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Tiempo de gurús

Los líderes siempre son necesarios, pero en épocas convulsas son simplemente imprescindibles. Es una cuestión de supervivencia nacional. El ministro de Economía, Luis de Guindos, explicaba ayer que hay gobiernos, como el nuestro, que estos días se ven abocados a nadar a contracorriente, a luchar contra las previsiones del Fondo Monetario Internacional para demostrar que no todo está escrito en bronce. Lo decía después de que el organismo que dirige Christine Lagarde vaticinará un 2013 absolutamente dramático. La mayoría de los españoles no se habrá sorprendido con la noticia. Llevan cinco años levantándose cada mañana con augurios catastróficos. Los periódicos, convertidos en cronistas de una muerte anunciada, no han dejado de dar cuenta de todas las cifras de la tragedia y ellos han tenido que aprender que, de momento, el futuro siempre será malo. Pero ¿cuánto dura ese futuro?  Hubo un tiempo en el que se puso fecha exacta para el final de la crisis. El único pr...

Los presupuestos más peligrosos de la historia

“El futuro es imprevisible, pero nosotros lo condicionamos”. Desde que comenzara la crisis -allá por 2008- España no ha dejado de apretarse el cinturón. Las comunidades autónomas han sufrido estos ajustes cada vez que un nuevo presupuesto ha visto la luz. Las cuentas que el Consejo de Ministros acaban de aprobar no han sido una excepción: 2013 será todavía más difícil que el año que todavía no ha acabado. El Estado asegura que se trata de unos presupuestos austeros, propios del período de turbulencias económicas que vive el mundo. Sin embargo, si se tienen en cuenta los efectos devastadores que los números pronostican, los presupuestos no son austeros: son peligrosos, porque anteponen el déficit a todo lo demás. Canarias es, probablemente, una de las regiones donde estos riesgos planean con más fuerza. Con una tasa de paro que no tardará en llegar al 35%, una histórica desviación per cápita a la baja (menos PIB y salarios más reducidos) y la importante merma de recur...

No es una lucha de clases

Decía Alexis de Tocqueville que solo en un gobierno democrático los que votan por un impuesto pueden escapar de la obligación de pagar. Llegó a esa conclusión en pleno siglo XIX, pero su clarividencia sirve para comprender la falsa lucha de clases en la que nos dicen que andamos metidos. En los últimos tiempos, la palabra justicia aparece mucho en las conversaciones. Vivimos una crisis cruel que ha obligado a cambiar los discursos, a rescatar palabras que aún pronunciábamos, pero que creíamos patrimonio de otras épocas. Casi a la vez han aparecido nuevos conceptos. Hoy hablamos del copago -farmacéutico, universitario, legal…- como única receta exportable para mantener los vapuleados estados del bienestar. Los que tienen un poco más deben (re)pagar más para poder mantener los servicios sociales. Suena bien, pero ¿eso no lo habíamos inventado ya? ¿La justicia distributiva no se garantizaba con un sistema de impuestos progresivo? El uso y abuso del lenguaje hace que las pal...

Canarias, en la encrucijada del Sahel

Un millón y medio de personas, 830.000 kilómetros cuadrados y el fundamentalismo islámico campando a sus anchas. Malí ya era un estado fallido antes, pero los acontecimientos de los últimos meses han terminado de convertir el norte del país en un santuario terrorista. Esta zona, controlada por Al Qaeda, amenaza seriamente la seguridad de Europa y, por ende, de Canarias. Carlos Echeverría, un experto en terrorismo yihadista que dirigió el programa Understanding Terrorism para el departamento de Defensa de Estados Unidos (EE.UU.), sabe que si no se controla la inestabilidad del Sahel (zona transición entre el desierto del Sáhara en el norte y la sabana sudanesa en el sur) esta situación puede generar problemas relacionados con inmigración, terrorismo y tráfico de drogas. “Se trata del desafío de seguridad más importante y más difícil de gestionar en África”. El investigador aplaudió las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, que el martes vi...

La dictablanda del lector

Decía Manuel Jabois en una entrevista que el primer deber del columnista es pasar de los lectores. “Creo que de los lectores hay que pasar y dedicarse uno a estar satisfecho consigo mismo y su trabajo (…). Cuando firmas una columna lo normal es que algunos lectores te quieran separar las patitas para mirarte el sexo y ver de dónde vienes. Hay quien está acostumbrado a leer para que se les dé la razón y eso no está mal, porque cada uno lee el periódico como le conviene”. Es difícil decir esto en los tiempos que corren. El lector, transformado en cliente, siempre ha tenido la razón. Antes uno escribía sin tener una idea precisa de hasta dónde llegaba su público. Podía publicar en un periódico de ámbito local con la esperanza de que unos cuantos lectores se detuvieran en su espacio y se percataran de las motivaciones que estaban depositadas en ese pequeño texto. Las redes sociales han transformado este proceso: no es que hayan acercado al periodista hasta ese público difuso, es que h...

Esta deuda no es mía

Es curioso el efecto que tiene el tiempo sobre las palabras. En realidad Jorge Manrique nunca dijo que cualquier tiempo pasado fue mejor. En las Coplas por la muerte de su padre escribió que, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor. A Antonio Muñoz Molina, que podría recitar muchos de los versos del poeta de memoria y que no venera el pasado porque sí, le molesta que la gente haya olvidado parte de la letra. Hace años se le ocurrió una variante: cualquier tiempo pasado fue anterior. Y lo argumentaba así: En Nueva York, a principios del siglo XX, cuando en teoría el aire debía de estar envidiablemente limpio por la ausencia de CO2 de los automóviles, había varias decenas de miles de caballos. Las consecuencias ambientales eran pavorosas, teniendo en cuenta que un caballo produce al día una media de 25 kilos de excremento, entre sólido y líquido, y que muchos de ellos morían en las calles y tardaban en ser retirados de ellas. El remedio a esa desgracia fue el transporte púb...

Nuevas formas de matar

Creíamos que lo sabíamos todo sobre la violencia. Llegamos después de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, de los campos de concentración y exterminio en suelo europeo y de las primeras guerras televisadas. La capacidad de destrucción había alcanzado un nivel tan alto que estábamos convencidos de que la guerra estaba condenada a extinguirse porque solo los países menos desarrollados, los que tenían armas menos sofisticadas, podían permitírsela. En el resto de los países el perfeccionamiento de los medios bélicos era tal que la guerra se había quedado anticuada por el miedo a un suicidio colectivo: en un enfrentamiento entre grandes potencias la victoria de una implicaba la destrucción general. El futuro parecía estupendo: los tiempos de la obsolescencia programada habían demostrado que nuestras bombillas tenían fecha de caducidad, pero también la guerra. La historia podría haber estado de nuestra parte, pero no fue así. Tenemos que reconocer que nos equivocamos en muchas d...