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2 de enero de 2013

No, no y no

Casi todo lo que voy a contarles hoy lo saqué de un artículo que Leila Guerriero publicó en la revista El Malpensante hace un tiempo. En el año 2004 los periódicos argentinos publicaron la historia de Bernard Heginbotham, un británico de 100 años que un día, harto de ver los dolores que soportaba su mujer, entró en la habitación del geriátrico en el que ella pasaba sus días y le rebanó el cuello. Lo detuvieron y lo juzgaron, pero la Corte de Preston decidió que había sido un verdadero acto de amor, que no tenía culpa. El hombre no quería escuchar más hablar de resignación o de piedad y, tras 67 años amando a su mujer, agarró un cuchillo y le quitó la vida.

Quizá este ejemplo no sea el más apropiado, pero, sorteando en parte el debate ético, a Guerriero le sirvió para pensar en lo que ha significado decir no a lo largo de su vida.

Ella recuerda perfectamente la primera vez que dijo un no rotundo. No soportaba las clases de solfeo a las que, obligada, acudía a diario. Una tarde se plantó y le repitió una y otra vez a su padre que no iría. Él la amenazó con romper todas sus revistas. Lo hizo, y aunque intentó reconstruirlas con cinta adhesiva, no sirvió para nada. Lo perdió todo, pero no sintió pena, solo alivio. “Quizás no sea el caso, pero hay gente que cree que no vale la pena vivir de cualquier forma y a cualquier precio. Hay gente que dice no y acepta las consecuencias de esas opciones, impensables en una sociedad cuyas aguas se dividen con el verso que dice no a las drogas / sí a la vida, convencida de que hay ahí, en serio, una contradicción”.

La cronista sabe hoy que no le gustan los planes a largo plazo, que no se casará jamás, que no quiere tener hijos y que no necesita ninguna respuesta a la pregunta “¿para qué estamos aquí?”.

Yo no recuerdo la primera vez que dije no, pero con el tiempo he aprendido también que la libertad no existe si no hay negación. “Me gusta decir que no porque eso implica una puerta que se cierra, una certeza, un camino que sé que no voy a tomar. Se parece a tener coraje”.

Creo que el deseo más apropiado para este 2013 es que nuestra lista de propósitos se convierta en una lista de negaciones. Decir sí muchas veces significa ser débiles, soportar injusticias, aceptar mediocridades.

Elijamos nuestras negaciones y luchemos por ellas. Nadie lo va a hacer por nosotros.

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