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13 de junio de 2013

La vida de los semáforos




Era la primera vez que lo intentaba allí. El reloj marcaba casi las tres de la tarde, el sol de junio quemaba y ella llevaba dos bolsas de Mercadona repletas de cosas que nadie veía. Cuando llegó a la esquina soltó el cargamento, se limpió el sudor de la frente con la mano, respiró hondo y corrió hacia los coches. Estaba muy cansada, pero el semáforo acababa de ponerse en rojo: era la oportunidad perfecta para intentar que algún conductor le regalara un par de monedas. La luz se volvió verde y la joven -no tenía más de 30 años- regresó cabizbaja a la esquina donde había dejado sus bolsas. Solo llevaba un par de céntimos en una de sus manos. Los apretaba con fuerza. Al levantar la cabeza se encontró con un chico que miraba fijamente hacia la carretera. Repitió la misma operación que segundos antes: le dijo que quería comer, que si podía ayudarla. Pero cuando él se disponía a darle parte de la calderilla que llevaba en la cartera ella lo miró y le preguntó: “¿No podrías comprarme un bocadillo? Estoy esperando por mi marido. Vengo de limpiar en casa de una señora. He estado allí toda la mañana y me ha dado dos muslos de pollo, pero no están cocinados. Mira, los tengo en la bolsa…”.


Minutos después se despidieron. Un coche se paró muy cerca. Venían a buscarlo. Ella siguió allí, con la mirada perdida, esperando. Antes de irse él le dio unas monedas para que se comprara un bocadillo. Era 3 de junio de 2013 y el cruce era el de la avenida La Salle con San Sebastián, en Santa Cruz. Las cifras del paro saldrían al día siguiente: bajaría en toda España menos en Canarias. La escena es trágica, pero lo más dramático es que se puede repetir en muchas esquinas de nuestra ciudad. ¿A cuántas personas nos encontramos pidiendo cada vez que cogemos el coche?


Un par de días antes, el Banco de España había aprovechado la publicación de su memoria anual para hacer una polémica recomendación: impulsar los contratos por debajo del salario mínimo. Cuando vi a esa mujer en el cruce me pregunté si querría trabajar por menos de 600 euros. Seguramente sí. Casi todos nos hemos sentido así alguna vez: totalmente desesperados. Es mejor tener poco que no tener nada. Lo que no soy capaz de responder es cuántas personas podrían sobrevivir con 600 euros sin tener que ir al semáforo más cercano a pedir. Pensé que esos contratos eran como los muslos de pollo crudos. Apetecibles, pero imposibles de tragar.

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