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Los impostores

A Javier Cercas le costó años decidir si escribiría la historia de Enric Marco, un nonagenario barcelonés que se hizo pasar por un sobreviviente de los campos de concentración nazi y que fue desenmascarado en 2005, mucho tiempo después de que se hubiera convertido en presidente de la asociación española de víctimas y en conferenciante estrella. La historia le planteaba un gran dilema: no sabía si era correcto o no retratar a un hombre que había hecho del autoengaño y la mentira una forma de vida y que había generado tanto dolor entre los familiares y las víctimas reales del Holocausto. Habló con historiadores y escritores, conoció al propio Marco mucho tiempo antes de decidir que contaría su invento, vio en primicia el primer documental que se hizo sobre el personaje, conversó con uno de sus creadores, y siempre llegaba a la misma conclusión incómoda: si acababa firmando ese libro, si entrevistaba incontables veces a Marco, tendría que ponerse en su lugar, debería hacer lo posible por entenderle. Tardó tanto en aceptar que mientras publicó otro libro, Las leyes de la frontera, pero nunca dejó de darle vueltas a esa idea.

Cercas conocía muy bien la diferencia entre entender y justificar. Comprender por qué ese hombre -que sí sufrió los suplicios de las cárceles germanas pero no los de los campos- había sentido la ardiente necesidad de buscar el afecto ajeno a través del reconocimiento de un pasado que nunca ocurrió; aceptar que el descubrimiento de la mentira no había bastado para que se arrepintiera. Esa mezcla de ficción y realidad, que Cercas desarrolla magistralmente en una obra que abarca alrededor de un siglo, es la forma que tiene el escritor catalán de hablarnos de la honestidad. Ponerse en la piel de Marco, a pesar de repudiarlo, a pesar de no soportar su amor propio, es un ejercicio que muy pocas personas estarían dispuestas a hacer. La decisión de Cercas recuerda a una de las respuestas que daba la escritora argentina Leila Guerriero cuando le preguntaban sobre el boom de la crónica latinoamericana actual y sobre qué debería tratar. Nunca cuenta la vida de los ricos, la vida de los felices; se centra en todo lo que huela a dictadura, a penuria, a crimen organizado, a favela, a guerrilla, explicaba. Puede que muchos crean que es por descarte informativo, por priorizar a los que no tienen voz, pero ella se hacía una pregunta que de alguna manera también plantea Cercas y que todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿No lo hacemos porque elegimos no hacerlo, porque no nos interesa? ¿O porque no nos queremos salpicar? Y concluía: “Escribo para entender a pesar de mí; para entender sobre todo a pesar de mí; para entender, sí, hasta que duela”.

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