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13 de noviembre de 2013

Los aguafiestas




Música a todas horas y a todo volumen casi todos los días de la semana durante cuatro largos años. Vivir al lado de una pianista puede ser un infierno, por mucho que una disfrute con la música. Llega un momento en que la soledad que solo otorga el silencio es imprescindible. Sonia cree que se le negó y que esa contaminación acústica le generó problemas de ansiedad. Por eso, después de muchas denuncias, acudió a los tribunales y esta semana, su vecina, la pianista incansable, ha tenido que sentarse en el banquillo para enfrentarse a una pena de siete años y medio de cárcel. Además, la fiscalía ha exigido su inhabilitación para ejercer cualquier profesión que tenga que ver con el piano durante cuatro años, una multa de 10.800 euros y una indemnización de 9.900 euros. Y todo por dar rienda suelta a su vocación, por tocar el piano en casa.

Solo la justicia podrá determinar quién tiene razón, y cuánta, en el sorprendente caso de la pianista de Gerona. Sin embargo, que esta historia haya encontrado un lugar privilegiado en periódicos nacionales es la excusa perfecta para hablar de la necesidad de silencio y de cómo el ruido sacude nuestras vidas. La mayoría de nosotros, por pura estadística, no tiene como vecino a un artista enamorado de su instrumento, pero tampoco encuentra muchos momentos de silencio. Las ciudades -en España casi por definición- son extremadamente ruidosas. Camiones de basura a las doce de la noche, obras antes de las ocho de la mañana y sirenas que suenan desde que amanece. A ese ruido ambiental hay que añadir, además, el que hacen esos bares contra los que no es de recibo alzar la voz. En Santa Cruz de Tenerife, según publicó el Boletín Oficial de Canarias el 14 de agosto de 2013, los establecimientos de restauración pueden abrir todos los días de seis a dos de la mañana.

Seguramente este reglamento, matizado a través de una ordenanza y que legaliza solo cuatro o seis horas de silencio en función del día, no es una excepción en el resto del territorio español. Tampoco que la única compensación que corra a cargo de los bares sea que la policía, si lo estima oportuno, acuda a verificar que el bar de abajo está haciendo más ruido de la cuenta y abra expediente. Por lo visto, de momento, lo único que nos queda es armarnos de paciencia y comprar más antiojeras, porque nuestros dirigentes nos han condenado a vivir en la eterna era del ruido, donde la única solución oficial para hacerse escuchar es gritar más. Y así nos va.

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