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31 de enero de 2010

Miserias comunes

Por coherencia y por dignidad. Una explicación concisa y rápida, tan fugaz que al decirla con velocidad se vuelve difícil atrapar todo su significado.Pero así de escueta, y a la vez de completa, ha sido la respuesta de algún que otro municipio decidido a ser sede de un cementerio nuclear. La población de algunos de estos territorios apenas supera el centenar de personas, la economía está marchita desde hace décadas y la inmigración es una añoranza. Da la casualidad de que sus dirigentes militan en el Partido Popular, saben que en la calle Génova no desprecian esta energía -siempre que no haya intereses de por medio- y que el vecino bohemio es un buen surtidor nacional. Nadie ha hablado de las extravagancias con las que se viste toda ideología en estos tiempos, pero sí del renacimiento que, en número de puestos de trabajo, puede suponer. A fin de cuentas, de eso es de lo que se habla también hoy en Davos. Se comentan tanto los desastres que arrastra la sociedad de este país que el único economista que auguró la crisis, Nouriel Roubini, ha advertido que la zona euro peligra por culpa de una España desgastada por el ladrillo, desorientada por la especulación y desencantada por el turismo de baja calidad. Parece que todos los que se cansaron de decir que el Estado del Bienestar se había empezado a quebrar no andaban muy desencaminados. Los datos que el Instituto Nacional de Estadística destapó ayer tampoco dejan mucho margen para la esperanza. En 2049, la mitad de la población española no trabajará. Un porcentaje muy alto rebasará ya la frontera de los 65 años y la mala gestión de la Ley de Dependencia podrá narrar muchas tragedias. La natalidad y el envejecimiento habrán tenido tiempo suficiente para lograr que se evapore la calidad de vida acuñada durante años meteóricos.

La solución del Gobierno que quiso patentar la Alianza de Civilizaciones pasa ahora por ampliar la edad de jubilación. Ocurre justo en unos días en los que los ayuntamientos -muchos de ellos canarios- se niegan a inscribir en el padrón a decenas y decenas de inmigrantes, y que políticos como Silvio Berlusconi asocian, sin sutileza alguna, inmigración y auge de la violencia. Coincidiendo con un momento, ya eterno, en el que el extranjero sigue siendo aquel que viene a extirpar derechos, a robar con saña el puesto de trabajo, a hacerse con una vida que le fue negada desde que nació. ¿Qué ocurrirá si hay que trabajar más años para tener una pensión indigna? ¿Cuál será la reacción?

Hay parejas de palabras que, por su antagonismo, no deberían caer en la promiscuidad con la que engatusa la literatura. Niños soldado o lujos irrenunciables jamás tendrían que describir realidades. Quizá es porque al ser humano le encanta desafiar a la naturaleza, pervertir la felicidad o recrear el horror. Esas incompatibilidades, tan ácidas, son cada día más habituales. Quizás son un fenómeno, un proceso que anuncia un futuro nada congruente, con el honor de muchos a ras de suelo. Ya en tu calle puedes avistar una desgracia sin esfuerzo previo. Se está llegando al momento en el que la miseria común no es un desatino, sino un dúo de lo más ordinario.

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