único avión que volaba a Sevilla entonces salía a las ocho. Aterrizaría sobre las once. Alguien me iría a recoger al aeropuerto, como en casi todas mis llegadas durante aquellos cuatro años. Abriría la puerta de casa. Nos contaríamos anécdotas. Almorzaríamos. Tomaríamos un manchado. Iríamos a clase. Y a la salida nos encontraríamos a aquel chico que nos rogaría que fuéramos como público a un programa de Canal Sur. "Me han dejado colgado". Yo solo tenía ganas de irme a casa, pero no coló.

Siempre he querido marcharme, pero nunca he sabido hacerlo. Cuando empezaba a irme ya echaba de menos lo que dejaba. Me ha ocurrido siempre, salvo en Roma, donde, por cierto, la casualidad también hizo que viéramos a Jorge Drexler en aquel auditorio.

Al final, aquel lunes agotador, acabé en un taxi que nos llevó a los estudios de la tele. Nos sentamos sin saber quién era el invitado. Y resultó que era Luis Pastor, y que de repente se puso a hablar de Güímar, de su mujer, la hermana de Pedro Guerra,  de lo que le gustaba Tenerife. Y cantó su alegato en contra de la Guerra de Irak, la guerra que marcó mis años de carrera, la que hizo que se suspendieran las clases pero que la facultad siguiera abierta, 24 horas, en "alerta informativa", por la que hicimos pancartas, por la que encendimos velas en Plaza Nueva.

La casualidad ha hecho que hoy haya acabado escuchando esa canción. Ya no estamos en Sevilla. Irak sigue en nuestras vidas. Pero ahora me resisto mucho más a las despedidas y tengo muchas menos cosas claras que entonces. Será la edad o serán las guerras.

22 de marzo de 2016

La libertad, una rareza




Dicen que apenas tenemos memoria histórica, que no somos capaces de recordar lo que ocurrió hace apenas unas décadas, que el mundo corre tan veloz que hay que redactar leyes que salvaguarden nuestras vivencias colectivas y aminoren el ritmo de destrucción de recuerdos. Lo que ayer era nuevo hoy es viejo.

Es verdad. El mundo parece girar cada vez más deprisa y con tanta información, con tantos detalles, nuestra memoria se parece cada vez más a la de un pez. Es una cuestión de economía: los viejos recuerdos tienen que hacer sitio a los nuevos. Todo parece menos duradero, menos férreo. Todo menos los valores y los derechos que hemos conseguido. Estos no solo parecen inamovibles, sino también que siempre han estado aquí.

Es difícil aceptar que seamos incapaces de imaginar cómo era la vida hace 45 o 50 años, pero más aún que no nos demos cuenta de cómo es hoy la vida en la mayor parte del mundo. Somos una rareza, a pesar de todas las grietas que nuestro sistema tiene.

En estos tiempos, cuando Estado Islámico intenta destruir la esencia de Europa y los sentimientos xenófobos entran en algunos de nuestros parlamentos, tenemos que recordar el camino andado, pero también observar lo que ya está sucediendo. Según el informe de Freedom in the World 2016, en 2015 se cumple una década de descenso de la libertad global. El total de países que viven en completa libertad se ha reducido por primera vez en 2015 y la población en países sin libertad casi iguala a la que vive en países libres. Esta advertencia no es nueva: desde periodistas hasta organizaciones sin ánimo de lucro llevan años denunciando este retroceso.

Necesitamos memoria histórica, pero también una buena dosis de presente.

PD. La libertad en el mundo: una década de caída.



