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Qué suerte vivir aquí

No sé cuándo escuché por primera vez que como aquí no se vive en ningún sitio o que “esto” no lo tienen en Madrid. Supongo que, como la mayoría, interioricé ese eslogan entrañable y chovinista del que luego se apropió Dorada y que protagonizó incontables campañas turísticas. Nunca lo cuestioné. Pero no fui realmente consciente de que era “esto” hasta que me fui y volví, hasta que añoré y odié el sitio en el que me tocó nacer. Ahora, cada vez que tengo la oportunidad de salir de Canarias, y de España, acabo preguntándome lo mismo: ¿de verdad se vive tan bien aquí?

Las vacaciones sirven para descansar, para alejarnos del trabajo, pero también para observar y analizar la realidad con la perspectiva que sólo da la distancia. Casi siempre que aterrizo en alguna ciudad de la península me encuentro con amplias y sólidas carreteras capaces de descongestionar ciudades que cuadruplican el número de habitantes de toda el área metropolitana de Tenerife. Entonces pienso en muchas de nuestras infraestructuras nuevas, que tienen la costumbre de estar obsoletas antes de inaugurarse. En otras ocasiones, como este último verano, descubro en Letonia y Estonia, a toda una generación de jóvenes -y no tan jóvenes- que dominan el inglés a la perfección, además de su idioma propio y del ruso. Ambos países comparten una historia casi idéntica. Sufrieron la ocupación soviética y la nazi, y no lograron la independencia hasta 1991, cuando se desintegró la Unión Soviética y el mundo dejó de ser bipolar. Durante ese tiempo han logrado ser los tigres del Báltico y ahora forman parte de la Unión Europea, pero de momento sólo Estonia está dentro de la zona monetaria (Letonia entrará, previsiblemente, en enero de 2014). Igual que nosotros, ellos también tienen cascos históricos que son patrimonio de la humanidad (Riga y Tallín, además de Vilnius, en Lituania), impresionantes parques nacionales y una envidiable gastronomía rica en pescados. Eso sí: hay una gran diferencia, entre los tres países bálticos viven siete millones de personas, el porcentaje de paro, que se incrementó con la crisis (a ellos les llegó antes), está sobre el 12% y la temperatura en invierno puede llegar a 30 grados bajo cero. También ellos tienen amplios debates sobre hasta dónde debe llegar la memoria histórica.

En definitiva, pueden ser tan diferentes a nosotros como parecidos. Todo depende de cómo se mire. Cuando estaba allí yo también pensé que sería una suerte vivir allí. ¿O no?

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