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27 de mayo de 2012

Canarias no es Gibraltar



La bandera de las siete estrellas siempre ondea, pero también se cuelan la de la República, la del orgullo gay o la de la Unión Soviética. Lejos han quedado aquellos días en los que una sociedad salía a la calle por una única causa. Hoy se programan manifestaciones a las que puede acudir todo aquel que encuentre un motivo por el que gritar. Se puede estar en conta del Puerto de Granadilla, de las prospecciones petrolíferas, de los recortes en educación y sanidad, de la reforma universitaria de Bolonia, del rescate de Bankia, del colonialismo español y hasta de la gestión europea de la crisis. Uno se puede adherir a todas las causas que desee. No importa si son incompatibles entre sí o no. Lo único que importa es llevar un eslogan ingenioso.

Antes el independentismo se colaba en otras manifestaciones, pero últimamente sus líderes creen que la realidad está de su parte. La crisis está haciendo estragos en los países del sur de Europa, rebajando el nivel de la calidad de vida y recortando el Estado del Bienestar. Los independentistas creen que éste es su momento: quieren canalizar la frustración que está surgiendo por la nefasta gestión europea de la crisis. Están en su derecho. Muchos otros partidos políticos a lo largo y ancho del continente han utilizado la eurofobia para ganar adeptos. Los independentistas canarios piensan que el Archipiélago debería convertirse en un territorio autónomo, con capacidad para gestionar sus recursos y velar por el futuro de sus ciudadanos. Los nacionalistas no van tan lejos, pero casi.

Hay varias formas de ser independiente, pero históricamente en Canarias se ha recurrido al discurso del colonialismo español para reclamar autonomía. Se insiste en que el Archipiélago, que geográficamente pertenece al territorio africano, debería ejercer el derecho a la autodeterminación. Este derecho, que quedó recogido en la Declaración sobre la independencia de los países y pueblos coloniales de Naciones Unidas, se redactó quince años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial. Hoy resulta complicado imaginar a los líderes europeos sentados en una mesa repartiéndose el mundo. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió. Los dirigentes se citaron en la Conferencia de Berlín para dividirse, a escuadra y cartabón, el mapamundi. La colonización ya había empezado antes, lo único que querían era decidir hasta dónde podían llegar unos y otros con sus empresas expansionistas. Es decir, ponerse de acuerdo para ampliar sus imperios sin necesidad de llevar a cabo más guerras de las necesarias. No se imaginaban que llegaría el día en el que todos esos ciudadanos se levantarían y lucharían por sus derechos. Cuando finalizó la Primera Guerra Mundial, W. Wilson ya se había dado cuenta de lo peligrosa que era esta situación y pidió a los europeos que terminaran con el sometimiento de África y Asia para poder vivir en paz. Nadie hizo caso y la paz apenas duró.

No era extraño que Wilson estuviera preocupado: a principios del siglo XX, el 90% de África y el 95% de Oceanía estaban bajo el dominio de las potencias europeas. Esta situación no empezó a cambiar hasta que, en la segunda mitad del siglo pasado, los ciudadanos de todos esos territorios decidieron sacrificarse por su independencia. Hay una frase que resume bien este proceso. Se la dijo Sekou Turé, que luego sería presidente de Guinea Conakry, a Charles de Gaulle en 1958: "Guinea prefiere la libertad en la pobreza a la opulencia en la esclavitud". Estaba en lo cierto. El 98% de los ciudadanos votó sí a la independencia y los franceses se fueron. Eso sí, retiraron todas las ayudas y Guinea Conakry cayó en una espiral de pobreza y corrupción de la que no ha salido.

En la misma época en la que Guinea Conakry accedió a la independencia lo hicieron otros muchos pueblos. Fue durante esos años cuando Antonio Cubillo puso en marcha el MPAIAC y comenzó a poner bombas para exigir la independencia de Canarias. El Che le dijo que optara por la "propaganda armada" y la guerra de las pulgas, y eso fue lo que hizo. En cualquier caso, lo que siempre reclamó Antonio Cubillo fue la descolonización de Canarias. Todavía hoy sigue convencido de que las Islas viven bajo el yugo de la metrópoli y, por eso, en 2010 solicitó nuevamente a Naciones Unidas que Canarias fuera incluida en el Comité de Descolonización.

