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24 de abril de 2010

Drexler: "Hay que tener puntos de fuga, pero no un destino fijo"


Chaqueta gris, camisa negra, una guitarra y algo de incertidumbre. Así se subió al ‘escenario’ del aula Magna de la Facultad de Económicas de la ULL Jorge Drexler. Vino invitado por la FundaciónEmpresa de la ULL a disertar sobre la ‘emprendeduría’ - "una palabra que no existe en el diccionario y que precisamente eso es lo que le da su significado"-, pero cantó lo que le pidieron de su repertorio, un capricho de Bob Marley y silbó mucho para suplir la ausencia de banda. Y la sala silbó torpemente con él, después de saber que "hay que perder el miedo al ridículo". Sintetizó su filosofía vital con un carpe diem a la uruguaya patentado por el cantautor doctor en Medicina: con parsimonia y delicadeza, como sus canciones, que destilan tranquilidad, emoción contenida, historia, y, sobre todo, pasión y enormes dosis de espontaneidad. "Hay que estar pendiente a los elementos con que nos toca batallar: una palabra, una vocación o una voluntad. Y de ahí tirar de una madeja sin tener un plan realmente trazado. Con un punto de fuga sí, pero no un destino fijo. Por eso me encantan los vectores, porque son direcciones y no puntos de llegada".

Prefiere los octosílabos, cantar a dar conferencias - "nunca me gustaron" - y le deleita hablar. Aunque cada vez que llega a un auditorio como protagonista siente que se desnuda. Apenas atesora certezas que vayan más allá de "la sapiencia única" de saber que la incertidumbre reina por doquier y de que las canciones sólo son ventanas a la realidad. Pasó diez años en la Facultad de Medicina y en ese tiempo en el aula de Cultura sacó la curiosidad que llevaba dentro, pero no arrancó su amor por la sanidad. Supo que su vida no era pasar consulta cuando empezó las prácticas en un hospital. Y entonces empezó a cantar, y lleva haciéndolo desde entonces. Con tanto éxito que ganó un Oscar por Al otro lado delrío y es conocido a ambos lados del océano. A pesar de su vitalidad entusiasta y de su experiencia como ingeniero de su propia vida, no es capaz de dar muchos consejos. Algo sí sabe a ciencia cierta: "Si uno emprende algo, jamás se puede equivocar, porque está haciendo lo que quiere en un momento determinado. Yo me di cuenta de que tenía que vivir a corto plazo, pensando en mañana". Un remedio contra "las huidas del presente" que las sociedades, apoyadas en las nuevas tecnologías, emprenden a diario, muchas veces con aspiraciones que se truncan. "Yo no elegí una carrera, elegí un día a día". Este argumento tambalea la capacidad de raciocinio cuando uno decide desafiar al destino. Y cantó Todo se transforma, una canción que es, tópicamente, la anatomía de un instante, la cronología musical de un beso en un par de minutos. "Toda la canción es un instante, un voto al presente, que se nos está escapando". Luego, llegó a su último disco, Amar la trama y el desenlace, para demostrar que los destinos finales están sobrevalorados y que planificando el presente se pierde el futuro. Pero antes, el público -que parecía estar entre amigos, lo tuteó con infinidad de cuestiones y le pidió hasta un desnudo-, abogó por otros. 12 segundos de oscuridad, Toque de queda, El pianista del gueto de Varsovia, Sea, completaron un recital que empezó con un Drexler que venía como conferenciante, pero que cantó sin dirección, dejando llevar sus dedos por unas cuerdas que parecieron mágicas. Demostró así por qué prefirió no plantearse nunca el mañana: porque así se perdía el hoy. Y ha sido un éxito: el camino, su trama, ha recorrido el mundo.

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