6 de marzo de 2016

Los recuerdos que nos faltan




Fue una consecuencia, o un efecto, del horror que se vivió en noviembre del año pasado, cuando unos terroristas cometieron varios atentados, entre ellos una matanza en la sala Bataclan de París, y mataron a 130 personas. Al día siguiente, la policía encontró en el Stade de France, uno de los escenarios de los ataques, un pasaporte sirio con el nombre de Ahmad Almuhammad. Entonces nadie sabía si el documento pertenecía a alguno de los suicidas que habían sembrado el caos en la capital gala; ni siquiera si era falso. Sin embargo, y a pesar de la cautela que imploraron los agentes, periodistas y políticos ya tenían excusa para construir el vínculo entre refugiados y terroristas y boicotear el espacio Schengen, esa construcción europea que tanta prosperidad y progreso ha traído a Europa. El tiempo dio la razón a quienes pedían prudencia. La falsificación de documentos sirios se ha convertido en un lucrativo negocio para las mafias dedicadas a la trata de personas. Si tienes nacionalidad siria te será más fácil entrar en Europa, aseguran. Esas promesas tienen precio: de 1.000 a 4.000 euros. Muchos sirios han tenido que pagar desorbitadas cantidades después de que les hayan robado su identidad durante el duro periplo hacia, se supone, la paz. 
 
Todo esto lo cuenta el periodista Daniel Verdú en un interesante artículo publicado en la revista Claves de enero y febrero. También que uno de los terroristas logró viajar desde Turquía hasta Grecia y luego atravesar los Balcanes con el pasaporte encontrado en París. “Según la prensa francesa, el nombre inscrito en el documento (Ahmad Almuhammad) correspondía a un soldado de Bachar al Asad fallecido hacía meses. Días después la policía serbia detuvo a otro hombre con idéntico pasaporte, pero distinta foto. Ambos eran falsos y se compraron en el mercado negro de documentos falsos para refugiados”. 

Situaciones parecidas podrían contarse en Calais, donde se calcula que seis mil personas malvivían los días que se produjeron los atentados. A muchos de esos refugiados también les robaron la documentación por el camino y tuvieron que recuperarla o adquirir otra para continuar. Pero se habla poco de eso. También de que, de momento, no hay vínculo entre terrorismo y refugiados. Lo que sí se sabe ya es que Ismael Omar Mustafá (Courcouronnes, 1985), francés de segunda generación, con una hija y una esposa embarazada, educado en la escuela pública, que viajó a Siria para combatir bajo las órdenes de Estado Islámico, fue uno de los terroristas que se inmoló aquel día tras asesinar a decenas de personas. Su relación con los refugiados que huyen hoy es que estuvo en Siria aterrorizándolos y matando a suEsos refugiados, a ojos de quienes no pueden huir, quienes están desplazados en sus propias ciudades, son unos privilegiados. Ellos han tenido los ahorros suficientes como para emprender ese viaje incierto. Muchos llevan años en poblados de casetas de campaña que recorren nuestra amurallada Europa. Están hacinados en el fin del mundo y son envidiados por ello.

Hay una ciudad turca, en la frontera con Siria, que ya ha acogido a más de 120.000 refugiados. Algunos no han conseguido llegar más lejos porque no tienen dinero. Otros esperan su oportunidad de cruzar una frontera que en otros tiempos fue muy porosa. Muchos tienen que rehacer el camino andado y regresar a un hogar que ya no existe y donde ni siquiera tienen familia. Se les ha acabado el dinero para seguir huyendo. Esa ciudad, Kilis, que ha duplicado su población desde que comenzó el conflicto armado, es hoy candidata a Premio Nobel de la Paz. Acoge a sirios que no han podido ir más lejos por falta de dinero, pero también a los que ahora no pueden cruzar y esperan el momento o a quienes entran en Turquía solo para poder ser atendidos en un hospital. El flujo de entrada se ha parado, pero si Alepo cae la presión será brutal. El periodista Bostjan Videmsek ha ido hasta allí para contarnos las miserias que pasan, esas tragedias personales que nunca nos llegan. Para influir en nuestra memoria, para que nuestros recuerdos no sean que un refugiado protagonizó una matanza en la sala Bataclan. Lo ha escrito en Ahora Semanal. 