Su petición no prosperó. El Derecho Internacional no está de parte del líder independentista. Canarias nunca podrá acceder a la independencia con la declaración de Naciones Unidas en la mano porque no cumple ninguno de los requisitos. No puede acceder a la autonomía por ninguna de las dos vías que contempla NNUU: ni alegando el derecho a la autodeterminación (no existe un pueblo diferente y subordinado al que vive en la metrópoli) ni aludiendo a la vulneración de la integridad territorial (éste sí es el caso de Gibraltar, que es una colonia británica en suelo español).

El territorio fue usurpado bajo el derecho de conquista en el siglo XV. La lógica de la época era esa: las relaciones entre pueblos estaban dominadas por la fuerza y unos conquistaban a otros. Pero no puede hablarse de colonia como lo entiende Naciones Unidas porque nunca existió un pueblo canario dominado por el gobierno central. Canarias entró a formar parte del Estado español igual que cualquier otra región. Eso sí, con las dificultades y las ventajas derivadas de la geografía. En esta realidad está el origen de las exenciones fiscales de Canarias, que nacieron con la incorporación de las Islas a la Corona de Castilla (todavía no existía España). Este principio quedó plasmado en el Régimen de Puertos Francos (1952), en la Ley del Régimen Económico y Fiscal (REF) aprobada en el franquismo y en la Constitución de 1978, que, en su artículo 138, también se hizo eco de este hecho diferencial y de la necesidad de buscar la equidad. Y desde que España entró en las Comunidades Europeas, Canarias ha tenido un tratamiento diferenciado por ser un territorio ultraperiférico.

Las opciones canarias para reclamar la independencia por la vía de la descolonización tampoco mejoran si tenemos en cuenta la definición de colonia recogida en el Diccionario de la Real Academia Española, que señala que una colonia es un territorio dominado y administrado por una potencia extranjera. Canarias es hoy una comunidad autónoma con plena representación en el Parlamento español, igual que lo es Andalucía, Cataluña o Galicia.

¿Por qué el caso de Gibraltar es diferente al canario?

Gibraltar pertenece al Reino Unido desde 1713 cuando, al término de la Guerra de Secesión española, se firmó el Tratado de Utrecht. Sin entrar en todos los conflictos jurídicos que se han derivado del tratado, según la legislación internacional (que ya sabemos que no siempre se cumple) se trata de un territorio que en tiempos precoloniales perteneció a España y que debe acceder al proceso descolonizador porque vulnera la integridad territorial del Estado español. Pero todas las descolonizaciones no son iguales. Naciones Unidas jamás ha reconocido el derecho a la autodeterminación en Gibraltar porque, igual que en Canarias, no existe un pueblo titular de ese derecho. Lo que sí ha hecho la Asamblea General es emitir varias resoluciones en las que pide que se ponga en marcha la descolonización de Gibraltar por la vía de la reintegración territorial. En otras palabras, ha instado a Reino Unido a devolver el Peñón a España.


Pero como tantas otras resoluciones de la Asamblea General de NNUU, las que tienen que ver con Gibraltar tampoco parece que vayan a servir para mucho. No se trata solo de que Gran Bretaña no quiera desprenderse del Peñón por cuestiones estratégicas, sino de algo más complicado: los gibraltareños no quieren ser españoles. A finales de los años 60, el gobierno británico, que estaba insatisfecho con el curso de los acontecimientos, decidió convocar un referéndum para que los gibraltareños decidieran si querían vivir bajo soberanía española o mantenerse vinculados a Reino Unido. El resultado fue abrumador: 12.138 votos a favor de que la situación siguiera como los tres siglos anteriores frente a 44 en contra, además de 55 votos nulos. Naciones Unidas tardó apenas tres meses en reaccionar y adoptó la Resolución 2353 (XXII), en la que condenaba el referéndum declarándolo contrario a las resoluciones adoptadas por la Asamblea General sobre la descolonización de Gibraltar. Las razones eran claras: Gran Bretaña no podía convocar un referéndum porque no existía el derecho a la autodeterminación.

Para completar las discrepancias entre las dos partes falta observar lo que ocurre con el mar. Hoy, el derecho internacional dice que las aguas territoriales están bajo la soberanía de los estados costeros. Esta afirmación tiene difícil aplicación en el caso de Gibraltar, ya que ese tratado no era el que regía las relaciones entre países cuando España cedió el territorio, por lo que resulta complejo hacer una interpretación unívoca de lo dispuesto en el tratado. Decidir quién tiene la soberanía de las aguas adyacentes al Peñón, teniendo en cuenta lo que se entendía por puerto de Gibraltar cuando se firmó el acuerdo, es una ardua tarea. Una vez más, las interpretaciones han alumbrado dos posiciones enfrentadas. Reino Unido reclama para sí las aguas adyacentes al Peñón en virtud del Derecho Internacional del Mar, que concede a los estados ribereños derechos soberanos sobre las aguas que bañan sus costas. España, por su parte, teniendo como base el propio tratado y lo que en aquella época se consideraba puerto de Gibraltar, niega tajantemente estos derechos a Inglaterra.

