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4 de septiembre de 2013

Razón frente a identidad



Cuando Hannah Arendt decidió cubrir el juicio del nazi Adolf Eichmann para el New Yorker, ya había sido prisionera en un campo de concentración y sabía hasta dónde podía llegar la maldad humana. El día que se enteró de que el Mossad, incumpliendo la legislación internacional, había capturado al hombre que permitió tantas muertes, no pudo mirar hacia otro lado. Supo que tenía que dejar Nueva York y viajar hasta Israel, ser testigo de ese acontecimiento histórico. Sin embargo, a medida que avanzaba el proceso, se dio cuenta de algo terrible: que el horror más impensable puede ser cometido por cualquiera, que la crueldad puede ser sólo un trámite burocrático. Eichmann autorizaba que los vagones partieran llenos de posibles víctimas sólo porque tenía que obedecer las órdenes. Arendt escribió muchos ensayos para la prestigiosa revista, que luego se convirtieron en libro, y acuñó un nuevo concepto filosófico, la banalidad del mal. Su decisión hizo que muchos amigos la despreciaran y recibiera amenazas del pueblo judío. Lo más irónico de todo eso es que ella también era parte de ese pueblo. Por esa razón fue apresada e internada en Francia.

El error de Hannah Arendt fue, por lo visto, renunciar a su identidad, no sentir el fervor obligado de pertenecer a un grupo, no dejarse arrastrar por la manada, intentar nadar a contracorriente simplemente porque creía que el camino correcto no era ese. Su determinación se parece mucho a lo que pensaba Tony Judt. Una vez escribió que identidad es una palabra peligrosa y que el amor a un país, a un dios o a un partido político habían llegado a aterrorizarle. Judt prefería a la gente fronteriza, la que pensaba que el cosmopolitismo era una forma de entender la vida y que el patriotismo, parafraseando a Samuel Johnson, era el refugio de los sinvergüenzas.

La personalidad de Hannah Arendt, tan necesaria en nuestros días, ha quedado fielmente reflejada en una película que -contra todo pronóstico, según su directora- ha tenido buena acogida en los cines. Es difícil hacer una película sobre una filósofa, pero es absolutamente imprescindible seguir demandando la necesidad de acabar con las trincheras del pensamiento. “Comprender no significa perdonar”, dijo Arendt cuando decidió explicar a sus alumnos sus escritos. “Eichamnn dejó de ser humano cuando renunció a pensar” y permitió que el mal se adueñara de media Europa. ¿Hay mejor manera de reivindicar la necesidad de pensar y de huir de los guetos de todo tipo?

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