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16 de marzo de 2010

El tragaluz del horror

La sociología tiene un campo árido en el que desarrollar sus encantos, inventar nuevas teorías y argumentarlas con infinidad de experimentos sociales. El ojo indiscreto de Gran Hermano apareció un día y quiso revolucionar nuestras entrañas, camuflarse con un aura de novedad y resquebrajar los pilares de la normalidad. George Orwell había actuado como el gurú de la difamación de la intimidad y, convertido en este personaje, preconizó un sistema perverso. Los expertos nacidos a posteriori llamaron a esto telerrealidad y creyeron que una nueva era se abría paso. Así fue. La intimidad se vapuleó, se exprimió y el imperio televisivo bebió de él. Fue algo nauseabundo pero todo el mundo coincidió en que era el exponente máximo de la democracia. Hoy ese fenómeno empieza a transformarse, a dejar paso a un horror televisivo al que no le faltarán voces autorizadas. Tampoco ejemplos variopintos con los que ilustrar los libros con los que esta disciplina engrosará las estanterías: el líder de la banda de los Latin Kings hablando en exclusiva para un telediario cualquiera o John Cobra haciendo apología de la violencia en la antesala de un programa tan triste como Eurovisión. Los dos sucesos, igual de trágicos, fueron resultado de esta democracia 2.0 repleta de redes sociales y de un activismo catastrófico.

Esa masa roñosa que es la sociedad vota desde casa y en cada sms cree rebelarse contra el sistema en el que la casualidad la situó. La mejor forma que encuentra de hacerlo es ridiculizando el enjambre político-social en el que habita. Puede hacerlo colocado a Karmele Marchante como neoestrella del mundo de la canción o sumándose a algún grupo más de Facebook. Estas son las trincheras del siglo XXI. Desde ellas, sin embargo, sólo se alumbrarán pequeños caciques que no traerán un destino mejor. Ver cómicos o actores convertidos en políticos de alto standing cada vez es más frecuente. Dicen que esta es la revolución que nos ha tocado vivir, una que desprecia las urnas pero prefiere hacer uso de su libertad desde el sofá, convencida de que boicotea el devenir de la clase dirigente. Y entonces uno sólo puede recordar la definición más olvidada de la política: la política también es, según la Real Academia de la Lengua Española, "cortesía y buen modo de portarse". Es saludar por la calle, dar los buenos días, ser educado. El sistema somos todos. Y su caída nos afectará a todos. Sólo por esa premonición, la hegemonía de la violencia no debería dejarse pasar. Ya no es patrimonio de un público determinado, escueto. No hay más que comprobar cómo cada vez más jóvenes graban vejaciones mientras sus padres se escandalizan de los abusos que acontecen en esos lugares remotos donde las guerras existen. El tragaluz de color por el que la violencia entra hasta nuestras casas nos está advirtiendo de una realidad muy triste: el horror nos divierte, nos encandila y nos entretiene. Pero será ese mismo horror el que nos destruya, el que dará oportunidades a los personajes más peligrosos. La perversión del terrorismo islamista, los niños burgueses con sus móviles y los puros habanos para las mujeres. Así se puede resumir la sección de internacional de un informativo cualquiera. Así, y sabiendo que el lema filosófico actual ha de ser "consiento, luego existo". Desde luego, ser sociólogo debe ser la profesión del futuro.

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