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16 de marzo de 2010

Recuerdos

Podrá repetirse hasta el cansancio: hace seis años algo cambió en este país. España vivió el horror en casa, dejó de observar por el televisor las bombas indecentes y e indoloras que caían en Bagdad y sintió ese dolor inexpresable que sólo acompaña a las pérdidas más inhumanas. Un atentado perpetrado por el terrorismo islámico acabó con la vida de casi 200 personas cuando el sol apenas había alcanzado el cielo. La masacre tuvo como escenario la moderna Madrid, tal día como ayer, pero mantuvo en vilo a millones de españoles. La comunicación se dificultó durante horas que parecieron años, la información llegó a través de unos medios de comunicación volcados en su papel, que acercaron gota a gota el exabrupto que a orillas de Atocha acontecía. De repente, la inseguridad se apoderó de las calles, el miedo del integrismo dejó de ser un pánico difuso y empezó a sabotear demasiadas esperanzas. Desde entonces han pasado muchos meses. Ya no todos los diarios airean en primer término el recuerdo de esa fecha negra en el calendario. Sin embargo, la esencia de este país -que fue hasta engañado por sus dirigentes- se transformó sin remedio. Luego vinieron las viñetas de Mahoma y las amenazas de esos homicidas que todavía hoy hablan en nombre de una religión, y se creen con inmunidad para no recibir críticas de ningún tipo.

En ese tiempo se han escuchado incontables explicaciones -y hasta veladas justificaciones- de esta violencia que no termina. La opresión histórica de Occidente planeó en más de una ocasión como argumento de este movimiento sanguinario. El derecho a blasfemar, patentado por estos lares, centró muchos debates. La reciente detención de una terrorista islámica inusual -rubia y ojos azules- cuando intentaba acabar con la vida del caricaturista que dibujó a Mahoma con cuerpo de perro, ha reabierto la polémica. ¿Cuántas críticas puede asumir esta guerra de civilizaciones? No deja de sorprender este decoro que, como mecanismo de respuesta al miedo, se ha instaurado en esta sociedad. Fórmula que jamás se emplearía en el trato hacia la religión católica, una fe en crisis de adeptos y que se está teniendo que acostumbrar a ser la diana de las críticas de una sociedad tendente a la secularización. La incertidumbre en su grado máximo condiciona el sentido y transforma el pensamiento, la necesidad y las prioridades. El aniversario de esta realidad todavía se conmemora, porque después de seis años de una de las locuras más dolorosas que ha acogido esta nación sigue haciendo mella. Lejos de estar cerca de esa alianza de civilizaciones tan publicitada, la criminalización del extranjero sigue haciendo estragos en un país con mucho miedo, y con leyes de inmigración que generan desapego y recelo. Ayer fue un día para la memoria, para homenajear en silencio a todas esas personas anónimas que se subieron a un tren que no llegó a ninguna parte. Ayer fue el día perfecto para pensar en nuevos caminos que sí aboguen por abrir cauces a la esperanza: la esperanza de que los extranjeros no sean tratados como delincuentes, de que los medios no insuflen ese terror que duerme en muchos corazones y de que ciertamente la diversidad sea sinónimo de riqueza (pensado en términos que van más allá de los económicos). Ayer pudo ser ese día.

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