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11 de abril de 2016

No es tiempo para héroes



Evitar la construcción de doscientas viviendas sociales en Yonkers Este, un barrio "decente" de la ciudad neoyorkina, en la década de los ochenta. Esa fue la promesa que hizo que Nick Wasicsko se convirtiera en el alcalde más joven del país. Los vecinos se negaban a convivir con familias de negros procedentes de zonas conflictivas donde la droga y las redadas formaban parte del paisaje, y aquel chico, que no se había planteado llegar a la alcaldía y mucho menos que la planificación urbanística podía reducir la desigualdad, se comprometió a mantener la pureza de esos adosados.

Este escenario es el que elige David Simon para escribir su su mini serie "Show me a hero", seis capítulos basados en hechos reales que retratan las miserias de la política local, pero también las de una sociedad decidida a luchar para mantener su estabilidad.  Este guionista que se aleja de lo común suele elegir asuntos turbios y poco frecuentados por las televisiones. "Me interesa que la gente debata sobre estos temas", dijo en una entrevista reciente. Su próxima serie, que hará con la cadena HBO, trata sobre la industria del porno y acaban de rechazarle otra sobre la situación de Cisjordania en la que quería involucrar a palestinos e israelíes.

En "Show me a hero" Simon nos recuerda que no es tiempo para héroes y que los políticos suelen representarnos mejor de lo que creemos. Todos venimos del mismo sitio, de la sociedad que mejor o peor hemos construido.

La promesa que hace Wasicsko para llegar a la alcaldía dura poco. Los políticos se deben al pueblo, por muy equivocado que este pueda estar, pero los tribunales solo tienen que ser justos. El juez no permite que aquel alcalde accidental haga realidad los deseos de sus electores. A pesar de las argucias legales y del convencimiento de que ese es el peaje que debe pagar para poder gobernar, Wasicsko no tiene más remedio que decidir la distribución de los pisos. La otra opción es caer en bancarrota y despedir a cientos de trabajadores.

De esa manera, aquel hombre que nunca se había planteado si su promesa era justa, o simplemente útil, acaba convertido en adalid de la integración. Tiene que soportar los gritos de decenas y decenas de ciudadanos en los plenos del ayuntamiento donde intenta, muchas veces sin éxito, aprobar la moción que da cumplimiento a la orden legal. Los vecinos que increpan constantemente al alcalde no admiten que sus miedos esconden racismo y el alcalde no se percata de que para gobernar hay que tener una idea de la ciudad o el país en el que se quiere vivir. En una ocasión, Wasicsko se reúne con sus concejales y los responsables de urbanismo con el único objetivo de adjudicar las viviendas con la menor oposición vecinal posible. Cuántas deben estar en cada enclave y cómo deben ser si queremos evitar otro gueto parece una cuestión intrascendente. Entonces alguien dice: pero ¿queremos simplemente hacerlo o además queremos que funcione?

La gloria efímera de la política le pasa factura. No solo porque su recorrido en la alcaldía se convierte en un infierno, sino porque a partir de ese momento vive exclusivamente para volver a la política. Pudo ser un héroe accidental, pero la ausencia de ideales y la propia realidad lo expulsan de su despacho. El azar y la justicia lo convierten en el artífice de la integración racial en Yonkers, pero la forma de lograrlo -ser un animal político- también lo condena. La serie muestra a unos personajes complejos, con matices; escasean los buenos, pero también los malos, y cada uno batalla por su propia vida. Al final, cuando terminas el último capítulo de esta ficción documental, solo puedes pensar que en estos tiempos es difícil encontrar héroes en los que creer, incluso héroes por accidente.

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