A veces me asusta pensar cómo esos miedos, que muchas veces surgen por falta de información, nos hacen ejercer tanta presión sobre nuestros gobiernos para que se tomen determinadas decisiones. Y cómo el pánico que tienen los políticos a no volver a ser elegidos hace que siempre se decanten por lo que la masa quiere, bajo cualquier circunstancia. En el momento de la historia en el que podemos acceder a más datos, a más historias, a más penurias, no lo hacemos. Me pregunto cuántas atrocidades permitiremos solo por no tener los recuerdos necesarios, por no haber leído, por no haber escuchado, por no haber creído que la solidaridad es la mejor forma de progreso que ha existido y existirá. Y entonces vuelvo a comprender la importancia y la fragilidad del periodismo. 


1 de febrero de 2016

Periodismo sin épica



Hay profesiones más románticas que otras. A pesar del descrédito al que estamos sometidos, a los periodistas todavía se nos suele exigir que renunciemos a todo, que antepongamos el bien común al nuestro, que huyamos de cualquier comodidad y, por supuesto, que cobremos poco. Solo así podremos -quizás, solo quizás- hacer una labor decente. Esa exigencia siempre me ha recordado a una de las primeras cosas que aprendí cuando llegué a la facultad de periodismo. El primer día de clase, un profesor, no demasiado entusiasta al encontrarse aquella aula abarrotada de alumnos, nos dijo: “Los que se hayan matriculado en Periodismo porque quieran descubrir un Watergate o ser corresponsales de guerra, mejor que se den la vuelta”.  Yo todavía no tenía muy claro por qué me había matriculado, pero esas dos razones no tenían nada que ver con mi empeño en irme fuera de Tenerife a estudiar Periodismo. Y eso me preocupó más.  Me hizo convencerme de que no estaba donde tenía que estar. Si nunca me había puesto el listón tan alto, ¿de verdad pensaba que estaba hecha para esto?

Han pasado quince años desde entonces. Ni siquiera recuerdo qué profesor lo dijo –teníamos 16 asignaturas anuales y mi memoria ha sido bastante selectiva-, pero es una frase que me viene a la cabeza de vez en cuando. Me ocurrió ayer en el cine, cuando terminé de ver Spotlight, una película que retrata las vicisitudes de un equipo de redactores en el transcurso de una investigación, y al mismo tiempo -y creo que es más importante- nos cuenta lo importante que es hacer bien nuestro trabajo, sea cual sea.

Spotlight significa foco y es el nombre de un equipo de investigación del Boston Globe, el periódico que desveló que los casos de pederastia no eran “manzanas podridas” dentro de la Iglesia Católica, sino un problema sistémico que recorría toda la institución y había contado con un doloroso y perverso silencio de los mandamases de turno. En una de las escenas, uno de los abogados que medió a favor de la Iglesia en muchos casos de abuso, se defiende de las acusaciones veladas del jefe de Spotlight y le dice: “Solo hacía mi trabajo. Y vosotros,  ¿cómo es que no lo visteis?” Esa redacción, años antes, tuvo las mismas piezas del puzzle a la espera de que alguien las juntara. Las víctimas y los letrados eran los mismos. Fue algo que durante años sucedió gracias a la impunidad que da que muchos miren hacia otra parte. De hecho, cuando los periodistas empiezan a rebuscar y a entrevistarse con decenas y decenas de víctimas se dan cuenta de algo: todo el mundo sabía la noticia menos ellos, que eran quienes debían contarla.

La investigación no surge gracias al olfato de unos pocos redactores intrépidos, capaces de ir detrás de la noticia a costa de lo que sea. No es una película que mitifique la profesión. Todo empieza cuando llega un director nuevo al periódico. Un hombre gris, que no muestra entusiasmo, que no es el prototipo de director que, a priori, todos los redactores querríamos tener como mentor. Simplemente cree que ahí hay algo y que el Globe nunca indagó lo suficiente como para conocer su alcance. Ni siquiera es un tema novedoso. Pero él lo único que quiere es hacer su trabajo. Y lo único que les pide a sus redactores es que hagan su trabajo. Es periodismo aséptico, sin épica. Del que más nos hace falta. Porque, como dijo Scalfari y repite muchísimo Juan Cruz, periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente.  Seamos gente, sin épica, pero con el empeño y las ganas de hacer nuestro trabajo de la manera más honesta y diligente que podamos.