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10 de mayo de 2016

Europa: memoria e ilusiones

Cuentan que Sofia Corradi se enfadó tanto después de regresar de Columbia y que no le convalidaran ni una sola asignatura en La Sapienza que decidió buscar alguna fórmula para que eso no ocurriera más. Su familia podía permitirse pagarle un año más de estudios, pero ¿y quienes no podían hacerlo?

Así, o en parte así, nacieron en 1987 las becas Erasmus. Esta semana Sofia, "la mamma erasmus", recibió un reconocimiento en España por su aportación a la consolidación del proyecto europeo. La primera promoción Erasmus estuvo compuesta solo por 3.244 estudiantes y hoy ya más de 3.5 millones de jóvenes han estudiando en alguna universidad de otro estado miembro. Sus promotores sabían que la integración europea solo tendría sentido si contenía una fuerte dimensión social. Y lo consiguieron.

Ahora, a punto de celebrar los tres decenios de uno de los proyectos que más fronteras ha borrado sin que nos demos cuenta, Erasmus no parece estar sirviendo para consolidar ningún sentimiento de pertenencia a Europa. No se trata de que el sistema de becas no esté funcionando, que no facilite que miles de estudiantes salgan cada año de sus ciudades y se relacionen con chicos y chicas con las que comparten una cultura común. El problema es que esa libertad de movimiento debe venir acompañada de un discurso esperanzador, de un relato de la Europa que tenemos y la que queremos, y eso no está ocurriendo. 

Cuando decides irte a estudiar fuera de España no lo haces pensando que eres parte del engranaje de un proyecto de integración. No analizas que apenas unas décadas antes un muro dividía Europa y, a la vez, dos maneras de entender el mundo. Tampoco cómo se logró cimentar una unión así después de dos guerras atroces. Tienes 20 o 22 años y lo que buscas es vivir una experiencia distinta. Es maravilloso poder pasar un año en una ciudad que pasará a formar parte de tu historia; sentir que no hay fronteras y que el mundo es demasiado grande como para quedarnos quietos en el mismo sitio, ajenos a tanto. Pero, ¿de verdad vamos a seguir creyendo que no tener que llevar pasaporte va a ser lo único que mantenga unido el continente? 

Cuando defiendo la necesidad de una Unión Europea no pienso en el tiempo que pasé en Roma, en cómo durante un fin de semana éramos capaces de recorrer Nápoles, Pompeya, Capri o Venecia, Bolonia y Florencia. Para quienes pasamos toda la carrera fuera de casa, la equivalencia entre erasmus y turismo de juerga es un poco absurda: la posibilidad de emborracharte cuatro días seguidos no era un aliciente para irte más lejos. El aliciente era el que probablemente también te llevó antes a salir de casa de tus padres: ver, descubrir, conocer. De la misma manera, cuando nos enfadamos con la Europa que tenemos, no lo hacemos solo porque creamos que la desaparición de este proyecto puede traer demasiados inconvenientes burocráticos o que en tiempos de potencias emergentes debemos defender un mercado de más de 400 millones de personas. Lo hacemos, o eso me gusta pensar, porque seguimos pensando que Europa, con todas sus renuncias, representa el mejor ideal democrático. 

Hector Abad Faciolince escribió a finales del año pasado un artículo en Letras Libres defendiendo esa idea. En el monográfico sobre Europa, el escritor colombiano contaba cómo llegó huyendo de su país después de que mataran a su padre. Para él, el continente que lo acogió representaba y representa el ideal democrático. Pero a pesar del significado que ha tenido Europa en su vida, también se ha dado cuenta de que no funciona igual con sus hijos ni con las nuevas generaciones.

"Cuando vivía en Italia tuve dos hijos que son europeos en pleno derecho (yo en últimas, aunque por un momento lo deseé, desistí de convertirme en italiano). Una estudia en España y el otro en Italia. Pero ambos quieren vivir y trabajar (¡crear algo nuevo!) en Colombia, en esta Colombia dura, desigual y todavía muy violenta. ¿Por qué? Porque en España y en Italia no ven futuro: ven solo caras largas, tristes, y puertas cerradas. Depresión, no tanto económica, sino anímica. No ven entusiasmo, nadie quiere apostar por ellos, nadie quiere correr riesgos, nadie les dice que podrán llegar a hacer buenas películas, buenos libros o casas donde uno sienta el placer de no vivir a la intemperie. Ven miedo, ira, resentimiento, depresión, aburrimiento, discordia. Pereza en la abundancia y postración en la escasez. A la mayoría de los europeos parece que se les olvidó la alegría de la dolce vita, el entusiasmo de la movida española. Si Europa no recupera la alegría y la pasión juveniles –esa que todavía veo respirar en los viejos barrios de Berlín oriental, hoy renacidos, llenos de jóvenes y niños– entonces será más fácil que unos locos, o unos fanáticos, o unos populistas, devuelvan a Europa a esas pesadillas nacionalistas anteriores a 1945. Hay que tener memoria, para no volver allá. Y hay que tener ilusiones, para seguir mejorando el futuro". 

Memoria e ilusiones. Solo así podremos seguir construyendo Europa. 


PD. El artículo de Héctor Abad, completo, aquí


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