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Entradas

La última vez que leímos un periódico completo

    Durante un tiempo me resistí a dejar de leer periódicos en papel. Quizás fue por deformación profesional, quizás por conservadurismo, quizás por esnobismo. Empecé Periodismo en el año 2000, cuando los blogs no existían, y sobreviví toda la carrera sin contratar internet en mi piso compartido. Entonces esta realidad no era épica. Las salas de informática de la facultad cubrían nuestras necesidades básicas: permitían consultar el correo, enviar mails, chatear y recopilar información para las decenas de trabajos que había que entregar. Además, no teníamos un duro. Cuando llegué a mi primera redacción, en 2006, todavía los periódicos locales podían sacar tiradas de más de cien páginas y las separatas de anuncios clasificados eran más amplias que muchos suplementos culturales actuales. Así, ¿quién iba a rendirse fácilmente a los encantos de la prensa digital?   En 2022 estoy suscrita a cuatro periódicos y a varias revistas, aunque accedo a otras muchas publicaciones gratui...

Contra la realidad

    Cada vez que pienso en la masacre perpetrada hace unos días en Bucha, una localidad cercana a Kiev, veo al mismo hombre, maniatado, tirado sobre el asfalto mojado por la lluvia, con su abrigo marrón. Hace mucho frío, pero ya no importa. Acaba de ser ejecutado. Sus uñas se han oscurecido, no sé si por las bajas temperaturas o por la suciedad. El cordón que mantiene sus brazos atados a la espalda conserva su color blanco. Los   palés se amontonan a solo unos metros. Es una de las imágenes que captó el fotógrafo Santi Palacios para  Revista 5w  y que me persigue desde entonces.    La invasión rusa de Ucrania está siendo relatada por reporteros y fotoperiodistas de todo el mundo. Algunos son independientes, otros se han desplazado hasta el país asediado con el apoyo de un medio de comunicación. Hay quienes ofrecen sus historias a empresas privadas y quienes lo hacen a empresas públicas; unos publican en periódicos de derechas y otros trabajan para cade...

En modo avión

“Es la primera vez que desconecto totalmente un fin de semana en toda mi carrera profesional”. “Evito mirar Twitter cuando no estoy trabajando porque no puedo más”. “Estoy agotada”. Cada vez escucho a más amigos y compañeros de profesión reconocer que son incapaces de aguantar el ritmo informativo en el que estamos inmersos desde hace dos años. La rueda del hámster en la que se ha convertido nuestro día a día no es nueva. Hace tiempo que sentimos que nos faltan horas para todo: para leer, para llamar a la familia, para hacer deporte, para descansar. Los fines de semana siguen durando lo mismo, pero la velocidad a la que nos movemos crece continuamente, lo que se traduce en vértigo y frustración.    No es solo una sensación, el mundo avanza cada vez más rápido. Antes, la actualidad se circunscribía a nuestro entorno más próximo; ahora, cuando la interconexión es planetaria, ese entorno es el mundo entero. Ocurren más desastres y nos quedan más series por ver, más libros por lee...

El año que no viajé a Buenos Aires

La mayoría de los desplazamientos que hacemos requieren una planificación exhaustiva y exprés -consultar guías de viajes, blogs, Google Maps, Tripadvisor-, pero hay viajes para los que llevamos toda la vida preparándonos. Mi padre no fue a Buenos Aires hasta que cumplió los 59, pero durante años me contó tanto de esta ciudad que parecía que solía frecuentar sus calles. Sus explicaciones nunca eran vagas; era capaz de recorrer la Avenida Corrientes y de hablarme del Luna Park como si ya hubiera estado allí en algún concierto de Fito Páez o Charly García. Sabía cómo había sido el desarrollo urbano de la capital argentina, cuántos habitantes tenía, cuál era el grado de delincuencia, a cuánto estaba el cambio del dólar con el peso argentino, cómo funcionaba el transporte público, cuántos teatros había, dónde se comía el mejor asado y, por supuesto, la historia del rock argentino. La casa de mi infancia estaba llena de cedés que durante años mi padre encargó a una tienda de discos de Barcel...

El futuro era esto

En 2017 Marta García Aller publicó “El fin del mundo tal y como lo conocemos”, un ensayo en el que explicaba cómo la digitalización estaba arramblando con cosas que dábamos por sentadas. No hablaba solo de las profesiones que se extinguirían en unos años -todas aquellas que impliquen tareas rutinarias que siempre hará mejor un robot-, sino de cómo nos estábamos convirtiendo ya en sociedades que no usaban el dinero físico, dejaban al albur de los algoritmos las relaciones amorosas y diluían las fronteras de la vejez. “El futuro no se compone solo de las cosas que están por llegar, sino de las cosas que desaparecen”, la escuché decir en alguna entrevista hace años. Su libro es, en parte, la materialización de esa afirmación: un recorrido por todos esos lugares a los que el futuro ya había llegado. En Suecia hace tiempo que apenas se paga con dinero en efectivo y el papel no se suele usar ni en los donativos de las iglesias (hay cepillo electrónico). La congelación de óvulos pued...

Palabras

A veces me pregunto cuántas veces al día pronunciamos palabras como  pandemia, alerta  y  fallecidos ; en cuántas ocasiones, en nuestros trabajos, contextualizamos lo que escribimos usando términos como  oleada ,  curva  o  cuarentena . Cada vez que abría los ojos los primeros días de este encierro voluntario -ya llevo 24 en casa- volvía a descubrir que no podía salir a la calle. Mi mente decidía por unos segundos ignorar la realidad y empezaba a imaginar situaciones cotidianas, nada excepcionales. Y, de repente, llegaba la pena. Todos los días eran como la primera vez, pero el desconsuelo no era por tener que quedarme en casa, sino porque todo eso que no podemos dejar de nombrar seguía ahí, esperándonos. Luego llegaban los memes, los chistes por Whatsapp, las anécdotas compartidas. Hay un niño en mi calle que de vez en cuando grita “¡Gracias, hospital!”, “¡Coronavirus, fuera de aquí!”. A veces lo escucho desde la terraza, adonde me ...

Alejarnos para acercarnos

Estamos acostumbrados a consumir a la carta. Los tiempos de cinco canales de televisión -ya no digo cuando Televisión Española era nuestra única ventana al exterior- y de  hay lentejas, las comes o las dejas , quedan muy lejos. Hoy Netflix nos recomienda qué series ver en función de nuestros gustos, Facebook nos propone las noticias que querríamos leer, Spotify nos hace  playlist  con artistas que aún no conocemos -pero que nos encantarán-, TripAdvisor nos propone restaurantes en cualquier ciudad, las aerolíneas de bajo coste nos ponen el planeta al alcance de nuestro bolsillo y las plataformas de citas nos sugieren con quién deberíamos salir. El banquete de Internet es interminable, eterno e instantáneo. Tenemos más acceso que nunca al mundo, pero nos cuesta más salir de nuestro pequeño universo. El historiador Tony Judt explicaba en su libro “Algo va mal” (Taurus, 2010) que la política de los años 60 del siglo pasado derivó en un cúmulo de reivindicaciones i...