Exigencias aparte, lo único cierto es que hoy la soberanía de Gibraltar está en manos británicas. Puede sorprender que siempre surjan los mismos problemas entre dos naciones -España e Inglaterra- que comparten un mismo proyecto: llevan años dentro de la Unión Europea pensando en un futuro común. Gibraltar es una colonia dentro de una Europa que aspira a ser un territorio único, sin fronteras, con ciudadanos con idénticos derechos y oportunidades. La eterna colonia europea resume muy bien el estado actual de las relaciones entre los países europeos. Nadie quiere perder soberanía, aunque la realidad supere las aspiraciones gubernamentales.

Lo que sí tienen en común Canarias y el Peñón es otro asunto. El Estrecho de Gibraltar es un pasillo con un intenso tráfico de petroleros sobre el que no se tiene control. También lo es Canarias. En ambos casos España corre riesgos medioambientales y de seguridad todos los días. Eso, sin embargo, todavía no ha encontrado un lugar destacado en las manifestaciones. Probablemente sea porque nadie se ha inventado un eslogan interesante.

20 de mayo de 2012

Cuando creíamos en Europa



Hace cinco años todavía creíamos en Europa. Creíamos tanto que el Consejo Europeo, que por ese entonces presidía Nicolas Sarkozy, encargó a brillantes expertos un diagnóstico de las enfermedades que la Unión Europea padecería en las dos décadas siguientes. Entre los consultados estaban Felipe González, Mario Monti y Jorma Ollila. El análisis se llamó Proyecto Europa 2030 y empezaba así: "Lo que vemos no es tranquilizador para la Unión y sus ciudadanos...". Los ciudadanos tampoco estaban tranquilos. El Eurobarómetro de 2009 reflejaba la misma incertidumbre: la mayoría de los europeos creía que la vida en 2030 sería mucho más difícil. También que la situación económica y el paro serían las cuestiones más importantes para su país. La crisis apenas había empezado cuando el grupo se reunió por primera vez en 2007. Todo estaba por suceder. Pero cuando se presentó el informe, en mayo de 2010, Lehman Brothers ya había quebrado.

Los 20 años anteriores habían sido perturbadores, una especie de huida hacia adelante. El mundo se había vuelto multipolar, el liberalismo económico se había pervertido y la UE se había consagrado como un gigante económico gracias, en gran parte, a su capital humano. Todos nos habíamos vuelto más cosmopolitas: las fronteras se habían abierto al mismo tiempo que el dinero, a un interés muy bajo, había llegado a nuestros bolsillos en forma de créditos.

Los 20 años que están por venir serán, probablemente, más perturbadores aún. El mundo seguirá cambiando, pero no sabemos dónde estará Europa. Centrada en la crisis, se ha olvidado de todos los retos que ya tenía antes de la Gran Recesión. En 2010 todavía era el mercado más grande del mundo, representaba un cuarto del comercio mundial y aportaba dos tercios de la ayuda mundial para el desarrollo, pero así y todo, hoy Europa se está hundiendo. Y la repetida metáfora del Titánic -cuando la nave se hunda no importará quién iba en primera- no ha servido para nada. Tampoco las similitudes con la Gran Depresión. El enfrentamiento entre economistas de hoy es equiparable al que protagonizaron Keynes y Milton Friedman. No hemos aprendido nada.

Mientras tanto, otras regiones están tomando la delantera: están invirtiendo más en investigación, desarrollo e innovación. En 2030, si la realidad no cambia las previsiones, Asia estará a la vanguardia de las novedades tecnológicas y científicas, que transformarán la calidad de vida de todos sus habitantes. Europa, para competir, debería aumentar el acceso a la educación. Se calcula que ese año un millón de estudiantes chinos e indios estudiará en el extranjero. Este avance traerá consigo un aumento en la demanda energética mundial. Se estima que las necesidades energéticas del mundo serán un 50% más elevadas que hoy y los combustibles fósiles representarán un 80% de la oferta. La UE, con una peligrosa dependencia energética del exterior, tendrá problemas.

Pero no será el único problema: los europeos se están haciendo mayores. Cada vez están más viejos y más desmemoriados. Están cansados y apenas conocen cuatro datos que explican el nacimiento de la UE. Dentro de 40 años habrá cuatro trabajadores por cada tres jubilados. Para revertir este desequilibrio, que es una amenaza real para el sistema de pensiones, habrá que elevar los índices de participación en el mercado laboral, aplicar políticas de inmigración y fomentar la natalidad. Y se hará mejor en un territorio tan extenso como la UE, con una capacidad de negociación potente (tiene detrás un mercado de 500 millones de personas), una experiencia democrática mayor y sin muros que restrinjan el conocimiento. Sin embargo, para conseguir que los europeos vuelvan a confiar en Europa hará falta más que apelar a la historia. Los ciudadanos solo harán un esfuerzo similar al que se hizo tras la Segunda Guerra Mundial si hay políticos dispuestos a sacrificarse por algo en lo que creen. Hoy los políticos ya no hablan de Europa, de sus principios fundamentales o de sus aspiraciones. Solo hablan de la austeridad. Y es curioso: reclaman austeridad desde cualquier púlpito, pero está claro que no se han parado a leer la definición que dan instituciones como la Real Academia de la Lengua Española del concepto de austero. La primera acepción es "severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral". La segunda "sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes". Las políticas que están adoptando los países de la UE -un ejemplo muy claro es España- no se atienen a reglas morales ni pueden calificarse como sobrias (templadas, moderadas). Lo único que hacen es estrangular a los más débiles. Así, ¿quién va a creer en Europa?

16 de mayo de 2012

Mi tarde con Antonio Cubillo


Hablé varias veces por teléfono con él antes de ir a su casa. Siempre me dio la impresión de que era un hombre huraño, desconfiado y suspicaz. Quería saber con exactitud el motivo de mi entrevista. Reconozco que estaba nerviosa aquella tarde de julio, pero era un hombre al que tenía que conocer si quería reconstruir parte de la historia reciente de Canarias. Sobre todo si quería conocer cómo este personaje había conseguido que Canarias condicionara la política española. Pero casi tres horas de charla no dan para mucho si una tiene delante a este hombre. Nunca termina de contarte todo lo que vivió.

A pesar de todas los actos reprobables que haya podido cometer, cada vez que Antonio Cubillo me viene a la cabeza pienso en algo que me dijo aquella tarde. Entre los atentados del MPAIAC, las críticas a la OTAN, la tragedia de Los Rodeos, su relación con la Pasionaria, el enfado con Carrillo (que lo llamó pequeño burgués), su encuentro con el Che y las huelgas obreras, Cubillo me habló mucho de la guerra que libraron los argelinos para independizarse de Francia. Yo ya sabía que en esa guerra se había derramado mucha sangre. Lo que me llamó la atención no fue eso. Me contó cómo las personas mayores salieron a luchar sabiendo que iban hacia una muerte segura. Lo hicieron porque era la única manera de que en la retaguardia quedaran los que tenían posibilidades de ganar esa cruenta batalla, izar la bandera de una Argelia libre y, claro, vivir más años. Ese fue el pacto que los argelinos hicieron.


El domingo pasado me acerqué hasta el TEA para ver el documental que el sobrino de Cubillo, con financiación del Gobierno de Canarias, ha hecho sobre el atentado que sufrió el líder independentista. Cubillo aparece en pantalla lo justo. Se entrevista con el hombre al que el Estado encargó su asesinato y hace alguna reflexión más. El trabajo, bien documentado y elaborado, no justifica la actividad terrorista de su protagonista, pero ayuda a comprender y difundir parte de la historia de España y Canarias. Se echa de menos que se recojan testimonios de familiares de la única víctima del MPAIAC o que se aporten visiones más críticas sobre qué papel tuvo el movimiento en el accidente de Los Rodeos. Hay quien dice que este documental busca que nos reconciliemos con Cubillo. Puede que en parte ocurra, pero si quisiéramos reconciliarnos con él sería más fácil centrarnos en su faceta como líder del movimiento obrero en Canarias y valorar su defensa de los derechos de los trabajadores (caldo de cultivo independentista). Zebensui López Trujillo presentó una tesina interesante sobre este tema: Imaginar la nación canaria. El papel de Antonio Cubillo en el resurgimiento de los movimientos obrero y nacionalista en Canarias (1956-1978).




El caso es que con todo este revival de Cubillo me he acordado también de los augurios que me hizo antes de despedirnos. Antonio Cubillo no creía que el independentismo estuviera en un buen momento y no intentó adornarlo. Pero, aún así, me dijo algo en lo que yo no confié demasiado: el resurgimiento del sentimiento independentista en la sociedad canaria. Estoy convencida de que en momentos de crisis los extremismos encuentran demasiado espacio para moverse. Y estoy convencida porque la historia lo ha demostrado. Sin embargo, la posibilidad de que un independentismo renovado y adaptado a nuestros tiempos se tornara en reivindicación popular me parecía remota. Casi un año después sigo pensando lo mismo, y no creo que sea solo consecuencia de mis propias convicciones ideológicas.

Lo que me dijo poco antes de apagar la grabadora fue: "Cuando empiece la miseria aquí, porque esto va a explotar, vendrán todos a pedir la independencia. Solo con la explotación de las aguas en las 350 millas viviríamos estupendamente bien. Controlaríamos los barcos que pasen por aquí y tendríamos los módulos de cobre y manganeso que están en el fondo del mar. Explotaríamos el petróleo y el gas. Ahora se lo están pensando, pero tiene que haber más miseria: mientras no haya hambre, la gente no se mueve. Cuando empiecen a ver las cosas en peligro les parecerá una buena solución".

Yo no sé si se ondeará la bandera de las siete estrellas verdes. Lo que sí sé es que a mayor inseguridad y miedo, más posibilidad de sentimientos xenófobos. Al final la gente piensa que tiene que elegir entre supervivencia y solidaridad, nunca que la solidaridad puede ser la fórmula para sobrevivivir.

10 de mayo de 2012

Las canciones de la crisis



Es curioso. Hay canciones que siempre terminan en el mismo lugar: en ese cine -hoy cerrado- al que tanto fuiste. Las escuchas y las ves. Alguien decidió que fueran la banda sonora de alguna película, y tú incorporaste música e imágenes a tu vida. Otras canciones también llevan fotogramas adheridos, pero esos sí son de tu propia vida. En un momento determinado tuviste la necesidad de escuchar, sin tregua, aquel disco que tenía la extraña capacidad de serenarte y animarte. Años más tarde, lo escuchas y las sensaciones son muy parecidas a las de entonces. Por eso hay canciones que dejamos de escuchar y otras que nunca pierden su capacidad terapéutica.

La historia, igual que las personas, también tiene su música. ¿Te has preguntado cuál será la música de la crisis de nuestra generación? ¿Quién ha querido dejar constancia de esta década perdida? ¿Qué evocan? ¿Miedo, desazón, enfado...? ¿Qué canciones podemos recuperar para la Gran Recesión? ¿Qué canciones nos han contado ya las mismas miserias?

Aquí tienes algunas canciones, pero me gustaría que, si te animas, me ayudes a completar la lista.


1) Elvis Costello: "Debes saber que en “National ransom” hay una verdadera tristeza y, si se me permite decirlo, resignación sombría e incluso angustia"




2) Ismael Serrano: "Mis canciones responden a un momento de crisis"





3)Bruce Springsteen: "¿Dónde están los ojos con la voluntad de ver? / ¿dónde están los corazones que practican la misericordia? / ¿dónde está el trabajo que hace mis manos y que da libertad a mi alma? / ¿dónde está la promesa de un mar resplandeciente, de costa a costa?"




4)Luis Eduardo Aute: "No habrá ni ganadores ni perdedores, sólo habrá que sobrevivir, arrimar el hombro, tener en cuenta al vecino y dejar de mirarse el ombligo"




5)Pink Floyd: "El dinero es un crimen. Repártelo con justicia pero no toques mi parte del pastel
El dinero, según dicen, es la raíz de todos los males hoy en día. Pero si pides un ascenso no te sorprendas
si no quieren soltar nada".




6) The Beatles: "Déjame que te explique cómo va a funcionar esto: será uno para ti, y diecinueve para mí, porque yo soy el recaudador de impuestos, y si un cinco por ciento te parece poco...da gracias de que no me quede con todo".




7)Patti Smith: "Cada noche antes de ir a la cama, quisiera encontrar un boleto, ganar la lotería
cada noche antes de descansar mi cabeza, ver los billetes de dólar rodando por mi cama, oh cariño, eso significaría tanto para mí, sé que nuestros problemas desaparecerían..."